Fue lunes, pero parecía un domingo antiguo, de esos que se celebraban con banda, canastos y versos. La cuarta Guelaguetza Universitaria —orquestada desde el corazón mismo de la máxima casa de estudios y sostenida por sus estudiantes— emergió otra vez como una versión extendida del alma oaxaqueña, pero sin boletaje ni cartón pintado. Fue una fiesta hecha por el pueblo universitario… para el pueblo que habita en él.
Desde temprano, los pasillos de Ciudad Universitaria olían a mecate, a laca y a tamales. Estudiantes de todas las regiones—sierra, istmo, costa, cañada, valles, mixteca— se saludaban no con discursos, sino con huipiles bordados a mano, sones vernáculos, chilenas picaronas, danzas rituales y miradas que tejían hermandad. No venían a representar su cultura. Venían a encarnarla.
Y lo hicieron.
La calenda salió del Templo de Santo Domingo rumbo al campus con marmotas, banda y zapateado. Pero esta vez —y he aquí la diferencia— los pasos no eran de bailarines contratados, sino de jóvenes que estudian Derecho, Idiomas, Enfermería o Odontología… y que traen en la memoria corporal los bailes de sus comunidades.
Una a una fueron apareciendo las delegaciones: Betaza y sus sones serranos, Huajuapan y su canción mixteca que hizo llorar a un rector, la costa con su sandunga arrolladora y versos que estallan como cohetes, los diablos afrodescendientes de Collantes con sus máscaras que denunciaban el olvido. Desde la danza de la pluma de Zaachila hasta los tiliches carnavalescos de Putla, todo fue verdad en la pista: no representación, sino afirmación viva.
Entre los aplausos sonó un nombre varias veces: Cristian Carreño López, rector de la UABJO, cuyo legado ya puede medirse en comunidad y en continuidad. Ha hecho de esta Guelaguetza no sólo una política cultural, sino un acto de pedagogía afectiva. La universidad —dijo alguien— se mueve, baila, dialoga, se reconoce. Y lo hace con la gente. No desde el pedestal, sino desde el banquito donde se reparten las regalías.
Había banderines de cuadernos reciclados, micrófonos que temblaban de emoción, aguas frescas que no se cobraban y piñas que se lanzaban como puños de alegría. Por primera vez, fuegos pirotécnicos iluminaban el Valle de Oaxaca, como si la universidad quisiera escribir en el cielo lo que ya gritaba la tierra: aquí estamos, vivos, diversos, y bailando juntos.
Al final, la ovación no tuvo nombre, porque no lo necesitaba. Todos eran protagonistas. Todos tenían el polvo del zapateado en las pestañas y un tambor al fondo del pecho. La Guelaguetza Universitaria cerró como se cierran las mejores fiestas: con cansancio dulce, con memoria encendida, y con la certeza de que lo compartido no se olvida.
