7 mayo, 2026
Oaxaca MX
EstadoOpinión

La furia de Erick y el barro bajo la mirada del poder

El huracán Erick no pidió permiso para entrar. Llegó de madrugada como los golpes más traicioneros, sin redención. Paulina se quedó chico, como muchas almas en pena. En 24 horas se alzó de categoría 1 a 4, con vientos que no acariciaban, sino que desgarraban. A 250 kilómetros por hora, atravesó la costa oaxaqueña no como visitante, sino como invasor. En Pinotepa Nacional, Tututepec y Chacahua, el viento arrancó techos como quien arranca costras frescas; en Pochutla y Huatulco, los árboles no cayeron, fueron desmembrados.

En la Llanada afromexicana, los cultivos de papaya, mango, plátano y maíz forrajero —apenas recuperados del azote del huracán Joe— fueron mutilados otra vez. Las bestias murieron atrapadas bajo árboles partidos como vértebras. Y en la mar, los motores de pescadores ribereños terminaron hundidos junto con su sustento. Las estadísticas tiemblan ante los números. Casi 900 familias sin techo, 171 escuelas afectadas, cientos de viviendas colapsadas, energía eléctrica interrumpida para miles de usuarios. El agua, tantas veces bendición, esta vez arrastró redes, caminos, certeza.

Pero en Oaxaca no todo lo arrasa el viento. La maquinaria institucional —con sus inercias y voluntades— se echó a andar. La presidenta de la República apareció sin protocolo entre manglares y escombros, con botas prestadas por la necesidad. Y detrás de ella, los engranajes. Censos casa por casa, pipas con agua, cocinas comunitarias, brigadas médicas, remoción de árboles, campañas de limpieza. El espectáculo de la emergencia se tiñó de humanidad.

Las estrategias de promoción turística fueron sustituidas momentáneamente por faenas de remoción de lodo en Zipolite, Chacahua y Puerto Escondido. El discurso del gobierno se transformó en relatos de resistencia civil. Y aunque las cifras trataban de imponer orden, la realidad seguía en carne viva. En esa herida abierta es donde emergió la figura del gobernador Salomón Jara Cruz, no como un caudillo de epopeya, sino como rostro visible del Estado en ruina y acción.

Allí donde las parotas fueron arrancadas de raíz, donde los postes cayeron como soldados fulminados y donde la gente recibió a la ayuda entre lágrimas y lodo, se asomó la autoridad —sin gabardina ni retórica grandilocuente— cargando la fragilidad de un pueblo acostumbrado a sobrevivir.

Porque en esta historia, como en toda tragedia contemporánea, no hay héroes absolutos. Solo consecuencias, responsabilidades y una certeza que no se lleva el viento: Oaxaca no se quiebra, se reconstruye. Bajo el mando directo del gobernador Salomón Jara, se articula la respuesta pública, lenta a ratos, por las mismas razones, pero palpable. Es él quien conduce las acciones estatales en auxilio de quienes lo perdieron todo, quizá con la convicción —o el peso— de que gobernar también es caminar sobre ruinas.

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