Crónica política de un 5 de mayo en Oaxaca
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Misael Sánchez
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A las siete de la mañana, cuando la zona metropolitana apenas comenzaba a desperezarse, el Centro Cultural y de Convenciones de Oaxaca ya estaba lleno. No era una mañana cualquiera. El cinco de mayo tiene un peso que se siente incluso antes de que alguien lo mencione. Es una fecha que no admite ligerezas. La memoria de la Batalla de Puebla se instala en el ambiente como un huésped antiguo que exige respeto. Y esa mañana, en la conferencia del gobernador Salomón Jara Cruz, la historia decidió hacerse presente desde el primer minuto.
El gobernador tomó la palabra con la serenidad de quien sabe que la fecha obliga a mirar hacia atrás sin perder de vista el presente. A su izquierda, los funcionarios escuchaban con atención. No era un acto rutinario. Era un ejercicio de memoria pública en un país donde la memoria suele ser frágil. La conferencia avanzaba con el ritmo habitual hasta que el gobernador anunció la participación de Víctor Cata, secretario de Interculturalidad. Fue entonces cuando el cinco de mayo dejó de ser un dato del calendario y se convirtió en un relato vivo.
Cata comenzó hablando en zapoteco, como si invocara a los que ya no están. Luego, con la cadencia de quien conoce el peso de las palabras, recordó que Juchitán fue elevado a rango de ciudad en 1889 en honor a los juchitecos que combatieron en Puebla. No era un dato anecdótico. Era una afirmación de identidad. Contó la historia de un músico de Ixtepec, Lamberto Benítez, quien en su infancia conoció a un anciano llamado Nenica Né, un hombre de un solo ojo que aseguraba haber estado en la Batalla de Puebla. Aquel veterano relataba cómo los juchitecos, los zapotecos y los nahuas de Zacapoaxtla compartieron la línea de fuego sin haber escuchado jamás un cañonazo. El estruendo los paralizó. El miedo los recorrió como un rayo. Hasta que un capitán les ofreció una jícara con una mezcla áspera, arenosa, picante. Pólvora con mezcal. Un trago que, según el relato, les encendió la sangre y les devolvió el valor.
La escena, contada en pleno Centro de Convenciones, tenía la fuerza de un episodio que se niega a morir. No era una anécdota pintoresca. Era la confirmación de que la historia se sostiene en gestos mínimos, en decisiones que parecen insignificantes y que terminan definiendo el destino de un país. Cata cerró su intervención recordando que, en Juchitán, miles de personas entienden el zapoteco aunque ya no lo hablen. Y que niñas como Jeiel Vicente López, presente en la conferencia, representan la continuidad de una lengua que también resistió invasiones, silencios y olvidos.
Jeiel, de doce años, subió al estrado con una serenidad que contrastaba con la solemnidad del momento. Declamó un poema en zapoteco dedicado a las madres. La traducción reveló un texto que hablaba de la vida, del dolor, de la luz, de la protección y del amor que sostiene incluso cuando ya no se está. Su voz, firme y clara, convirtió la conferencia en un acto de afirmación cultural. En un cinco de mayo donde la memoria militar suele ocupar el centro, la voz de una niña zapoteca recordó que la resistencia también se expresa en la lengua, en la ternura y en la continuidad de lo propio.
El gobernador retomó la palabra más tarde, a pregunta expresa de un reportero. Habló de la Batalla de Puebla con un tono que mezclaba respeto y claridad. Recordó que los franceses llegaron meses antes con el objetivo de tomar la capital del país. Que Juárez organizó la resistencia y que Ignacio Zaragoza, un general joven nacido en Texas cuando aún era territorio mexicano, encabezó al ejército que derrotó al mejor ejército del mundo en ese momento. Jara subrayó el papel de Oaxaca en esa gesta. Mencionó a Porfirio Díaz, a los contingentes de la Mixteca, de la Sierra Sur y del Istmo. Reconoció la etapa heroica del general oaxaqueño sin omitir la etapa autoritaria que vino después. Fue una intervención sobria, sin adornos, pero cargada de sentido. La historia, dijo, no se borra. Se reconoce. Se aprende de ella.
Después de ese momento, la conferencia retomó su curso habitual. El doctor Efraín Manuel Jarquín González presentó un informe detallado sobre la Semana Nacional de Vacunación. Habló de coberturas, metas superadas, nuevas vacunas incorporadas al esquema nacional y avances en la protección de embarazadas y niños. Explicó que la campaña se extenderá durante todo mayo y que el estado ha logrado avances significativos en la aplicación de dosis contra el virus sincitial respiratorio, la hepatitis A y otras enfermedades que siguen siendo una amenaza silenciosa. Su intervención, técnica y precisa, recordó que la salud pública también es una forma de defensa colectiva.
El doctor Alejandro Ramírez Figueroa, coordinador estatal del IMSS Bienestar, continuó con un informe sobre el abasto de medicamentos. Detalló cifras, rutas de distribución, porcentajes de cobertura y avances en hospitales del Istmo, la Cuenca y la Mixteca. Habló de oncológicos, de insulinas, de antídotos contra picaduras de alacrán, de quirófanos renovados y de aires acondicionados que por fin funcionan en regiones donde el calor puede ser tan implacable como un enemigo antiguo. Su intervención dejó claro que la logística sanitaria es una batalla cotidiana que no admite descuidos.
Mientras los funcionarios hablaban, la fecha seguía imponiendo su presencia. El cinco de mayo no es solo un aniversario. Es un recordatorio de que la historia se sostiene en actos de resistencia, en decisiones que parecen pequeñas pero que definen el rumbo de un pueblo. La conferencia avanzó entre informes técnicos y momentos de solemnidad, como si cada palabra buscara honrar a quienes, hace más de un siglo, enfrentaron a un ejército extranjero con una determinación que aún hoy sorprende.
La crónica del día no puede ignorar esa coincidencia. La memoria de la Batalla de Puebla se filtró en la voz de la niña zapoteca, en los relatos de Víctor Cata, en la explicación histórica del gobernador y en la atención de los funcionarios. No fue un acto ceremonial. Fue un recordatorio de que la identidad se construye en la lengua, en la salud pública, en la administración responsable y en la capacidad de un gobierno para responder a su tiempo.
El fantasma de la Legión Extranjera no apareció como amenaza, sino como contraste. Aquellos soldados que avanzaron confiados hacia Puebla jamás imaginaron que serían derrotados por un país que aún no terminaba de definirse. Hoy, en Oaxaca, la resistencia adopta otras formas. Se expresa en la preservación de las lenguas originarias, en la vacunación masiva, en el abasto de medicamentos, en la modernización de hospitales y en la voluntad de un gobierno por sostener la salud de su población.
La conferencia concluyó sin estridencias. Afuera, el cinco de mayo seguía su curso. Adentro, la memoria había hecho su trabajo. La historia no se repite, pero siempre regresa para recordar que la dignidad se defiende todos los días, incluso en un Centro de Convenciones donde una niña zapoteca, un secretario que conoce la fuerza de las palabras y un gobernador que reivindica la memoria decidieron honrarla a su manera.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
