31 agosto, 2026
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El alguacil que no quiso jalar la soga

El ex agente del Ministerio Público lo escuchaba en silencio. No con la actitud del que duda, sino con la del que ya ha visto demasiadas hogueras y sabe que las brasas no cuentan toda la historia. El café se enfriaba sobre la mesa mientras el reportero recordaba una conversación sostenida diecisiete años atrás, con un alguacil norteamericano que hablaba despacio y pensaba rápido. Un tipo con rostro de viejo western pero alma de reformista, vestido con una placa y la contradicción de quien administra cárceles sin creer en la venganza.

—Lo conocí en un congreso internacional de justicia restaurativa —dijo el reportero, dejando caer las palabras como piedras en un pozo seco—. San Francisco. Tenía el acento del norte pero el alma más cerca de Tolstoi que de Clint Eastwood. Hennessey, se llamaba. O algo así. A cargo de seis prisiones y de más de dos mil internos. Un tipo que sabía lo que era vivir entre rejas sin haber estado tras ellas.

El exfiscal levantó una ceja, le dio una calada al cigarro, y no dijo nada. Así era él. La paciencia de un juez rural y la mirada de un cirujano forense. Acostumbrado a oír declaraciones. No interrumpía nunca los relatos con prisa. El reportero lo sabía. Por eso continuó.

—Me dijo algo que se me quedó grabado. Que la muerte no corrige. Que la justicia no debía tener la forma de una horca, ni el sonido de un gatillo. Que en sus cárceles la mayoría regresaba antes del año. Porque el castigo no cura. Porque la cárcel, si no educa, no sirve. Y que ni la cadena perpetua, ni la pena capital, han evitado un solo crimen.

Hubo un silencio denso, como de juzgado clausurado por falta de pruebas.

—¿Y qué le respondiste? —preguntó al fin el exfiscal, rompiendo el aire con la voz grave de quien ha firmado más actas de defunción que sentencias justas.

—Le hablé de Oaxaca —contestó el reportero—. Le hablé de pueblos donde la justicia viaja a lomo de mula y llega cuando ya enterraron al muerto. Donde la ley duerme bajo el colchón del cacique. Donde la gente amarra a los ladrones en los postes porque no creen en nosotros. Porque nosotros, los que escribimos o los que procesan, somos apenas ruido en una radio descompuesta.

El fiscal asintió en silencio. Había visto eso. En la Cuenca, en la Sierra, en los Mixes, en los Valles. En esas asambleas donde la justicia se decide a mano alzada y a veces con machete en la mesa.

—Pero el alguacil no lo entendía —continuó el reportero—. Decía que eso era barbarie. Que colgar a un hombre, aunque sea un asesino, nos rebaja a su estatura. Que, si el Estado permite que una comunidad mate a uno de los suyos, entonces ya no hay Estado, hay manada. Que la ley no puede tener corazón, pero sí conciencia. Y que, si le das una cuerda a la multitud, acabará colgando al primero que odie.

El exfiscal sonrió. No por cinismo. Por tristeza.

—Tiene razón. Pero aquí la cuerda la suelta el gobierno. Y la multitud la recoge con gusto —dijo mientras aplastaba el cigarro como quien firma un fallo inapelable—. En este país, la gente no cree en la ley porque la ley no cree en la gente.

El reportero bajó la mirada. Recordó aquel gesto del alguacil, una mezcla entre rabia contenida y fe desgastada. Decía que sus cárceles no eran mazmorras, sino talleres de redención. Que los reos, si los escuchabas lo suficiente, te hablaban del hambre, del padre ausente, del barrio sin futuro. Que el crimen era un idioma aprendido a gritos, y que la justicia debía responder con palabras, no con verdugos.

—¿Y sabes qué me dijo antes de despedirse? —preguntó el reportero.

El fiscal negó con la cabeza.

—“En mi país, los jueces los elige el pueblo. Pero el pueblo no siempre sabe lo que es justo. A veces solo quiere ver sangre”. Y luego se quedó mirando el horizonte, como si viera una horca invisible alzándose sobre la democracia.

El exfiscal cerró los ojos un instante. Como si la imagen también se le hubiera aparecido.

—Nosotros venimos de otra escuela —dijo finalmente—. Aquí crecimos con la idea de que el bien y el mal se reparten como tortillas, calientes, rápidas y sin preguntar quién las merece.

Entonces llegó el giro. Un relámpago en la conversación.

—¿Sabes qué pensé ese día? —dijo el reportero—. Que el alguacil era como esos vaqueros de antes, los que sabían disparar, pero elegían no hacerlo. Que tenía el poder de usar la horca, pero prefería la palabra. Y que eso lo volvía más valiente que cualquier pistolero de frontera.

El fiscal sonrió otra vez. Esta vez con melancolía.

—El problema —dijo— es que aquí los vaqueros no tienen tiempo de pensar. Aquí disparan primero y entierran después. Y la horca… la horca la armamos entre todos. Con cuerda vieja, con miedo, con rabia. Y muchas veces, con aplausos.

La lluvia empezó a caer, fina, como en los entierros de gente decente. El reportero guardó su libreta, sabiendo que esa conversación no era una nota. Era un espejo. Uno donde la justicia no se veía, pero la cuerda colgaba, siempre colgaba, esperando el cuello equivocado.

Y ahí quedó el eco del alguacil. Solo, como un vaquero que colgó las armas porque supo, demasiado pronto, que la ley que mata… no es justicia. Es apenas miedo con uniforme.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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