Hay una geografía en México que no se rinde. Una topografía de la resistencia con nombre propio: Oaxaca. Y en sus entrañas, un actor social y político que, como las raíces profundas del mezquite, no se doblega: el magisterio. No es un sindicato, no es solo la CNTE, no son solamente los maestros rurales. Son, en esencia, la conciencia viva de un pueblo que no ha dejado de pelear por la dignidad de la educación pública como un acto de emancipación. Y ahora, desde la presidencia, Claudia Sheinbaum les habla directamente.
“Vamos a garantizar sus derechos laborales y que no falten los pagos”, prometió la presidenta en su conferencia del 30 de mayo de 2025. Un guiño, sí, pero también un viraje. Porque hablar del magisterio oaxaqueño no es solo una cuestión de nómina, sino de memoria y justicia.
En Oaxaca, enseñar nunca fue solamente un trabajo. Fue sobrevivencia. Fue política. Fue una forma de amar a la comunidad. Desde los tiempos de la Reforma Educativa del sexenio peñista, cuando se les intentó arrebatar no solo su estabilidad, sino su voz, el magisterio oaxaqueño resistió en las calles, en los plantones, en las aulas con techos de lámina.
Hoy, en el México actual, ese viejo conflicto con los docentes vuelve a tocar la puerta del Palacio Nacional, no como amenaza, sino como desafío estructural. ¿Cómo se reconcilia un gobierno progresista con una base que no se deja domesticar? ¿Cómo se construye política educativa sin ahogar la autonomía de las bases magisteriales?
La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación no es un sindicato tradicional. Es un sujeto político. Por eso incomoda. Por eso sobrevive. Porque donde otros ven radicalismo, sus bases ven historia. La CNTE no negocia prebendas: exige respeto. Y eso la convierte en un actor indispensable para repensar la educación en México.
Durante décadas, la CNTE fue demonizada desde los medios del centro. “Flojos”, “vándalos”, “clientela electoral”, decían. Pero se les olvidó que muchos de esos “vándalos” cruzan ríos y veredas para dar clases a comunidades sin luz. Que mientras se organizaban paros, también construían aulas. Que sí, resistían, pero también enseñaban.
Sheinbaum parece entender eso. Al menos en el discurso. “Vamos a cumplir los compromisos con el magisterio de Oaxaca”, dijo. Pero queda una pregunta suspendida: ¿qué significa “cumplir” en un país donde las promesas han sido papel mojado?
La educación no puede seguir dependiendo del calendario electoral. Y el sindicalismo no puede reducirse a cuotas y liderazgos eternos. El magisterio oaxaqueño ha intentado, con todas sus contradicciones, ejercer una forma de sindicalismo que no se arrodilla ante el poder. Pero eso tiene un costo.
Los gobiernos anteriores intentaron “regular” al magisterio con evaluaciones punitivas, campañas de desprestigio y amenazas disfrazadas de reformas. Hoy, el reto no es someterlos, sino escucharlos. Darle forma institucional a una voz que nace en la asamblea comunitaria, no en los pasillos del SNTE oficialista.
El magisterio oaxaqueño encarna algo que la tecnocracia nunca supo entender, la educación como territorio político. No político de partido, sino de resistencia. De comunidad. De identidad.
Cuando un maestro llega a una ranchería mixe o triqui, lleva más que un libro de texto, lleva la posibilidad de que ese niño no sea arrancado de su lengua, de su historia. Enseñar en Oaxaca no es repetir el currículo federal, es tejer con palabras la continuidad de los pueblos.
Por eso, cualquier reforma educativa que no parta del territorio está condenada al fracaso. Por eso, la Universidad Rosario Castellanos —anunciada con entusiasmo por la presidenta— debe ser más que una expansión cuantitativa. Debe ser cualitativa. Debe pensarse desde lo local, no desde el escritorio de algún subsecretario en Insurgentes Sur.
La presidenta Sheinbaum tiene frente a sí una posibilidad histórica de reconciliar al Estado con sus maestros. Pero no a cambio de silencio, sino de construcción. No con discursos, sino con estructura. No con becas, sino con respeto.
En Oaxaca, la educación es mucho más que un derecho. Es una forma de resistencia cultural. Y ese modelo —complejo, imperfecto, pero profundamente humano— debería ser brújula para el resto del país.
La CNTE no desaparecerá. Ni los paros. Ni las marchas. Ni los disensos. Pero tampoco debería desaparecer el compromiso de un gobierno que dice caminar con el pueblo.
Oaxaca no pide concesiones. Pide que se le reconozca su derecho a construir desde sus propias raíces. La educación es su trinchera. Los maestros, su ejército. Y la dignidad, su bandera.
Porque en Oaxaca, enseñar sigue siendo un acto de rebeldía. Y en este país, todavía hay rebeldías que valen la pena.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
