Cuando en México digan «acordeón» dentro de ocho días, más de uno moverá la cadera imaginando a Celso Piña con su cumbia rebelde o a Carlos Vives cabalgando por la Sierra Nevada con vallenato en el alma.
Pero no. Esta vez no será música. Será política. Y de la complicada.
Porque el acordeón no vendrá con compases ni melodías, sino con listas infinitas de candidatos que nadie conoce, en un proceso que —según prometen— definirá a quienes impartirán justicia desde las alturas del poder judicial.
Será domingo.
Y será junio.
La democracia judicial mexicana desplegará sus alas burocráticas para cubrir al país entero con papeletas de colores.
Nos invitarán a votar como quien ofrece un desayuno sorpresa, pero sin avisar que el menú incluye elegir entre 400 nombres que podrían, o no, saber de leyes.
“Venga tempranito”, dirán los spots, “que lo llevaremos desde su casa”.
Como si la democracia se convirtiera en chófer, cocinera y guía turística por el laberinto electoral.
Habrá café, dicen.
Y pan dulce.
Y quizá, con suerte, un folleto explicativo que valga más que cualquier voto.
Las boletas vendrán en colores: uva, fresa, limón, mango y mora azul. Parecerán paletas de hielo. Un festival visual que más parecerá feria que jornada cívica.
«Acomódelo como quiera», explicarán los funcionarios de casilla, mientras los votantes doblan y desdoblan papeles con la destreza de quien esconde un acordeón escolar bajo la manga para pasar matemáticas sin despeinarse.
Y sí. Hará falta un acordeón. Pero no para engañar al maestro, sino para sobrevivir al caos. Porque elegir entre tantos cargos judiciales será como intentar recordar la tabla periódica después de tres mezcales. Nadie sabrá por quién vota. Apenas recordarán que tienen que marcar algo, en algún lado, con una esperanza tan ligera como el papel que la contiene.
Los ciudadanos serán recogidos de sus casas. Los llevarán a las urnas. Los sentarán en sillas de plástico bajo toldos calientes. Y uno tras otro, votarán sin saber muy bien qué están eligiendo.
Porque en México, el acto democrático a veces se convierte en ritual más que en decisión. Como misa de domingo. Se asiste, se repite, se aplaude… pero no se comprende del todo.
En la fila, la conversación ya se anticipa:
—¿Tú por quién vas a votar?
—Por el que tenga nombre de telenovela.
—Yo por la que se parece a mi vecina.
—Yo voy a cerrar los ojos y darle al azar.
Y así, con esa mezcla de comedia y resignación, el pueblo cumplirá su parte. El voto se emitirá. Las urnas se llenarán. Las noticias dirán que fue un «ejercicio ejemplar de participación ciudadana». Y todo parecerá estar bien.
Hasta el día siguiente.
Cuando anuncien a los ganadores y surja una jueza llamada Justicia Rodríguez Paz. Una que nadie recuerda haber visto en la boleta. Una que, en su primer discurso, dirá con voz solemne y sonrisa contenida:
—Gracias por su participación. Aunque, para ser franca, mi nombramiento estaba decidido desde hace tres meses.
Silencio.
Una señora dejará caer su pan de elote. Un joven romperá su folleto. Y el país, en una mezcla de risa y furia, comprenderá que una vez más, el acordeón se usó… pero no para cantar la democracia, sino para ocultar su partitura.
Entonces, un cronista que aún cree en el poder de las letras escribirá desde su trinchera: “Y sí que hará falta un acordeón. Pero no para votar, sino para tocar esa vieja canción mexicana que ya todos conocemos, la del desencanto cívico. En tono menor, por supuesto.”
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
