6 mayo, 2026
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El arte de “Guenda Biaana” como resistencia y don eterno en las entrañas del Istmo

 

 

Por una vez, el arte no sólo busca el aplauso ni la mirada del coleccionista, sino construir paredes, llenar aulas, edificar sueños. Monterrey será testigo de una gesta sin pinceladas vacías, donde 66 obras serán más que objetos estéticos, serán ladrillos para levantar la sede de la Escuela de Artes Plásticas y Visuales de Juchitán de Zaragoza.

 

 

Misael Sánchez

En el crepúsculo de una nación donde muchas veces las utopías se marchitan en el escritorio de un burócrata, el arte oaxaqueño vuelve a erguirse como un acto de insurrección cultural.

La exposición “Guenda Biaana”, que significa en zapoteco “el don que quedó”, llegará este 8 de mayo a la Universidad Autónoma de Nuevo León.

No se trata de una exposición más. No es una galería itinerante ni una vitrina vanidosa, es la concreción de un sueño largamente postergado, el eco del maestro Francisco Toledo, el hijo pródigo de Juchitán que, con su vocación irrenunciable de sembrador de cultura, dejó más que obras, dejó una misión.

Esta exposición reúne 66 piezas —entre esculturas, grabados y pinturas— de artistas como Francisco Toledo, Rufino Tamayo, David Alfaro Siqueiros, Sergio Hernández, Alejandro Santiago y una constelación de creadores contemporáneos del Istmo.

No es exagerado decir que esta es una ofrenda colectiva. Cada obra donada es un acto de fe en la pedagogía artística, un manifiesto que va más allá del mercado y se planta, como una ceiba vieja, en la necesidad de formar nuevas generaciones.

A través de esta venta, organizada por el Comité de Recaudación de Obra (CREA), los recursos recabados serán destinados íntegramente a equipar la naciente sede de la Facultad de Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO), ubicada en el histórico edificio de los Símbolos Patrios en Juchitán de Zaragoza.

El proyecto no es capricho académico ni gesto filantrópico aislado, es una respuesta estratégica al impacto del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec, esa mega estructura que promete desarrollo, pero también amenaza con devorar identidades si no se contrapesa con educación y cultura.

La voz de Tamayo resuena en cada trazo: “tener los pies hundidos en el terruño, pero los ojos abiertos al mundo.” Esa es la lógica de esta escuela, forjar artistas que partan de lo local, de lo zapoteco, de lo istmeño, para dialogar con lo universal.

No es sólo un centro de formación, sino un bastión cultural que aspira a ser faro en tiempos de homogeneización global.

El gesto de los artistas —al donar sus obras sin esperar más retribución que la permanencia simbólica en un proyecto colectivo— revela un tipo de generosidad que no abunda en los tiempos que corren.

“Guenda Biaana” no es sólo arte expuesto: es herencia viva, es resistencia plasmada en lienzo, es una escuela que ya empezó a construirse desde la metáfora y la materia.

Y es que, si el Istmo ha sido históricamente tierra de lucha y resiliencia, ahora también lo será de paleta y cincel. En cada cuadro viaja la esperanza de que el arte no sea privilegio ni lujo, sino derecho y herramienta. Y Monterrey, ciudad de contrastes, se convierte momentáneamente en sede de esta epopeya silenciosa que se traza entre oleos y cerámicas, entre sueños y paredes por erigir.

Al final, lo que queda no es el cuadro en la pared del comprador, sino el eco de una intención.

“El don que quedó” no es sólo un nombre bello, es una advertencia poética: el arte no se termina, se transforma, se multiplica, se siembra. Y esta vez, crecerá en las aulas del Istmo de Tehuantepec.

 

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