Misael Sánchez
En Oaxaca, donde de nuevo los caminos se hacen con la paciencia del barro, el gobernador Salomón Jara Cruz ha tomado la decisión de seguir siendo un político de territorio.
En declaraciones a la prensa, no con la arrogancia de un funcionario blindado sino con la familiaridad del que se sabe parte de esa tierra, Salomón Jara pintó un retrato de lo que, según él, está ocurriendo en las entrañas mismas de la entidad: una transformación que no se predica desde los escritorios, sino que se pisa, se respira, se ve.
Mientras hablaba, había en su voz algo del viejo narrador de pueblo que no olvida el nombre de ninguna vereda.
Mencionó caminos artesanales pavimentados en lugares donde antes se pensaba que el concreto era una leyenda, como en Coixtlahuaca, donde —según sus palabras— diez kilómetros de camino cambiaron la cotidianidad de un pueblo entero.
Y añadió, como quien enumera los frutos de una cosecha bien cuidada, que en todo Oaxaca se están llevando a cabo cerca de 2,200 obras públicas. Una cifra que, en su boca, no son sólo números: son escuelas, clínicas, techos, aulas, puentes; es decir, dignidad.
En el aire flotaba la duda de si ese desarrollo es realmente comunitario, o si responde, como tantas veces en el pasado, a las necesidades de otros y no de quienes habitan las montañas y los valles.
“Antes nos decían: no vayas solo, ve con alguien de la comunidad, por si te pasa algo en el camino”, se le recordó.
La memoria de un Oaxaca abandonado, donde andar por los cerros era sinónimo de riesgo y no de turismo, sigue pesando.
Hoy, según el Subsecretario Jesús Valencia los pueblos ya no son barreras, sino puertas abiertas, como si la geografía por fin empezara a reconciliarse con su gente.
La otra pregunta, abordó la mina de San José del Progreso, donde una compañía canadiense —acusada de operar sin consenso social— habría vendido sus intereses a una firma peruana.
Con la certeza de quien sabe hasta dónde llegan sus competencias, el gobernador Salomón Jara fue claro: “La concesión minera la otorga el gobierno federal, no nosotros”.
Sin embargo, el mensaje implícito estaba claro: no permitirá que los pueblos sigan siendo botín de nadie, ni de transnacionales ni de gobiernos pasados.
Reiteró que en Oaxaca no se dará más carta blanca a quienes vienen a saquear sin permiso ni respeto.
Y entonces llegó la frase que parecía ensayar desde antes, esa que contenía no sólo una posición política, sino un manifiesto de resistencia: “Nuestro destino no es la pobreza. Eso quisieron los gobiernos fantoches, mediocres, corruptos y ladrones. Pero nosotros no”.
En boca de otro, habría sonado a eslogan de campaña. En la suya, que ya ha recorrido tres veces los caminos de Oaxaca, era una declaración de guerra contra la resignación.
No es un hombre de discurso decorativo. Se le nota en la manera de enumerar sus giras por la Mixteca, su visita a San Juan Colorado o la que está por hacer a Juquila.
Quiere gobernar a pie, no desde helicópteros ni suites climatizadas. Pero eso todavía no lo han entendido sus adversarios y, por supuesto, también muchos de sus amigos. Asegura que cada trimestre informará, que cada tres años se someterá a la voluntad del pueblo mediante revocación de mandato.
Y aunque en estos tiempos de cinismo político las promesas suelen promesas, al gobernador no parece temblarle la voz cuando lo dice.
No le teme al polvo, ni a las piedras, ni a los reproches de quienes aún dudan. Está construyendo un gobierno que, según él, ha dejado de ser sede burocrática para convertirse en territorio. Un territorio gobernado con la esperanza de quien quiere que su gente vuelva a caminar sin miedo y a vivir sin vergüenza.
Y en ese gesto, hay algo del realismo sucio de este Oaxaca y de este México donde los pueblos suelen estar al final de todas las promesas. Pero también hay algo del honor de los que, como Salomón Jara, creen que el sur merece una segunda oportunidad. Y esta vez, parece que no piensa pedir permiso para dársela.
