Misael Sánchez
En las entrañas de México, donde la tierra canta con la vibrante esencia de su historia, Oaxaca se revela como un estado de migrantes.
No es simplemente una condición geográfica, sino un tejido cultural complejo, entrelazado con las fibras de la pobreza y la marginación que, como sombras ineludibles, han modelado el éxodo de sus hijos hacia horizontes desconocidos.
El fluir migratorio en esta tierra antigua adquiere matices únicos.
Aquí, el oaxaqueño, impulsado por sueños desbordantes o ahogado por la necesidad, emprende travesías que encuentran su raíz en la amalgama de tradiciones y desigualdades.
Sin embargo, no está solo en su éxodo; se entrelaza con una red de rutas que conectan continentes, donde las historias de los migrantes locales se entrecruzan con las de aquellos que llegan de tierras lejanas, creando una sinfonía de experiencias y desafíos.
La narrativa contemporánea de la migración en Oaxaca revela un caleidoscopio de nacionalidades.
Mientras los oaxaqueños, como mexicanos, enfrentan la repatriación inmediata al ser detenidos por la patrulla fronteriza estadounidense, otros, provenientes de Centro y Sudamérica, así como de remotos rincones asiáticos y africanos, enfrentan un destino más ambiguo.
Sometidos a exámenes y evaluaciones, muchos son admitidos, destacando entre ellos los venezolanos, quienes a menudo son reconocidos como perseguidos políticos.
La danza de sombras que se proyecta en el territorio oaxaqueño revela una realidad compleja.
¿Por qué, entonces, algunos migrantes optan por desafiar la adversidad y transitar por esta tierra de contrastes?
La respuesta yace en la ruta de la Bestia, el tren carguero que, durante mucho tiempo, ha trazado la senda hacia el sueño americano.
Sin embargo, esta travesía no está exenta de peligros, pues sortear la hospitalidad de Oaxaca implica enfrentarse a condiciones orográficas, climáticas y de movilidad que complican el trayecto.
La bienvenida cálida y el deseo sincero de apoyar a los migrantes no son suficientes para mitigar los desafíos que se presentan en este estado.
La generosidad de sus habitantes se ve desbordada por la magnitud del fenómeno migratorio.
Oaxaca, con su topografía imponente y sus cielos vastos, se convierte en una encrucijada difícil de atravesar para aquellos que buscan un camino hacia el norte.
En medio de esta realidad, surge la necesidad imperante de redirigir a los migrantes hacia rutas menos arduas, menos implacables.
Es tiempo de que el Istmo de Oaxaca deje de ser testigo del éxodo y se transforme en el punto de encuentro donde se les informe que la ruta hacia Estados Unidos no está trazada en los surcos oaxaqueños, sino en los de Veracruz.
Allí, las condiciones propicias para la movilidad se presentan como un faro de esperanza en medio de la tormenta migratoria.
Oaxaca, con su riqueza cultural y su realidad contundente, se erige como un testimonio vivo del fenómeno migratorio que transcurre por sus tierras.
En esta danza de sombras y luces, es necesario repensar el papel de esta tierra ancestral en el camino hacia un destino incierto.
Solo así, guiados por la empatía y la conciencia colectiva, podremos tejer una narrativa migratoria que no solo refleje desafíos, sino también soluciones humanas y justas.
