1 febrero, 2026
Oaxaca MX
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Sergio Pitol, en la máquina del tiempo

El muchacho aprendía a escribir como si la vida le fuera en ello, como si cada tecla oprimida en una Lettera 32 fuera un disparo al centro exacto de una historia que aún no se había vivido.

Aquel joven, todavía no reportero, escribía dictados judiciales en una Remington con el fervor con que otros leen novelas de aventuras. No sabía —no podía saberlo todavía— que años más tarde recordaría con ternura y desconcierto aquella escena en la que un turco de 23 años apuntó su arma en la plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, y desató una conmoción global, como si el siglo XX, tan cansado ya, quisiera darnos otro susto antes de irse a dormir.

Pero antes de eso, antes de la noticia y el vértigo de las redacciones, estuvo la computadora.
Un curso de capacitación de los primeros en México, en un edificio burocrático del país petrolero, lleno de secretarias, contadores, tomadores de tiempo, analistas de comunicación, IBM grises como ataúdes del futuro. Ahí, entre fórmulas de nómina y campos de contabilidad, el joven aprendía, o al menos lo intentaba, lo que a otros parecía sencillo, que la máquina obedece, pero no perdona.

Pasaron tres días sin que la IBM hiciera caso. El capacitador, sereno y paciente como un lector de Conrad, le daba instrucciones. Pero el sistema se negaba a cuadrar las cuentas del joven. Los ceros bailaban. Las sumas fallaban. Hasta que, en una revelación tan mínima como luminosa, entendió, él, que escribía tan de prisa en una vieja máquina de escribir, había reemplazado durante años el número uno con la letra ele minúscula. Porque la Lettera no tenía el uno. Y la ele, tan esbelta, tan vertical, tan orgullosa, se le parecía. Pero la computadora no era la Lettera. La computadora no se dejaba engañar. La computadora exigía exactitud.

Ese día, sin saberlo, el futuro reportero se graduó. No por entender contabilidad, sino por comprender que la tecnología no era enemiga del lenguaje, sino apenas una nueva forma de someterlo. Aprendió a dominar Word, a crear plantillas, a usar atajos. Hizo de la máquina un aliado. Y fue entonces, solo entonces, cuando el capacitador reveló su secreto: era sobrino de Sergio Pitol.

La revelación cayó con el peso de una novela de Tolstói, con la ambivalencia de una frase de Henry James. Sergio Pitol. El narrador de la melancolía, el cartógrafo del exilio. El hombre que escribió El desfile del amor, Domar a la divina garza, La vida conyugal, y que tradujo a Gombrowicz, a Nabokov, a los rusos del silencio.

En esa clase de computación, donde se enseñaban fórmulas de Excel sin saber aún que se llamaba así, se hablaba de literatura como si se confesara un crimen bello.

El capacitador decía que apenas le habían instalado una computadora en su casa, que su tío, Pitol, se acercaba a ella con desconfianza y curiosidad, como si fuera un espectro del porvenir. Pero que estaba fascinado.

Que ahí, en esa máquina, cabían más libros de los que podría cargar un cargador de mulas. Que el saber, la ficción, la memoria entera de una biblioteca cabía en una máquina que se enchufaba a la pared.

Y entonces el reportero entendió. Que todo estaba conectado. Que el uno y la ele no eran enemigos, sino travesuras del lenguaje.

Que Juárez y Roma, que el disparo del turco y las novelas de Pitol, que la Remington vieja y la IBM del futuro, formaban parte de una misma narrativa, la del hombre que escribe, que se resiste al olvido, que deja huella.

Sergio Pitol no estuvo ahí. Pero su sombra sí.

Su forma de narrar las ciudades y los desvaríos, su obsesión con la memoria y la ficción, sus homenajes secretos a los escritores que lo formaron.

Estaba en la voz de su sobrino, en la manera en que hablaba de libros como si hablara de parientes entrañables. Estaba en la forma en que nombró a los autores que su tío amaba: Thomas Mann, Virginia Woolf, Kafka.

Estaba en la ternura con la que explicó que en una computadora cabía no solo el conocimiento del mundo, sino sus formas de evocar el pasado.

Y el futuro reportero supo entonces que escribir no era solo una tarea. Era una forma de reconciliarse con los errores, de reírse de las letras disfrazadas de números, de abrazar la tecnología sin traicionar la emoción.

Aprendió que una novela puede estar hecha de anécdotas mínimas, de días en que el sistema no cuadra, de tardes en que alguien te dice: “mi tío es Sergio Pitol” y con eso, todo cambia.

Años después, cuando ya dominaba Word como otros dominan las armas, escribiría historias. De política y crimen, de cultura y poder. Y en cada texto, en algún rincón de la prosa, estaría esa ele minúscula que quiso ser un uno, no con el trazo tan curvado de la lambda del alfabeto griego, la última letra de su nombre, muy familiar, ese error que lo llevó a entender que las máquinas también tienen sus propias reglas. Y que los escritores, como Sergio Pitol, saben romperlas.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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