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27 abril, 2026
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Revive el amaranto en tierras oaxaqueñas

En comunidades de la Sierra Mixe, la Mixteca Alta y los Valles Centrales, el Día del Amaranto se vive como una reivindicación agrícola, cultural y alimentaria. Desde que el Congreso de la Unión decretó esta fecha como efeméride nacional, organizaciones locales y productores han intensificado sus esfuerzos por rescatar el cultivo y consumo de este grano ancestral.

“Mi abuela cocinaba con hoja de amaranto, decía que curaba el cuerpo. Yo lo uso en sopas, en atole, en tortillas. Es barato, rinde y no me da miedo como otros productos procesados. Es como volver a comer con confianza”, dice Antonia, consumidora de la sierra mixe.

Más de 200 productores oaxaqueños participan en actividades que van desde concursos de platillos y venta de productos hasta exposiciones fotográficas y testimonios que reconstruyen el vínculo entre el amaranto y la vida comunitaria. En cada parcela, cada receta, cada historia, el amaranto se revela como alimento, medicina y símbolo de resistencia.

“Antes sembrábamos solo maíz y frijol, pero el amaranto nos da más opciones. No necesita tanta agua, se vende bien y también lo comemos. Con lo que cosecho hago alegrías, harinas y tamales. Es un cultivo que da vida, aunque sea chiquito”, dice Amalia, productora de la Mixteca Alta.

El amaranto —huatli, en náhuatl— es una planta herbácea anual que se adapta a altitudes de hasta 3,200 metros y precipitaciones entre 300 y 2,000 mm. Su raíz pivotante alcanza hasta 2.4 metros de profundidad, lo que le permite sobrevivir en suelos pobres y resistir sequías moderadas. Las variedades más cultivadas en México, como Areli, Nutrisol y PQ2, ofrecen rendimientos de hasta 3 toneladas por hectárea y se cosechan entre los 150 y 170 días después de la siembra.

“Lo que más se mueve son las alegrías y la harina. La gente ya pregunta si es de Oaxaca, si es criollo, si está reventado en comal. Eso no pasaba antes. Ahora el amaranto tiene prestigio, y eso ayuda a todos los que lo vendemos”, dice Carlos, comerciante de los Valles Centrales.

En Oaxaca, donde los suelos francos y bien drenados abundan en zonas como el Valle Eteco y la Mixteca Alta, el amaranto encuentra condiciones ideales. Su cultivo requiere prácticas agroecológicas como el subsoleo con arado de cincel, escardas manuales y fertilización orgánica. El costo promedio por hectárea ronda los 32 mil pesos, pero su valor nutricional compensa: contiene entre 13% y 18% de proteína, altos niveles de lisina, calcio, hierro, escualeno y vitaminas A, B y E.

La historia del amaranto en Oaxaca no se cuenta solo en cifras. En la Tumba 7 de Monte Albán, arqueólogos hallaron un cráneo humano incrustado con turquesas y tzoale —una mezcla de amaranto y miel de maguey—, evidencia de su uso ritual y alimenticio desde tiempos prehispánicos. Los mexicas producían hasta 20 mil toneladas y desayunaban atolli con huatli, miel y chile, acompañado de tamales envueltos en hoja de amaranto.

“El amaranto es resiliente: tolera sequías, se adapta a suelos pobres y tiene un perfil nutricional superior al trigo o al arroz. En Oaxaca, su recuperación no es solo agronómica, es cultural. Cada semilla que se siembra es también una forma de resistencia alimentaria”, anota Salvador, investigador y especialista del gobierno federal.

Durante la colonia, entre 1577 y 1890, el cultivo fue desplazado por políticas agrarias y religiosas. Pero en las últimas décadas, centros de investigación y organizaciones comunitarias han impulsado su recuperación. Hoy, el amaranto vuelve al campo, a la cocina y al imaginario colectivo.

El amaranto no es solo un cultivo alternativo. Es una apuesta por la economía solidaria, la soberanía alimentaria y la sustentabilidad. Productores de la Sierra Mixe relatan cómo les permite diversificar cultivos, reducir dependencia de agroquímicos y generar ingresos con productos transformados: alegrías, harinas, bebidas, tortillas, tamales y más.

En la Mixteca Alta, donde la erosión ha dejado huellas profundas, el amaranto se cultiva en terrazas y bordos, con técnicas ancestrales que hoy se combinan con asesoría técnica y maquinaria prestada. En los Valles Centrales, su uso como verdura —en quelites y sopas— se mantiene vivo en cocinas familiares.

La palabra “amaranto” viene del griego y significa “el que nunca muere”. Pero en México, su nombre verdadero es huatli: “la más pequeña dadora de vida”. Hoy, en Oaxaca, ese nombre resuena en cada plato, cada semilla, cada testimonio. No es solo una planta. Es memoria, nutrición, cultura y futuro.

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