26 junio, 2026
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Regresar sin volver del extranjero; el desarraigo de los migrantes

Cuando un oaxaqueño migra, no solo deja su casa. Deja su lengua, su comida, su ritmo, su red afectiva. El desarraigo no se mide en kilómetros, sino en silencios. En la pérdida de lo cotidiano. En el esfuerzo por adaptarse a un entorno que no reconoce sus códigos ni sus dolores.

Para miles de oaxaqueños que abandonan sus comunidades rurales o urbanas en busca de trabajo, seguridad o reunificación familiar, el viaje no empieza en la terminal de autobuses ni en la frontera. Empieza en el cuerpo. Y termina, muchas veces, en la mente.
El informe Migración y Salud publicado por el Gobierno de México en colaboración con instituciones binacionales, revela que los procesos migratorios están profundamente ligados a la salud mental de quienes los viven. En el caso de Oaxaca, donde la migración hacia Estados Unidos es histórica y estructural, los efectos emocionales y psicológicos son tan persistentes como invisibles.
Los migrantes oaxaqueños, especialmente los provenientes de comunidades indígenas, enfrentan barreras lingüísticas, discriminación estructural y aislamiento cultural. Estas condiciones, según el estudio, incrementan el riesgo de padecer trastornos como ansiedad, depresión y estrés postraumático.
Muchos migrantes oaxaqueños se insertan en empleos agrícolas, de construcción o servicios domésticos en Estados Unidos. Jornadas extenuantes, condiciones laborales precarias y falta de acceso a servicios de salud son parte del paisaje. Pero lo que no se ve —y lo que más pesa— es la carga emocional.
El informe documenta que los trabajadores agrícolas latinos en California presentan altas tasas de diabetes, obesidad y enfermedades crónicas, pero también de depresión y ansiedad. La salud mental no se aborda porque no se nombra. Porque en el campo, el sufrimiento se calla.
Las mujeres oaxaqueñas que migran enfrentan una doble presión: la laboral y la emocional. En Nueva York, por ejemplo, las mujeres poblanas entrevistadas en el estudio narran procesos de depresión ligados a la separación familiar, la sobrecarga de trabajo y la invisibilidad social.
Muchas de ellas son madres que dejaron hijos en Oaxaca. O hijas que cuidan ancianos en Estados Unidos mientras sus propios padres envejecen lejos. La salud mental femenina migrante está marcada por la culpa, el desarraigo y la resistencia.
Volver no siempre sana. Para los migrantes que regresan a Oaxaca —voluntariamente o deportados— el retorno puede ser otra forma de ruptura. El estudio señala que muchos enfrentan dificultades para reinsertarse laboralmente, para recuperar vínculos familiares, para reconstruir identidad.
Algunos regresan con enfermedades crónicas, otros con traumas no tratados. Y en los pueblos, la migración no siempre se entiende como sacrificio. A veces se juzga. A veces se olvida.
La salud mental de los migrantes oaxaqueños sigue siendo un tema marginal en las políticas públicas. El informe llama a reconocer los determinantes sociales de la salud, a incluir la atención emocional en los programas de migración, y a construir puentes entre el sistema de salud mexicano y las realidades de quienes viven entre dos mundos.
Dicen que migrar es como partirse en dos. Que el cuerpo se adapta, pero el alma se queda esperando. En Oaxaca, cada familia tiene una historia de migración. Un hermano en California. Una madre en Nueva Jersey. Un hijo que se fue y no volvió.
Y aunque el dinero llega por remesas, la tristeza llega por silencio.
La salud mental de los migrantes oaxaqueños no se cura con pastillas. Se cura con reconocimiento, con escucha, con políticas que entiendan que migrar no es solo moverse. Es sobrevivir.

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