26 junio, 2026
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Radiografía emocional del INEGI sobre el ánimo urbano

La ciudad no solo se mide en calles, semáforos y edificios. También se mide en emociones. En cómo se siente la gente que la habita. En qué tanto se sonríe, se duerme, se respira. En qué tanto se cree en el futuro. El INEGI lo sabe. Por eso, cada año, pregunta no solo cuánto ganamos, sino cómo estamos. Y en julio de 2025, lo hizo otra vez.

El Módulo de Bienestar Autorreportado (BIARE) es una encuesta que no mide cosas. Mide estados. Mide ánimos. Mide esa parte invisible del país que no aparece en los presupuestos pero que define la vida cotidiana. Y lo que encontró este año en las 32 principales ciudades del país —incluyendo Oaxaca de Juárez— es una mezcla de satisfacción, cansancio, esperanza y dolor.
En una escala de -10 a 10, el balance anímico promedio fue de 5.4. Es decir, la mayoría de la población urbana adulta se siente más bien bien. No eufórica. No deprimida. Bien. Pero ese promedio esconde matices.
Los hombres reportaron un balance más alto (5.7) que las mujeres (5.2). Los jóvenes de 18 a 29 años fueron los más vulnerables: ellas con 4.6, ellos con 5.9. En cambio, los adultos mayores de 75 años mostraron una resiliencia inesperada: las mujeres con 6.0, los hombres con 5.0.
La ciudad, entonces, no envejece con tristeza. Envejece con temple. Pero la juventud, que debería ser impulso, parece estar atrapada en una niebla emocional.
El promedio de dolor físico reportado fue de 2.6 en una escala de 0 a 10. Las mujeres lo sienten más (2.8) que los hombres (2.2). Y aunque no parece alto, es constante. Es ese dolor que no incapacita, pero incomoda. Que no se grita, pero se arrastra. Que no se atiende, pero se acumula.
En general, la gente se siente satisfecha con su vida. El promedio fue de 8.6. Pero no todos los aspectos de la vida alcanzan ese nivel. La libertad para decidir sobre la propia vida fue el dominio mejor calificado (9.1), seguido por vivienda, relaciones familiares y actividad principal (todos por encima de 8.8).
En cambio, la seguridad ciudadana fue el punto más bajo: apenas 6.2. También la calidad del medio ambiente (7.2) y la percepción del país (7.5) quedaron por debajo del promedio.
Es decir, la gente se siente bien consigo misma, pero no tanto con lo que la rodea. Hay satisfacción interna, pero desconfianza externa.
La eudemonía es esa palabra rara que significa “sentido de vida”. Y aquí, los datos son reveladores. El enunciado con mayor acuerdo fue “soy una persona afortunada” (9.4), seguido por “soy libre para decidir mi vida” (9.3) y “lo que hago vale la pena” (9.2).
Pero cuando se preguntó “cuando algo me hace sentir mal, me cuesta volver a la normalidad”, el promedio bajó a 5.0. Es decir, hay propósito, pero también fragilidad. Hay dirección, pero también vulnerabilidad.
La ciudad no solo es espacio. Es estado de ánimo colectivo. Y el BIARE lo confirma: la gente se siente bien con su familia, con su casa, con su trabajo. Pero no con su entorno. No con la seguridad. No con el país. No con el ambiente.
Es como si el bienestar estuviera encerrado en lo privado, mientras lo público se desmorona.
Este módulo del INEGI no mide pobreza, ni empleo, ni inflación. Mide algo más difícil: cómo nos sentimos. Y eso, en un país que suele ignorar lo emocional, es un acto de valentía estadística.
Porque si queremos entender México, no basta con contar cuántos somos. Hay que saber cómo estamos. Y este julio de 2025, la ciudad dijo: estoy bien, pero cansada. Estoy viva, pero preocupada. Estoy en pie, pero necesito respirar.

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