Poder, abundancia y ceguera en el periodismo
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Durante un periodo preciso de la historia reciente, el periodismo mexicano creyó haber conquistado una estabilidad que, en realidad, nunca existió. La aparente solidez de los diarios impresos a comienzos de los años noventa, sobre todo en las regiones alejadas del centro político y económico del país, descansaba más en la disponibilidad coyuntural de recursos que en la fortaleza estructural del oficio. Hubo dinero, hubo viajes, hubo modernización técnica y un discurso de profesionalización que parecía irreversible. También hubo una confianza excesiva en que la forma podía sustituir al fondo y en que la abundancia, por sí sola, garantizaba continuidad.
El problema no fue la modernización en sí misma, sino la manera superficial en que se asumió. Se confundió aprender con imitar, y se tomó la copia de diseños, formatos editoriales y rutinas ajenas como sinónimo de transformación profunda. En aquel contexto, recorrer redacciones, imprentas y asociaciones profesionales se volvió un ritual de validación simbólica más que un ejercicio crítico. La modernidad fue entendida como espectáculo y no como método; como una escenografía destinada a tranquilizar conciencias directivas y a reforzar liderazgos internos, no como una revisión real del vínculo entre el medio y su comunidad lectora.
La abundancia de recursos, además, actuó como anestesia. Mientras las redacciones viajaban, comían bien y celebraban la supuesta expansión del oficio, el espacio público comenzaba a modificarse de manera silenciosa pero decisiva. El lector tradicional ya no era el mismo. Sus hábitos se fragmentaban, su atención se desplazaba hacia otros soportes y su relación con la información empezaba a ser mediada por la velocidad, no por la profundidad. El periódico, sin advertirlo, seguía hablando a un público que se estaba extinguiendo, convencido de que bastaba con hacer más atractiva la portada o más elegante la tipografía para retenerlo.
En paralelo, el entorno económico y político del país se volvía más opaco. El dinero circulaba con facilidad en ciertos sectores sin que nadie preguntara demasiado por su origen, y esa circulación alcanzó también a los medios. El periodismo regional se benefició de ese flujo sin comprender que se trataba de una condición transitoria. La dependencia de capitales inestables, de alianzas personales y de equilibrios políticos frágiles reforzó la idea de que el medio era una extensión del poder económico y no una institución autónoma al servicio del debate público. Esa confusión, tolerada e incluso celebrada, debilitó la credibilidad antes de que la crisis financiera se hiciera visible.
El resultado fue una paradoja: los diarios parecían más modernos justo cuando se volvían más vulnerables. Invirtieron en tecnología, en viajes de formación y en relaciones institucionales, pero no revisaron su modelo de negocio ni su función social. El periódico siguió siendo concebido como un objeto que se imprime y se distribuye, no como un espacio de interlocución con una sociedad cada vez más compleja. Cuando el entorno cambió con mayor rapidez —la reducción del poder adquisitivo, la fragmentación de la publicidad, la irrupción de nuevas plataformas—, la estructura ya estaba fatigada y el margen de maniobra era mínimo.
Los escenarios que se desprenden de esta lectura son incómodos para el presente. La desaparición del papel no fue un accidente ni una traición tecnológica, sino la consecuencia lógica de una serie de decisiones acumuladas. El periodismo que hoy se traslada al ámbito digital corre el riesgo de repetir el mismo error si insiste en trasladar viejas lógicas a nuevos soportes. Cambiar la plataforma sin modificar la relación con el lector, sin redefinir la noción de valor informativo y sin asumir la precariedad como un dato estructural, no es transformación, es desplazamiento.
De ahí que las recomendaciones, aunque incómodas, resulten inevitables. El periodismo que aspire a sobrevivir deberá renunciar a la nostalgia como estrategia y a la épica del pasado como coartada. Necesita asumir que ya no ocupa el centro del espacio público, que compite con múltiples narrativas y que su autoridad no se presume, se construye. La claridad expositiva, la consistencia editorial y la independencia económica no pueden seguir siendo consignas retóricas; deben convertirse en prácticas verificables, incluso si eso implica reducir ambiciones, ajustar expectativas y aceptar una escala más modesta.
La lección de aquel periodo no es que el periodismo haya fracasado, sino que confundió estabilidad con permanencia. Creyó que el acceso al dinero, a la técnica y al reconocimiento institucional lo blindaban frente al cambio. No entendió que el oficio se sostiene, ante todo, en la capacidad de leer su tiempo y de anticipar sus desplazamientos. Hoy, cuando los diarios impresos son ya una rareza y el debate público se dispersa en múltiples plataformas, esa lección resulta más vigente que nunca. El periodismo no desapareció con la tinta; lo que se agotó fue una manera de ejercerlo sin preguntarse, con suficiente rigor, para quién y para qué se hacía.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
