En otro tiempo, el periodismo fue oficio. Hoy, a veces, es acto de fe. Y hay que contarlo así, como viene.
Un reportero veterano lo dice sin rodeos: «Antes, el olor del papel significaba que algo había sido dicho. Hoy, nadie garantiza que decir algo sirva para algo.»
Y es que hay una capa de desamparo que cubre a la prensa escrita, con todo y su redundancia semántica, como polvo viejo en librerías abandonadas. La infantería del gremio —los de a pie, los que preguntan sin luces ni reflectores, los que ya no portan credencial sino dignidad— se mueve sin certeza, sin blindaje. Los convenios se tambalean. Las fuentes se evaporan. Y los salarios se han convertido en lotería emocional.
Los comunicadores jóvenes, los que heredan micrófono sin heredar respeto, entran a un terreno donde las oficinas de prensa ya no informan, ahora publican.
Cada área de comunicación social es ahora un pequeño canal privado, casi siempre con voceros sin método, sin estructura, sin línea editorial, pero con acceso inmediato a seguidores.
Las redacciones que fundamos, las que tuvieron nombre, voz, imprenta y estilo, ya no existen, las de ahora han sido convertidas en repositorios de boletines.
De aquellos jefes de información que sabían lo que era una exclusiva, queda el recuerdo.
De los reporteros que cargaban la libretita, ahora se duda si aún creen en el oficio.
Porque hoy lo que cuenta no es la fuente, es la plataforma digital, la inteligencia artificial, los textos mecanizados.
Y la agenda pública —esa que antes era nutrida por partidos, sindicatos, académicos, gremios, obispos, obreros, empresarios— simplemente ha dejado de existir.
Los servidores públicos ya no acuden a la prensa. La eluden.
Si les critican, se callan. Si les alaban, lo comparten.
La mayoría ya no necesita debatir ni explicar. Publica una imagen, una frase irrelevante, y la infla desde cuentas institucionales.
Aquellos señalados por escándalos, por corrupción, por negligencia, ni siquiera intentan responder.
Porque saben que no hay espacio.
Porque saben que los periodistas que podrían entenderlos también fueron despedidos, reconvertidos en generadores de contenido, o simplemente dejaron de preguntar.
Los informadores corren detrás de la nota, pero ya no tienen respaldo.
Algunos sobreviven en diarios que aún creen en el papel.
Otros flotan en redes, aferrados a sus seguidores como quien se aferra a una cuerda en un pozo sin fondo.
Pero lo que se pierde no es solo el periodismo.
Son los lectores.
Es la audiencia la que está en riesgo.
Los que ya no saben qué leer, ni por qué creerlo.
Los que consumen noticias, pero no información.
Los que tienen acceso, pero ya no tienen contexto.
Y, mientras tanto, el gremio calla.
No hay asambleas, ni manifiestos, ni consejos que articulen una defensa del oficio.
Nadie levanta la voz por la nota digna.
Ni siquiera por el reportero anónimo que aún corre por la calle tras una declaración que nadie pedirá.
El periodismo vive, sí.
Pero vive a salto de mata.
¿Ya no importa la opinión de un abogado, de un obrero, de un sacerdote, de una indígena, de un campesino?
¿Ya no interesa qué dice el fiscalista, el economista, el académico, el defensor de oficio?
¿Quién define ahora el valor de una declaración?
Tal vez nada garantiza ya el periodismo.
Pero lo que sí se pierde es el lector.
Y con él, la conciencia.
La conversación.
El país.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
