El lunes amaneció limpio, sin amenaza de lluvia, como si el propio cielo supiera que Oaxaca estaba por concluir su máxima fiesta. Desde temprano, miles de personas comenzaron a subir por la carretera y las escaleras del cerro del Fortín. Familias enteras, jóvenes con sombreros de palma, niñas vestidas de tehuana y turistas de todo el país se dirigieron al Auditorio Guelaguetza. Muchos lo hicieron a pie, por el andador del Fortín, cargando botellas de agua, bolsas de totopo, cámaras, celulares y la emoción que produce saberse testigos de una celebración que no es espectáculo, sino rito colectivo.
Era la Octava del Lunes del Cerro, la segunda función matutina de la Guelaguetza 2025. A las diez en punto, en la Rotonda de las Azucenas, comenzó la ceremonia. No hubo demora. Desde los primeros acordes, se supo que este no era un evento más: era la víspera de la culminación de una temporada en la que Oaxaca se mostró como un corazón latiendo al ritmo de sus danzas, sus lenguas y sus cantos. Las gradas se llenaron sobre todo de visitantes nacionales, de connacionales que viajan año con año para reencontrarse con sus raíces o dejarse asombrar por la generosidad de las regiones.
La Guelaguetza no es una puesta en escena, es la afirmación de un pacto ancestral para compartir. El vocablo zapoteco que le da nombre no miente. Ofrecer lo propio al otro, sin esperar nada a cambio. Una virtud que se hereda y se celebra.
La Diosa Centéotl de este año, Patricia Cassiano Zaragoza, originaria de Huautla de Jiménez, apareció en el escenario con el porte de quien carga el símbolo más sagrado de este pueblo: el maíz. Su mensaje, ofrecido en mazateco y castellano, fue una reverencia a las mujeres, a la tierra, a las costumbres vivas. El aplauso fue instantáneo. No sólo por respeto, sino por reconocimiento. Porque en Oaxaca, la tradición aún se pronuncia en voz de mujer.
La música de chirimías anunció lo que todos esperaban. La fiesta comenzó como tiene que comenzar: con la calenda. Monos de calenda, marmotas, cohetones. Las chinas oaxaqueñas de Genoveva Medina, con su blusa de tira bordada, abrieron la jornada como lo hacen desde 1957. Bajaron con sus canastas enfloradas, entre gritos, sones, regocijo. El público coreó con ellas, les arrojó besos, les aplaudió como si fueran las tías, las hermanas, las hijas.
Luego vino la Costa. Santa María Tonameca trajo sus sones, sus chilenas, sus décimas. Las mujeres, bailando con el mismo vigor con el que se celebra a la Virgen de la Asunción en sus pueblos. Tonameca cantó sus versos picarescos y bailó con una soltura que conquistó el corazón de los asistentes.
Santiago Jocotepec, desde la cuenca del Papaloapan, trajo la Compañera del Chinanteco, una pieza que mostró el rol doméstico de la mujer con tal autenticidad que más de uno quedó conmovido. A los pies del escenario, repartieron tortillas chinantecas, tan grandes como la dignidad de sus pueblos. Hasta seis meses pueden durar esas tortillas, dijo uno de los presentes, como metáfora de la resistencia.
San Miguel el Grande hizo su entrada desde la Mixteca, tierra de 8 Venado. Su fiesta de casamiento recreó la ceremonia ancestral, con música de cuerdas, regalos, bailes y el símbolo del arco de carrizo. No fue solo una representación: fue un acto de fidelidad a los ancestros, una renovación del compromiso de no olvidar quiénes son.
Desde la Sierra de Juárez, Villa Hidalgo Yalálag recordó por qué Oaxaca es música. Con sus bandas de aliento y su cruz triple bordada en el huipil blanco, las mujeres caminaron con firmeza. No solo portaban su vestimenta: portaban el tiempo, el calendario, el orden sagrado.
Y así siguió la mañana. Cada delegación, con su propio tempo, con su propio idioma, con su propio modo de entender la fiesta, subió al escenario y entregó su Guelaguetza. Nadie actuó para impresionar: actuaron porque en sus pueblos eso hacen, porque su identidad no depende de los reflectores.
Los aplausos no fueron sólo cortesía. Fueron un acto de comunión. El público, mayoritariamente mexicano, devolvió lo recibido con gritos, palmas, vítores. La fiesta fue más intensa que en años anteriores. Tal vez por el sol que acompañó sin agredir, o por la certeza de que, en estos tiempos de incertidumbre, la Guelaguetza sigue siendo un ancla, una certidumbre.
La Octava del Lunes del Cerro no fue una función más. Fue la confirmación de que Oaxaca no es folclore para turistas, sino raíz viva. Fue la prueba de que los pueblos que se reconocen en la danza y en la palabra tienen futuro. Y fue también una lección: mientras en otros lados se gentrifican las fiestas, aquí se defienden. No con armas, sino con flores, con bordados, con versos, con música.
Y cuando las últimas notas resonaron en la rotonda, nadie se movió. Porque en Oaxaca, la fiesta no termina con el último baile. La fiesta se lleva dentro, como una ofrenda que se comparte. Como una Guelaguetza.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
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