Oaxaca desde el mundo
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En el mapa emocional de México, Oaxaca ocupa un lugar incómodo y fascinante. No es solo una ciudad antigua ni un escaparate turístico: es un territorio donde la memoria se disputa a diario, donde cada piedra parece cargada de una historia que no termina de resolverse. Desde hace décadas, la ciudad vive bajo la tensión de ser, al mismo tiempo, hogar y vitrina; refugio íntimo y escenario global. Y en esa dualidad se juega su destino.
La urbe que hoy se presume como joya patrimonial no nació con esa etiqueta. Fue moldeada por siglos de ocupación, por rutas comerciales que la conectaron con mundos lejanos, por terremotos que la derribaron una y otra vez, por órdenes religiosas que la trazaron con paciencia, por gobiernos que la usaron como símbolo y por habitantes que la defendieron incluso cuando nadie más lo hacía. Su historia no es lineal: es una superposición de capas que se resisten a desaparecer.
Con el tiempo, la ciudad fue aprendiendo que el espacio no es un simple contenedor, sino un lenguaje. Cada plaza, cada calle, cada fachada restaurada o abandonada habla de quién tiene el poder de decidir qué se conserva, qué se exhibe y qué se olvida. Y en Oaxaca, ese poder ha cambiado de manos más veces de las que se reconoce públicamente.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, la ciudad comenzó a ser observada desde fuera con una mirada que la convirtió en mercancía cultural. La modernización, los sismos, las restauraciones, las declaratorias oficiales y la llegada de organismos internacionales transformaron su centro histórico en un territorio vigilado, regulado y, en ocasiones, estetizado hasta la exageración. La ciudad se volvió un producto global, un destino que debía lucir impecable para quienes la visitaban, aunque esa pulcritud no siempre coincidiera con la vida cotidiana de quienes la habitaban.
En ese proceso, emergieron tensiones inevitables. La industria turística encontró en el patrimonio un recurso inagotable, mientras que los habitantes del centro histórico comenzaron a sentir que su ciudad se convertía en un escenario ajeno. Las decisiones sobre el espacio se tomaban desde arriba, con criterios que privilegiaban la imagen sobre la funcionalidad, la postal sobre la experiencia. Y así, la ciudad empezó a dividirse entre quienes la viven y quienes la consumen.
Sin embargo, Oaxaca nunca ha sido un territorio dócil. A lo largo de su historia reciente, distintos grupos han defendido sus espacios con una tenacidad que descoloca a quienes creen que el patrimonio es solo un asunto de decretos. Artistas, colectivos, vecinos, comerciantes y jóvenes han intervenido en la ciudad desde sus propias prácticas, resignificando calles, plazas y edificios. Han demostrado que el patrimonio no es un museo al aire libre, sino un organismo vivo que se transforma con cada generación.
En este escenario, la ciudad se enfrenta a un dilema que no admite evasivas. Si continúa privilegiando la mirada externa, corre el riesgo de convertirse en un decorado perfecto pero vacío. Si, por el contrario, decide escuchar a quienes la habitan, podría construir un modelo de gestión más democrático, donde la memoria no sea un recurso de explotación sino un bien compartido.
La ciudad tiene ante sí varios caminos posibles. Uno de ellos es profundizar la lógica mercantil que ha guiado buena parte de las intervenciones recientes: más restauraciones orientadas al turismo, más espacios convertidos en escaparates, más decisiones tomadas desde oficinas lejanas. Otro camino es reconocer que el patrimonio no se sostiene solo con piedra y cantera, sino con prácticas culturales vivas, con la apropiación cotidiana, con la diversidad de usos que conviven en un mismo espacio.
Para avanzar hacia un futuro menos desigual, la ciudad necesita abrir sus procesos de decisión, permitir que las voces locales participen en la definición de lo que debe conservarse y cómo debe hacerse. También requiere políticas urbanas que no sacrifiquen la habitabilidad en nombre de la estética, que reconozcan que una ciudad patrimonial no puede expulsar a quienes la sostienen con su vida diaria. Y, sobre todo, necesita asumir que el patrimonio no es un fin en sí mismo, sino un medio para fortalecer la identidad colectiva.
Oaxaca ha demostrado que es capaz de reinventarse después de cada crisis. Lo hizo tras los sismos, tras los conflictos políticos, tras las presiones externas. Lo puede hacer de nuevo. Pero para lograrlo, debe reconciliar sus dos almas: la que mira hacia el mundo y la que se mira a sí misma. Solo así podrá dejar de ser una ciudad partida entre la postal y la vida, entre el visitante y el vecino, entre la memoria oficial y la memoria íntima.
En esa reconciliación se juega su porvenir. Porque una ciudad que ha sobrevivido a imperios, terremotos y modernizaciones merece algo más que ser un escenario. Merece ser un lugar donde la historia se viva.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
