México frente a sus muertos
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La muerte no es un final. Es una institución. Una práctica social. Un sistema de creencias que ha sobrevivido a la conquista, al catecismo, al positivismo, al neoliberalismo y a la globalización. El culto a los muertos no es una tradición decorativa. Es una estructura cultural que organiza el tiempo, el espacio, la memoria y la identidad. Y en esa estructura, el altar no es un adorno. Es un manifiesto.
Desde tiempos prehispánicos, los pueblos mesoamericanos desarrollaron rituales funerarios complejos. No para despedirse. Para acompañar. Para asegurar el tránsito. Para mantener el vínculo. La muerte era parte del ciclo. No ruptura. No castigo. No ausencia. Era continuidad. Era destino. Era retorno. Pero con la llegada de los colonizadores, esa lógica fue intervenida. Se impuso el calendario cristiano. Se prohibieron los sacrificios. Se reguló el duelo. Se cristianizó el más allá. Y, sin embargo, el culto sobrevivió. No intacto. Transformado.
El altar doméstico, tal como se conoce hoy, es resultado de esa negociación. Se levantan estructuras de varios niveles. Se colocan veladoras, flores, pan de muerto, frutas, retratos, objetos personales, papel picado, agua, sal, comida caliente. Cada elemento tiene una función. Una lógica. Una historia. No hay improvisación. Hay método. Hay memoria. Hay resistencia.
En las comunidades rurales, el Día de Muertos no es una fiesta. Es una operación espiritual. Se limpian las tumbas. Se cocinan platillos específicos. Se reciben a los muertos como si fueran visitas esperadas. No hay espectáculo. Hay liturgia doméstica. No hay nostalgia. Hay presencia. Los muertos no se recuerdan. Se alimentan. Se escuchan. Se alojan.
Pero el culto no se limita al hogar. Se extiende al espacio público. A los panteones. A las plazas. A las escuelas. A los mercados. A los medios. A la política. A la economía. El Estado ha promovido el Día de Muertos como símbolo patrio. La industria lo ha convertido en mercancía. El turismo lo ha transformado en espectáculo. Y sin embargo, en el fondo, persiste la lógica original: la muerte como vínculo. Como conversación. Como continuidad.
El culto a los muertos en México no es una tradición congelada. Es una práctica viva. Que cambia. Que se ajusta. Que se reinventa. Que se defiende. Que se expande. Que se exporta. Que se celebra. Que se llora. Que se cocina. Que se canta. Que se ilumina. Que se documenta. Que se transmite.
Y en esa práctica, el mexicano no se ríe de la muerte. La enfrenta. La negocia. La acompaña. La convierte en parte de su vida. Porque en México, la muerte no es tabú. Es costumbre. Es calendario. Es altar. Es plato. Es flor. Es vela. Es retrato. Es camino. Es casa.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”
