Los zapotecos en la vida de los Valles Centrales de Oaxaca
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En los Valles Centrales, donde el viento arrastra anécdotas que no se dejan domesticar, los zapotecos han construido una forma de vida que no se explica solo con fechas ni con mapas. Es un territorio que habla, que se reconoce en su gente, que se sostiene en la memoria de quienes lo habitan. Allí, entre planicies aluviales, montañas que superan los dos mil metros y ríos que se agotan antes de llegar al mar, se despliega una cultura que ha aprendido a sobrevivir a la erosión del tiempo y a la presión de un mundo que cambia demasiado rápido.
La región es un mosaico de climas, suelos y ecosistemas. En las zonas bajas domina la vegetación xerófita —mezquites, cactáceas, agaves— mientras que en las montañas sobreviven bosques de pino y encino que resisten, aunque cada vez con mayor dificultad, el avance de la deforestación. En este paisaje diverso, los pueblos zapotecos han levantado caseríos compactos en las llanuras y asentamientos dispersos en las laderas, adaptándose a la geografía como quien aprende a leer un libro que nunca se termina. “La vegetación que predomina en estos valles es la xerófita… y algunas especies de árboles caducifolios”, leí recientemente. “Es el centro de oxigenación de Gaia”, me dijo un argentino.
La lengua, aunque fragmentada en múltiples variantes, sigue siendo el corazón de esta identidad. En algunos distritos, como Tlacolula, más de la mitad de la población mayor de cinco años la habla; en otros, la presencia zapoteca se diluye entre migraciones, urbanización y la fuerza del español. La región concentra más de cien mil hablantes, pero también muestra una tendencia preocupante: comunidades enteras donde el idioma retrocede, donde los niños crecen sin escucharlo en casa, donde la lengua se convierte en un eco que se desvanece. “El idioma se ha ido perdiendo y, con él, algunas costumbres propias de su cultura”.
La vida económica de los Valles Centrales es una mezcla compleja de agricultura, artesanía y comercio. El maíz sigue siendo el cultivo principal, aunque la tierra es poca y está fragmentada. En algunas localidades, las familias trabajan parcelas que no superan una hectárea; en otras, la producción depende del temporal y de la suerte. La agricultura se combina con la cría de animales en pequeña escala y con la elaboración de artesanías que han dado fama a la región: tapetes de lana, textiles de algodón, barro negro, barro rojo, cestería, mezcal. En pueblos como Teotitlán del Valle, Santa Ana del Valle o Santo Tomás Jalieza, la artesanía no es solo oficio: es identidad, es economía, es continuidad.
Los mercados son el corazón de esta red económica. No son simples puntos de venta: son espacios donde se cruzan rutas, lenguas, productos y memorias. El mercado de la ciudad de Oaxaca es el eje del sistema, pero los de Tlacolula, Ocotlán, Etla y Zaachila sostienen una dinámica semanal que articula a decenas de comunidades. Allí se venden tortillas, hortalizas, textiles, cerámica, mezcal, panes, moles, frutas, animales. Allí se negocia, se regatea, se conversa. Allí se mantiene viva una tradición comercial que ha sobrevivido a invasiones, reformas, carreteras y supermercados. “Las comunidades zapotecas están estrechamente relacionadas en un amplio sistema de relaciones de mercado”.
La marginación, sin embargo, atraviesa la región como una herida persistente. Más de la mitad de los municipios con presencia zapoteca se ubican en rangos de alta o muy alta marginación. En algunos pueblos, el analfabetismo supera el 40 %; en otros, el acceso al agua entubada es limitado y los pozos presentan altos niveles de minerales que afectan la salud. La electrificación ha avanzado, pero aún hay localidades donde una cuarta parte de las viviendas carece de energía. La salud pública es insuficiente y muchas familias recurren a la medicina tradicional, a curanderos, parteras y hierbas que han acompañado a la comunidad durante generaciones. “Fue en la segunda mitad de la década de 1990 cuando los sistemas oficiales de salud tuvieron mayor cobertura”.
La migración ha transformado profundamente la región. Jóvenes que parten hacia Estados Unidos, familias que se desplazan a la ciudad de Oaxaca, comunidades que reciben a mixes, chinantecos y otros grupos que buscan nuevas oportunidades. La identidad zapoteca se reconfigura en este movimiento constante: se diluye en algunos espacios, se fortalece en otros, se adapta en todos. Los mercados, las fiestas, la lengua y la tierra funcionan como anclas que impiden que la cultura se deshaga por completo.
El futuro de los Valles Centrales depende de decisiones que aún no se toman. La presión urbana sobre la tierra agrícola, la pérdida de lengua, la erosión de los suelos, la precariedad de los servicios básicos y la dependencia de intermediarios en la economía artesanal plantean escenarios complejos. La región necesita fortalecer su infraestructura sin destruir su tejido comunitario; necesita proteger su lengua sin convertirla en pieza de museo; necesita impulsar su economía sin sacrificar su identidad.
Las recomendaciones surgen de la propia lógica del territorio: fortalecer la educación bilingüe, mejorar el acceso al agua y a la salud, apoyar directamente a los productores y artesanos, proteger los mercados tradicionales, garantizar la conservación de los suelos y bosques, y promover políticas que reconozcan la diversidad cultural como un activo, no como un obstáculo.
Los zapotecos de los Valles Centrales han demostrado una capacidad extraordinaria para reconstruir su identidad frente a cada crisis. Lo hicieron frente a invasiones, epidemias, reformas, modernizaciones y migraciones. Lo siguen haciendo hoy, en un mundo que cambia más rápido que nunca. Su territorio habla, y mientras haya quien lo escuche, la cultura seguirá en pie.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
