El cielo no cae. Se abre. Se desploma en gotas gruesas, tibias como promesas viejas. En Oaxaca, cuando la tormenta asoma, nadie se pregunta por qué. Solo se preparan con lo que tienen. Una cubeta rota, un petate torcido, una fe que no se moja.
Las nubes llegan como ejércitos. Formaciones grises, pesadas, avanzando desde el mar como si supieran el camino. Nadie las ha invitado, pero todos las esperan. Porque aquí, cuando llueve, no llueve solo agua, llueve sobre tejados que crujen, sobre veredas que desaparecen, sobre laderas que ceden y arrastran consigo mil historias que no caben en ningún boletín de prensa.
Dalila —le pusieron nombre de mujer—, se acerca desde el Pacífico. Como si en cada remolino llevara consigo la furia de alguna diosa olvidada. No es la única, antes vinieron Alvin, Bárbara, Cosme, nombres de calendario, pero de consecuencias reales. Dejaron lluvia, humedad, silencio en los radios, y barro en la memoria de los pueblos.
En los mapas, los colores cambian, verde, amarillo, naranja, rojo. Y luego otra vez al azul, cuando la calma es temporal. Las gráficas no lloran, pero detrás de cada curva hay un río creciendo, una escuela empapada, una mujer que pone piedras en el techo para que el viento no se lo arranque.
Aquí, cada casa tiene su paraguas y cada madre su oración para detener los rayos. Los impermeables se venden por docenas en los cruceros, justo cuando las primeras gotas manchan el parabrisas. Las botas de hule —negras, rojas, a veces con dibujitos— no son moda, son defensa civil. No hay metáfora que explique mejor el estado de alerta que ver a un niño caminar al kínder con su mochila envuelta en plástico.
En el fondo, todos saben que esto apenas comienza. El temporal no es un espectáculo. Es una larga conversación entre la tierra y el cielo, con el ser humano atrapado en medio, con sus manos llenas de polvo y esperanza.
Las autoridades dicen que la alerta está en azul. Que no hay peligro. Que los ciclones se alejan mar adentro. Pero los cerros no entienden de escalas. Ellos responden cuando ya es tarde, se deslizan como cuerpos rendidos, bajan arrastrando piedras, árboles y vidas. Por eso en las comunidades no esperan el boletín. También ellos son como el reportero. Aunque hay algunos que no lo esperan, van por él, Aquí, la experiencia es más confiable que el radar.
La costa, el Istmo, la Sierra Sur, la Mixteca. Regiones distintas, mismo cielo. Son geografías que huelen a maíz mojado y a madera recién tronada. En estos días, el tiempo no se mide en horas, sino en acumulación de lluvia. Hay municipios donde ya se cuentan 28 con precipitaciones. En algunos, el daño no ha llegado aún, pero la memoria lo anticipa.
Hay algo épico en este resistir con sandalias y escobas. En el hecho de que, cuando llega el primer trueno, nadie grita. Solo se recogen los trastes, se bajan los cuchillos de las paredes y se deja una vela lista junto a la ventana. Porque en Oaxaca, la tormenta no se enfrenta con histeria, sino con resignación altiva. Como quien mira al cielo y le dice “Otra vez. Pero no nos vas a llevar esta vez.”
No hay riesgo cero, pero hay preparación. La gente lo sabe. Hay radios comunitarios, caminos ya mapeados, refugios que abren sin esperar permiso. Hay mujeres que reparten atole a los que se mojan por mantener la carretera abierta. Hay niños que se ríen bajo la lluvia, sin saber que, para sus abuelos, esa misma risa significó alguna vez la diferencia entre vivir o hundirse.
Porque aquí, cada gota tiene memoria. Y cada charco es testigo de una historia que no se ha terminado de contar.
La temporada apenas arranca. Las lluvias vendrán, con nombres nuevos y viejas costumbres. La prioridad, dicen, es prevenir. Pero en Oaxaca, la verdadera prioridad es seguir vivos. Aunque sea con el agua al cuello y el alma empapada.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
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