7 mayo, 2026
Oaxaca MX
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Lenguas de serpiente, sangres de jaguar…

Hubo un tiempo en que las palabras tenían filo.

No eran inofensivas como ahora, repetidas por las bocas desgastadas de los que todo lo platican y nada lo comprenden.

Hubo un tiempo —como quien dice, antes de que llegaran los que escriben dioses en libros y condenan serpientes al exilio del paraíso— en que nombrar era fundar el mundo.

Lo sabían los zapotecos.

Y lo recuerda, como un relámpago que resucita lo antiguo, Víctor Cata, director del Instituto de Lenguas Originarias de Oaxaca, cuando alza la voz para hablar de clanes, de pieles que se mudan sin morir, de genealogías que no caben en actas de nacimiento sino en mitologías vivas.

Cata no es un funcionario.

No se equivoquen.

Es un hombre que habla con la seriedad de quien ha conversado con ancestros.

Que, en lugar de ocupar un cargo, ocupa un sitio en la trinchera de la memoria.

Esta vez, el tema era tan antiguo como el barro, pero tan vigente como una herida sin cerrar, los clanes totémicos en el pensamiento zapoteco.

Y no, no es poesía barata. Aquí no se viene a romantizar culturas. Se viene a decir lo que se calla por miedo o por ignorancia.

“Decir hermano entre hombres y entre mujeres es diferente…”, comenzó diciendo.

Y ahí se detuvo el mundo moderno.

Porque en ese instante se volvió evidente que este idioma que usamos a diario, este español que fue impuesto a golpes de cruz y espada no alcanza para explicar lo que los zapotecos llevan siglos sabiendo.

Que los vínculos no son biología, sino cosmología.

Entre las mujeres zapotecas, por ejemplo, hay un saludo que es más antiguo que el espejo.

Se dicen «hermana lengua de serpiente».

Así, con la sorna y la complicidad de las que entienden que lo femenino es un territorio autónomo, y a la vez sagrado.

Pero que nadie lo repita sin saber. No se reproducen aquí las frases en zapoteco. No por descuido, sino por respeto. Porque el zapoteco, como toda lengua viva, es tonal. Y decir mal una palabra puede ser una profanación. Se respeta la música del idioma, se deja la intención intacta. Se escribe la idea, se guarda el sonido.

La serpiente, explica Cata, no es esa traidora bíblica que susurra tentaciones.

Es, en cambio, símbolo de transformación. Cambia de piel, pero no muere, igual que la Tierra, igual que la mujer, igual que la Luna.

Fascinantes, cíclicas, invencibles. En la visión mesoamericana, la mujer no es costilla de nadie, sino columna vertebral del mundo. Por eso el clan femenino es el de la serpiente, enroscada en la eternidad, muda de piel y sigue.

Y el hombre, ¿qué? ¿Dónde queda el varón en esta danza cósmica?

Viene de la sangre del jaguar. No de su garra ni de su rugido, sino de su misterio. El jaguar, ese felino que recorría la América profunda antes de que el tiempo se convirtiera en línea recta.

El jaguar, con sus manchas de sombra, es símbolo de poder nocturno, de fuerza sin arrogancia. Entre hombres zapotecos, la hermandad no es sólo un lazo, es un eco de su animal totémico.

Pero lo más radical —y quizá por eso lo más silenciado— es lo que Cata recuerda con una claridad brutal, que, entre un hombre y una mujer, la palabra hermano se dice de otra manera.

Porque ahí no hay clan común. Sólo el reconocimiento de que todos, sin excepción, fuimos engendrados por una mujer.

No hay discurso de igualdad más poderoso que ese. Una lengua que en su estructura reconoce lo que el mundo moderno se empeña en olvidar, que nacer es un acto femenino, que la genealogía comienza en la matriz.

Y, sin embargo, aquí estamos, viviendo en un país donde se cree que la historia empezó en 1521, donde los idiomas originarios son tratados como reliquias exóticas o como obstáculos administrativos.

Donde se entierra a los abuelos con la lengua dentro porque nadie quiso aprenderla. Donde los clanes han sido reducidos a apellidos, y los animales totémicos, a logotipos de equipos deportivos.

Cata lanza sus palabras como dardos envenenados contra la ignorancia domesticada.

Porque hablar de genealogía zapoteca es abrirle una grieta al presente.

Es decir: “esto no empezó con ustedes, ni terminará con ustedes”.

Es, en el fondo, recordar que bajo la camiseta del mundo global aún late el corazón de la serpiente y el jaguar.

Que las lenguas originarias no están muertas, las mataron, sí, pero no las enterraron bien.

Y ahí están, asomándose desde la boca de Víctor Cata, con el filo intacto, esperando el momento de volver a fundar el mundo.

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