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Migrar no es solo cruzar una línea geográfica. Es fracturarse. Es dejar atrás el idioma, el olor del pan, el ritmo del mercado, el nombre propio que en el nuevo país se pronuncia mal. Migrar es también perderse en una tierra que no se reconoce como propia, donde el cuerpo trabaja, pero el alma se ausenta. Y en ese tránsito, la salud mental se convierte en una frontera invisible, muchas veces ignorada, casi siempre desatendida.
La obra colectiva La salud mental en el contexto democrático de los derechos humanos, coordinada por Edgar Pérez González, Celia Cecilia Guerra Urbiola e Izarelly Rosillo Pantoja, y publicada por el Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Querétaro (CONCYTEQ) en 2025, ofrece una mirada crítica y plural sobre los vínculos entre salud mental, bioética y derechos humanos.
Aunque el libro aborda múltiples grupos vulnerables, el fenómeno migratorio aparece como uno de los más complejos y dolorosos.
La Dra. Celia Cecilia Guerra Urbiola advierte que la salud mental no puede tratarse únicamente como una categoría clínica. Requiere un enfoque interdisciplinario, humanista y normativo. En el caso de los migrantes, esto implica reconocer que la tristeza, la soledad, la depresión y la angustia no son síntomas aislados, sino expresiones de una violencia estructural que los despoja de vínculos, de certezas, de pertenencia.
Migrar es desapegarse. Es vivir con el cuerpo en un país y con el corazón en otro. Es trabajar en silencio, sin papeles, sin red, sin descanso. Es enviar dinero a casa mientras se acumulan las noches sin dormir, los ataques de pánico, los duelos no resueltos. Es enfrentar el racismo, la precariedad, el miedo a ser deportado. Es no poder enfermarse, no poder llorar, no poder parar.
El enfoque biopolítico que atraviesa la obra permite entender que la salud mental de los migrantes no es solo una cuestión médica, sino política. El Estado regula cuerpos, decide quién merece atención, quién puede acceder a servicios, quién tiene derecho a existir. Y en ese esquema, los migrantes quedan fuera. Invisibles. Funcionales. Explotables.
Los autores Javier Rascado Pérez y Rodrigo Chávez Fierro, en su capítulo sobre los órganos de protección de derechos humanos de Naciones Unidas, señalan que el derecho a la salud mental debe incluir el respeto a la autodeterminación, la no discriminación y el consentimiento informado. Pero ¿cómo se garantiza esto a quienes viven en la sombra, sin documentos, sin voz, sin tiempo?
La migración irregular, como lo plantea el texto, genera afectaciones psicosociales y espirituales tanto en quienes migran como en quienes se quedan. Las madres que ven partir a sus hijos, los niños que crecen sin padres, los pueblos que se vacían. El duelo migratorio no tiene ritual. No tiene fecha. No tiene cuerpo. Pero pesa.
La tristeza migrante no es melancolía. Es rabia contenida. Es frustración. Es el coraje de saber que se trabaja más que nunca y se vive menos que antes. Es el dolor de no poder regresar, de no poder quedarse, de no saber dónde se es. Es la ansiedad de vivir en alerta, de no confiar, de no pertenecer.
La obra también propone herramientas desde la gestión comunitaria y el diálogo intercultural. Rescata el saber popular, la memoria ancestral, los vínculos comunitarios como formas de resistencia. Porque si el Estado falla, la comunidad puede sostener. Si la clínica excluye, el fogón puede sanar. Si la ley no protege, la palabra puede abrazar.
La salud mental de los migrantes es un espejo de la injusticia. No se trata de patologizar el sufrimiento, sino de entenderlo. De nombrarlo. De atenderlo. Porque detrás de cada migrante hay una historia. Y detrás de cada historia, una herida.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
