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Fue hace veinte años. El tiempo no ha perdonado las arrugas ni la memoria, pero aún conservo intacto el acento pausado de Francoise Lestage, con su español de terciopelo y bisturí. En una sala modesta del Museo de los Pintores en Oaxaca, ella hablaba, y yo, joven entonces, apenas alcanzaba a registrar la dimensión de su advertencia. Fue una revelación. Y hoy, mientras Los Ángeles arde —no con fuego, sino con miedo, odio y marines—, comprendo que aquel encuentro fue menos una entrevista y más una premonición.
Decía Lestage, con la serenidad de quien conoce el horror en cifras y lo digiere en silencio, que el gobierno de Estados Unidos actuaba con la hipocresía propia de los imperios en declive. Pretendía, incluso entonces, construir un muro más alto, más largo, más cínico. Un muro para que no pasen los pobres, mientras por la puerta trasera siguen entrando sus manos, sus pulmones, sus riñones. Ella lo dijo: “La economía estadounidense no puede vivir sin los migrantes, pero tampoco sabe vivir con ellos.”
Y ahora lo vemos. El sur de California es un escenario enrarecido, entre distopía y purgatorio. Soldados en las avenidas, helicópteros sobrevolando los techos de East LA, y una marea de discursos políticos que han cambiado la lengua por el garrote. El racismo —esa enfermedad vieja— se ha inyectado esteroides. La xenofobia viste uniforme y lleva insignias. Y en medio de todo, los migrantes, los eternos náufragos sin mar, los que caminan por la historia sin derecho a escribirla.
Recuerdo cómo Lestage hablaba de los muertos. Porque en toda migración hay fantasmas. En su estudio, había contabilizado que solo de 2003 a 2006, más de cinco mil cadáveres cruzaron la frontera de regreso a México. Repatriados en cajas de madera, con etiquetas de aeropuerto y lágrimas adheridas al cartón. Muchos venían de Los Ángeles, Chicago, Dallas. Muchos venían del silencio.
Contaba que, en Oaxaca, en Michoacán, en Guerrero, el número de retornos aumentaba como si la muerte misma hubiera sacado visa humanitaria. Del 2004 al 2005, Oaxaca duplicó la llegada de muertos. De 187 a 341. No son números. Son nombres que ya nadie recuerda, sueños que se pudrieron entre el desierto y las maquiladoras.
Ella hablaba del rito. De cómo, aun en la distancia, las familias mexicanas hacen todo lo posible por traer de vuelta a sus muertos. Porque el regreso, aunque sea en caja sigue siendo un triunfo. Porque en nuestros pueblos, el cuerpo es también un idioma. Y sepultar a un hijo en su tierra es traducir el dolor al lenguaje de los vivos.
Hoy, el periodista que la escuchó con hambre de respuestas escribe esto con rabia y con la herida abierta porque nadie escucha a los muertos.
Hay una ironía brutal en el hecho de que los migrantes que sobreviven deban esconderse, y los que mueren sí puedan volver con honores de duelo. Tal vez por eso las ciudades donde hay más migrantes vivos son también las que más muertos regresan. Los Ángeles ha sido, durante décadas, la capital de la muerte migrante. Y ahora, en este año de soldados y cercos, vuelve a serlo.
El relato no puede terminar aquí. Porque el periodista, entre la nostalgia y la furia, ha comenzado a soñar.
Imagina —sí, porque ya sólo queda imaginar— que un día las calles de Los Ángeles se cubren de veladoras. Que los migrantes, sin permiso ni miedo, salen a honrar a sus muertos con altares improvisados en las banquetas. Que las cruces no se clavan en el suelo, sino en la conciencia colectiva.
Imagina que, en medio del bullicio militar, alguien recita en voz alta la lista de los muertos: Juan de Jamiltepec, Rosa de Zitácuaro, Martín de Apatzingán… Imagina que una niña, hija de migrantes, pregunta por qué papá no vuelve. Y que una madre, hija de la tierra, responde: «Porque a veces el país que uno busca se queda en el camino.»
Imagina que esa noche, desde algún rincón del cielo californiano, Francoise Lestage observa en silencio. Y sonríe. Porque lo que advirtió hace dos décadas, por fin, comienza a entenderse no en la mente, sino en el corazón de quienes aún creen que la humanidad no necesita muros, sino memoria.
Y porque, como ella dijo entonces, “el vínculo entre los vivos y los muertos no se rompe ni con fronteras ni con miedo”.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
