2 abril, 2026
Oaxaca MX
Agenda

La Nación con Sombras de Luto

> “Malditos aquellos que con sus palabras defienden al pueblo y con sus hechos lo traicionan.”Apuntes para mis hijos

 

La Ciudad de México enmudeció ese 18 de julio de 1872. El cuerpo de Benito Juárez, embalsamado con premura, fue depositado en el Salón Embajadores de Palacio Nacional, cubierto no por fastos u homenajes, sino por un silencio espeso. Allí, entre cortinas húmedas y guardias exhaustos, comenzó la ceremonia luctuosa más cargada de contradicciones que la República hubiera presenciado hasta entonces.

—¿Lo ves? —dice Amalia—. Hasta muerto, Juárez obligaba al país a mirar de frente.

Bruno asiente. Cita en voz baja el texto de Rebeca Villalobos Álvarez, en Relatos e Historias en México:

> “Tras la exhibición del cadáver embalsamado en el Salón Embajadores de Palacio Nacional, tuvo lugar un cortejo que se dirigió hasta el Panteón de San Fernando, donde fue la ceremonia luctuosa.”

Amalia, con el cuaderno sobre las piernas, anota:

> “El cortejo no fue solo fúnebre. Fue político. Fue histórico. Y fue, en el fondo, una procesión de conciencia.”

Miles asistieron. Algunos con lágrimas. Otros con sospechas. Juárez moría, pero su nombre apenas comenzaba a pesar.

Bruno recuerda una cita de Apuntes para mis hijos:

> “No deseo monumentos, deseo actos. Que mi recuerdo sirva a la justicia, no a la ceremonia.”

Y, sin embargo, la ceremonia ocurrió. En el Panteón de San Fernando, entre nichos silenciosos y muros altos, fue depositado su cuerpo. Allí permanece. No como estatua, sino como incógnita: ¿hemos cumplido lo que su muerte esperaba?

Una anciana que escucha la conversación murmura:

—Ese día no se enterró a un hombre. Se abrió un vacío. Uno que todavía espera república.

Al pie del Panteón de San Fernando, el aire es más denso que el mármol. Una hilera de visitantes cruza el pasillo donde reposa el cuerpo de Benito Juárez, pero pocos se detienen a leer las placas. Menos aún conocen las palabras que él escribió de su puño y letra, entre desaliento y templanza.

Amalia y Bruno han llegado sin protocolo. Llevan una copia rota de Apuntes para mis hijos, no para rendir homenaje, sino para recordar que, más allá del sepulcro, hay conciencia.

—Este mausoleo está muy limpio —dice Bruno—. Pero los ideales… siguen cubiertos de polvo.

Amalia abre el libro y lee:

> “Fui llamado a encabezar la República cuando estaba en ruinas; acepté no por ambición, sino porque no me era posible negar la lucha que ya me había formado.”

Y al alzar la vista hacia la efigie solemne, recuerda una de las anécdotas más humanas del libro: aquella en que Juárez, siendo joven, fue confundido con un criado cuando acudió a entregar documentos a un juzgado. Lo trataron con desprecio. No sabían que ese joven indígena hablaba latín y redactaría reformas constitucionales.

En voz baja, Amalia cita:

> “Desde niño sufrí la mirada del desprecio. Y eso fue más elocuente que cualquier cátedra.”

Bruno, contemplando la tumba, agrega:

—Aquí yacen sus restos, pero también las promesas no cumplidas. Porque lo que Juárez sembró en tinta… aún busca traducción en actos.

Vuelven a leer otro pasaje subrayado:

> “Nunca solicité privilegios. Los cargos que desempeñé fueron fruto del deber, no del capricho, y la historia juzgará si ese deber fue útil al país.”

Es de noche en San Fernando. El mármol refleja la luna, pero no la apaga. Amalia y Bruno se sientan en la banqueta frente al mausoleo. Ya no hay visitantes. Solo esa sensación de país dormido… o en pausa.

—Juárez pidió que no lo celebraran con exageración —dice Amalia—. Pero lo encerraron entre flores perpetuas, sin preguntarle si eso también era justicia.

Y Bruno responde, con voz casi temblorosa:

—Porque su legado no era de piedra. Era de paso. Y aún está en tránsito.

En sus últimas reflexiones, Benito Juárez fue claro. El culto a la personalidad le incomodaba. En Apuntes para mis hijos, lo dejó escrito sin rodeos:

> “La historia no debe rendirle culto a los hombres. Debe examinar sus actos.”

Por eso, antes de morir, promovió algo más revolucionario que una reforma: la pedagogía del ciudadano. Una idea que defendía la educación laica, crítica, gratuita y obligatoria, porque “ninguna república es posible si el pueblo desconoce sus derechos”.

—Juárez no confió en caudillos —murmura Amalia—. Confió en libros.

Y Bruno señala la placa central de su tumba:

> “Benito Juárez García. Benemérito de las Américas.”

—Ahí no dice maestro. Pero lo fue.

Un viento leve arrastra hojas secas. Amalia recuerda una de las anécdotas finales de Apuntes para mis hijos: cuando, tras una larga sesión de gobierno, Juárez bajó solo al patio de Palacio Nacional, tomó un ejemplar de la Constitución… y lo limpió con un trapo.

Y esa imagen queda grabada en Bruno: el presidente más pequeño del mundo, pasando un trapo sobre la ley, en silencio, de noche.

Porque Juárez no cerró la puerta. La dejó entreabierta para que alguien más —quizá alguien como tú— la empujara sin permiso, con principios, con voz propia.

++++

Fragmento de “El camino del Coloso que fundó la República”

Artículos relacionados

Oaxaca presenta agenda turística de Semana Santa con ferias, tradiciones y reforzamiento de seguridad

Conanp refuerza operativo Semana Santa segura para atención de turistas en Áreas Naturales Protegidas

Redacción

Redacción