23 enero, 2026
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La libertad de expresión frente al poder

La libertad de expresión frente al poder

En México el periodismo sigue siendo una profesión que se ejerce a contracorriente.

Esa afirmación surge cada vez que un reportero describe la realidad del país desde su propia experiencia, sin adornos, sin dramatizaciones y sin la necesidad de recurrir al heroísmo.

La libertad de expresión se vuelve entonces un tema central, no como noción abstracta, sino como un terreno que se pisa todos los días, con sus certezas limitadas, sus riesgos latentes y sus mecanismos de control que se esconden detrás de discursos oficiales.

Cuando se habla de libertad de expresión en México se habla también de violencia, de agresiones contra periodistas, de censura disfrazada de normalidad institucional, y de un ambiente público donde el poder se incomoda cuando alguien decide contar lo que sucede sin filtros.

El reportero que conversa con estudiantes de comunicación explica que el campo del periodismo mexicano se sostiene por la persistencia de quienes escriben pese a las presiones.

Los estudiantes observan cuando él cuenta que la libertad de expresión existe, pero lo hace bajo condiciones que desgastan a cualquiera que intente ejercerla sin concesiones.

En su explicación se incluye la respuesta que da a quienes le preguntan si en México se puede escribir libremente.

Él dice que sí, porque las denuncias, las investigaciones y las crónicas incómodas siguen apareciendo, pero añade que cada publicación trae consigo posibles consecuencias: la descalificación desde tribunas oficiales, las demandas que se inician sin sustento real, las presiones económicas disfrazadas de decisiones editoriales y las amenazas directas que pretenden desactivar la labor periodística.

El reportero habla de estas dinámicas sin convertirlas en una tragedia personal.

Su propósito es describir el funcionamiento de un sistema que opera en contra del periodismo crítico.

Explica que el poder político y el poder económico reaccionan cuando una nota toca intereses incómodos.

Ese movimiento de reacción se convierte en indicador claro de que la libertad de expresión está funcionando, porque cada incomodidad generada confirma que alguien está contando algo que debía conocerse.

La relación entre prensa y poder en México se sostiene en ese equilibrio frágil, donde la cobertura informativa convive con las presiones y las advertencias veladas.

El escenario que presenta el reportero a los estudiantes no está diseñado para asustarlos.

Sabe que quienes están frente a él se preparan para entrar en un mundo donde la narrativa pública se disputa todos los días.

Prefiere que entiendan las implicaciones del oficio sin alimentar fantasías de persecución, porque el ejercicio del periodismo necesita claridad, no pánico.

Les habla de agresiones, pero no para que imaginen ambulancias, hospitales, heridas ni persecuciones.

Les habla de algo más concreto: el desgaste emocional que produce cubrir temas sensibles, la desconfianza que surge después de una amenaza, la sospecha que se instala en la vida cotidiana de un reportero que vive bajo tensión constante.

Todo eso también forma parte del ecosistema del periodismo en México, aunque pocas veces se discuta de forma directa.

Cuenta que incluso las organizaciones dedicadas a defender a periodistas han tenido infiltraciones.

Describe cómo, en diversas ocasiones, personas ajenas al gremio han intentado obtener información sensible ofreciendo ayuda que nunca llega.

Explica que, en más de una investigación oficial, las autoridades terminaron por confesar que no encontraron culpables y que el caso quedaba cerrado sin responsable alguno.

Esos procesos dejan en claro que el sistema de justicia está rebasado y que, en muchas regiones del país, la impunidad marca el ritmo de las agresiones contra la prensa.

El reportero menciona eso sin dramatizar, pero deja claro que el problema existe y afecta el trabajo cotidiano de quienes informan.

El periodismo en México se parece a un mecanismo que funciona gracias a la insistencia de quienes lo mantienen andando.

Los estudiantes escuchan que cada reportaje, cada columna y cada crónica publicada en medios independientes son una pieza que sostiene la conversación pública.

El reportero insiste en que el país necesita voces que analicen, cuestionen, investiguen y publiquen sin depender de las decisiones de los gobiernos en turno.

Para él, ese es el significado práctico de la libertad de expresión: la posibilidad de decir lo que se debe decir sin pedir autorización y sin permitir que la presión del poder se convierta en autocensura.

En su visión, el periodismo crítico se sostiene gracias a la firmeza de quienes enfrentan las consecuencias sin renunciar al trabajo informativo.

La libertad de expresión se mantiene gracias a quienes escriben pese a todo.

No hay romanticismo. No hay héroes.

Solo hay reporteros, editores, fotógrafos, estudiantes y futuros periodistas que deciden publicar la información que otros quieren ocultar.

Ese es el oficio. Ese es el camino. Ese es el país donde se ejerce.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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