Angustiado, incrédulo, preocupado, me cuenta mi amigo Luis —un cristiano que en su juventud leyó a Engels más por curiosidad que por convicción— que su hijo le ha propuesto vender la casa familiar. Una casa con patio, árboles y un garaje que en otros tiempos fue quirófano improvisado de automóviles.
El argumento del hijo es que, con lo que vale la casa, pueden alquilar un departamento cómodo y vivir tranquilamente, sin pagar impuesto predial, sin preocuparse por mantenimiento, incluso con espacio para una pensión generosa y digna. Y no sólo eso. También le sugirió vender los tres autos que aún conserva Luis. “Podemos usar transporte público. Así haces algo por el planeta”, le dijo con una lógica que no se compra ni se vende.
Luis no entiende. Él creció creyendo que la casa era legado y los autos, símbolo de autonomía. Todavía recuerda cuando quiso regalarle un coche de agencia para que fuera a la preparatoria, pero el hijo rechazó el gesto. «No quiero tener que buscar estacionamiento», dijo entonces. Y desde ahí, Luis sospecha que algo se ha roto en el hilo de pensamiento entre generaciones. No es sólo una diferencia de gusto. Es una distancia moral, política, urbana.
Lo que Luis no logra descifrar es que su hijo no sólo está pensando en sobrevivir. Está pensando en no formar parte del problema. No quiere acumular. No quiere blindar. No quiere aspirar. Y eso lo angustia.
Mientras escucho su historia, me asalta otra imagen. La de miles de familias desplazadas de sus colonias originarias por la gentrificación que se disfraza de modernización. Ahora mismo, la Ciudad de México discute leyes para regular las rentas, pero no habla con la suficiente franqueza de la lógica que está detrás de esos desplazamientos. No se trata solo del Airbnb ni de las grandes inmobiliarias que convierten predios en hoteles encubiertos. Se trata de la especulación como sistema de vida. La ciudad como activo bursátil. Las colonias como vitrinas. Las casas como mercancía de paso.
En los últimos ocho años, para no hablar de Oaxaca, la colonia Roma ha perdido más de 300 comercios familiares. En la calle Guanajuato, edificios enteros han sido transformados en departamentos temporales. Los gobiernos intentan regular con leyes como el Bando 1 o la Ley de Rentas Justas, pero mientras tanto, la vida se desliza hacia el lado más frío del mercado inmobiliario: el del costo por metro cuadrado.
La pregunta que queda flotando es la que Luis nunca se hace: ¿es justo que una familia posea una casa que ya no habita y que puede valer más que el ingreso anual de tres generaciones? ¿Y si su hijo no quiere eso, está equivocado?
En esta ciudad, vivir se ha vuelto un ejercicio de cálculo. Ya no se vive en lo que se construyó, sino en lo que se puede pagar mes a mes. Lo permanente es sospechoso. Lo heredado es incómodo. Y lo estable parece inmóvil. Cada vez más jóvenes prefieren alquilar. No por falta de ambición, sino porque entienden que no todos deben correr la carrera de la propiedad. Que tener no siempre es poder. Que pagar por lo justo quizá sea más ético que comprar lo excesivo.
Pero mientras los jóvenes se van a vivir a departamentos compartidos en colonias en rehabilitación, los viejos siguen limpiando sus patios, esperando que alguien quiera volver a reparar un motor en el jardín.
Luis y su hijo no están peleando. Están haciendo evidente el cambio de época. Uno donde la casa ya no es castillo, sino carga. Donde el coche ya no es libertad, sino deuda. Y donde la ciudad se escribe no en testamentos, sino en contratos de renta con fecha de salida.
A veces me pregunto si toda esta transformación urbana realmente nos está acercando al futuro o simplemente nos está expulsando de lo que alguna vez entendimos como hogar.
La pregunta sigue abierta. Y las banquetas siguen llenas de voces que ya no caben en las casas que construyeron sus padres.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
