31 enero, 2026
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Huijazoo, la fortaleza olvidada del Valle Eteco

No siempre se elige el destino. A veces es la mecánica la que decide, una avería absurda bajo el sol de mediodía, en medio de los caminos que cruzan Etla. El auto se detiene, y con él, la prisa. A la izquierda, un cerro con nombre de resonancia antigua: la Campana. A la derecha, un letrero discreto, oxidado por el tiempo y el desinterés institucional, señala: Zona Arqueológica de Huijazoo. Y así, sin más, el periodista cambia la bitácora: del reportaje al hallazgo.

El sendero es polvoso y sinuoso, se arrastra entre maizales y tumbas recientes, hasta trepar las primeras piedras talladas del sitio. No hay taquilla, ni guía, ni explicaciones. Sólo un candado y el rumor de que aquí, en lo alto del valle, los zapotecos construyeron una fortaleza ceremonial antes de que Monte Albán existiera siquiera como maqueta en la imaginación de sus arquitectos.

Huijazoo no necesita adornos. Su silencio es elocuente. El viento se filtra por las grietas de los palacios no excavados y arrastra consigo el eco de los nombres que alguna vez gobernaron esta comarca: 13 Mono, 11 Nudo, Señora Lagarto. No hay estandartes, ni placas doradas. Lo que hay es piedra, geometría, sol inclemente y una línea del horizonte que revela la ambición de quienes eligieron este cerro como sitio de poder, sacrificio y observación cósmica.

Al fondo, la Tumba Número Cinco sigue clausurada. Cuatro candados protegen los mascarones de estuco y las jambas con símbolos que el turismo de masas aún no ha convertido en postales. Aquí, las pruebas para cruzar al mundo de los muertos eran nueve, como los escalones de la cámara funeraria. Y aunque la ciencia lo afirme con solemnidad, la atmósfera no necesita confirmación técnica: hay algo ritual en cada sombra, en cada pájaro que calla cuando uno se acerca al observatorio de los cuatro guerreros.

En los pasillos del pequeño museo comunitario —una sala de concreto sin aires de grandeza—, descansan todavía las esculturas originales. No réplicas. Los dioses del maíz y del agua, la esfera que representa el ciclo zapoteco del día y la noche. Todo, ahí, expuesto sin vanidad, en lo que parece más un acto de resistencia que de exhibición cultural. Y sin embargo, son las piezas originales. Un lujo impensable en vitrinas capitalinas.

El periodista, que sólo quería llegar a la ciudad, toma notas sin que nadie se lo pida. La tumba, dice un trabajador, es más grande que otras; fue hecha para una familia real. La historia, sin embargo, sigue enterrada bajo los montículos sin explorar. Como si el país no supiera qué hacer con su propia arqueología, como si le pesara el espejo que estas ruinas le ofrecen.

La Danza de la Pluma se baila una vez al año en el sitio. El 24 de julio. El resto del calendario, Huijazoo permanece en su duermevela milenaria, invisible para el GPS, ausente de las guías oficiales. Lo custodian las leyendas locales y una burocracia petrificada en su propio letargo. Nadie se acerca. Nadie pregunta.

Desde lo alto del cerro, la vista del Valle Eteco no ha cambiado en siglos. Ni los saqueadores ni los antropólogos han logrado domesticar del todo la energía de este lugar. Tal vez por eso sigue en pie, a medias cubierto de maleza, a medias despierto. Como una advertencia, como una lección no aprendida.

Y mientras el mecánico aún no llega, el periodista entiende: la avería fue un accidente, sí, pero también una oportunidad. A veces hay que quedarse varado para recordar que, antes del concreto y los cables de alta tensión, ya había aquí civilización. Con sus códigos, sus sombras, sus calendarios y sus silencios.

Lo verdaderamente arqueológico, en este país, no siempre está enterrado. A veces está olvidado. Peor aún: ignorado.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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