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En una época donde los titulares se deslizan por pantallas como hojas al viento, el periodismo no ha muerto. Se ha mudado. Ha cambiado de piel, de voz, de calle. Lo que antes se voceaba en esquinas ahora se murmura en celulares y pantallas. Pero el oficio, ese que se escribe con la urgencia del que sabe que el tiempo es enemigo de la verdad, sigue latiendo. Y lo hace con la obstinación de quien no se resigna a ser solo contenido.
La historia del periodismo no es una línea recta. Es una espiral de reinvenciones. Desde los pregoneros romanos que recitaban edictos bajo estatuas hasta los folletines que cruzaban Europa en manos de comerciantes, el oficio ha sido siempre un espejo de su tiempo. En el siglo XIX, los periódicos se convirtieron en fábricas de opinión, y en el XX, en empresas de masas. Pero en cada giro, hubo algo que no cambió: la necesidad de contar lo que importa.
En los puertos del Mediterráneo, los mercaderes de noticias vendían hojas manuscritas con relatos recogidos de marineros. No tenían firma, pero sí urgencia. En Nueva York, Pulitzer entendió que el lenguaje debía ser claro, directo, casi pedagógico. Su periódico enseñó inglés a los migrantes, pero también les enseñó a leer el mundo. En París, los folletones se colaban entre las noticias como novelas por entregas, porque la realidad también necesita trama.
Y en Londres, los diarios se abarataron para llegar a todos. Un penique por saber qué pasaba más allá del barrio. Un penique por entender por qué el pan subía y los derechos no. La prensa se volvió popular, pero no populista. Era cercana, pero no complaciente. Informaba, pero también incomodaba.
Hoy, el periodismo enfrenta otro giro. Ya no se imprime en plomo, sino en código. Ya no se distribuye en bicicleta, sino en notificaciones. Pero el reto no está en el soporte, sino en el sentido. ¿Para qué se informa? ¿A quién se sirve? ¿Qué se calla cuando se grita?
Las redacciones ya no huelen a tinta, pero siguen oliendo a urgencia. El periodista ya no corre a la imprenta, pero sigue corriendo tras los hechos. La crónica ya no se lee en papel, pero sigue siendo el lugar donde la realidad se convierte en relato. Porque el periodismo no es solo técnica. Es mirada. Es ética. Es estilo.
La conclusión no es que el periodismo de antes era mejor. Es que el de ahora no puede ser menos. No basta con adaptarse: hay que resistir. No basta con informar: hay que narrar. No basta con publicar: hay que provocar. Porque si el periodismo quiere seguir siendo oficio, debe volver a ser artesanía. Y si quiere seguir siendo útil, debe volver a ser incómodo.
La tinta no se ha secado. Solo ha cambiado de recipiente. Y mientras haya alguien dispuesto a escribir con la convicción de que contar es también transformar, el periodismo seguirá siendo lo que siempre fue: una forma de estar en el mundo. Aunque el mundo ya no se lea en papel.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero
