A las 11:48 de la mañana, la sombra del mezcal ya empezaba a extenderse por los pabellones. No era una sombra literal, era una atmósfera. El público, más numeroso que en años anteriores, se desplazaba entre los 384 stands como quien busca una bebida que lo salve de la modernidad. El circuito estaba bien marcado: café, cerveza, alimentos, agroindustria, y en el centro, como núcleo de gravedad, el pabellón del mezcal.
Un dato queda anotado: 100 marcas. Todas oaxaqueñas. Todas con algo que decir en voz de copitas.
Se escuchaban voces: —Este es más fuerte que el de ayer… —Este tiene romero, no, rompope… —Dígale al gobernador que venga a probar este de chipito, por favor.
Varios productores hablaban de los sabores del mezcal como si fueran posturas políticas. Uno de ellos mencionó un destilado con jengibre y guayaba. Otro, un agave pelón verde de Yautepec. Todos en busca de un mercado. Y también, de respeto.
Un asistente sin gafete anota en su libreta, con letra ladeada por el tercer mezcal.
La coctelería se convirtió en zona de prueba. Había gomitas infusionadas, shots con chile, vasos con fresa y sal de gusano. Algunos decían que venían a aprender. Otros que venían a olvidar. El mezcal servía para ambas cosas.
Los pabellones se entrecruzaban con música de banda, marmotas que giraban al fondo, ornamentos florales, tiliches. Algunos turistas preguntaban qué era una calenda, otros solo tomaban fotos. Nadie parecía tener prisa.
Entonces sí. Apareció el gobernador. Salomón Jara cruzó la explanada acompañado por su esposa Irma Bolaños y por la Diosa Centéotl, Patricia Casiano Zaragoza. Lo saludaban mientras caminaba: un productor de Matatlán le obsequió una botella pintada a mano; una artesana le entregó una muestra de bordado. Jara no se detuvo. Recorrió, escuchó. Breve.
La inauguración ocurrió, claro. El listón se cortó. El boleto cero cero fue simbólico. Pero el acontecimiento no estaba ahí. Estaba en las voces que entre copas mencionaban lo importante: —Gracias por el apoyo. —Hace seis meses no teníamos dónde vender. —Ahora sí podemos exportar a Canadá.
A las 14:20, los pabellones empezaban a llenarse más. Un productor de café ofrecía una bebida con huehuetón, café y maracuyá. Una cocinera hablaba de su abuela, quien a sus 90 años aún molía tamales. Una emprendedora, con voz firme, mencionó que su chocolate con chicatana no era golosina, era alimento ancestral.
Se toma nota. Al calor del tercer mezcal. Inspirador, sí. —Aquí nadie está esperando permiso para existir —dice uno.
Y el pabellón artesanal. Más de 200 exponentes. Textiles, orfebrería, tallas. En las vitrinas, no hay nostalgia. Hay técnica. El corte de listón ocurrió, pero lo que importaba era la mirada de una niña que preguntó si los alebrijes se movían. —A veces —le respondió su mamá.
La banda siguió sonando. Los recorridos continuaron. Algunos visitantes preguntaron si podían comprar directamente. Otros pedían recetas. Y sí, era una feria. Pero también era otra cosa: la confirmación de que Oaxaca, incluso al ritmo de una bebida espirituosa, sigue teniendo algo que decir.
Vámonos. Ahora les toca a ustedes. Este mezcal ya se coció.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

