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26 abril, 2026
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En los bordes del abismo y la luz de la capital de Oaxaca

Por momentos, Oaxaca parece un susurro antiguo que se niega a morir. O tal vez ya lo hizo —morir en pedazos, lenta, ceremoniosamente, como sólo saben hacerlo las ciudades con historia—, y lo que vemos es apenas el reflejo de un espíritu que sigue caminando sus calles encementadas, sin saber del todo si todavía sueña o si ha despertado de un largo siglo de encantamiento.

Había quien decía que Oaxaca era una ciudad para contarla. Pero ahora, en los días más turbios de su laberinto, parece que también es una ciudad que podría no contarse más. Las palabras, como los valores, también huyen. No sólo las devora la gentrificación o la violencia que ya no se grita sino se susurra —cobijada por el eufemismo de la «normalidad»—, sino ese otro tipo de saqueo más sutil y cruel, el del alma comunitaria, la del «nosotros», la que era más fuerte que cualquier partido, que cualquier administración, que cualquier caudillo o gobernador.

Porque Oaxaca no está siendo destruida por sus enemigos. Está siendo abandonada por sus hijos.

Cada calle tiene memoria, pero también heridas. La ciudad que fue refugio para los poetas perseguidos y los zapotecos eternos, hoy asiste al desfile de bicicletas de fibra de carbono, del mezcal hipsterizado, de la comida patrimonial con nombres en inglés. No se condena el cambio, se teme el olvido.

Entre el bullicio de los cafés nuevos y los muros intervenidos con grafitis financiados por marcas globales, un abuelito ve pasar a los nietos del turismo con una sonrisa que no alcanza a ocultar la nostalgia. “Antes aquí hacían veladas para Todos Santos, ahora hacen cocteles. Las velas ya no alumbran a los muertos, sino a los influencers”.

Y, sin embargo, algo persiste. Una rabia callada. Un murmullo que parece venir desde Mitla, desde Monte Albán, desde Guelatao o Juchitán, la certeza de que esta tierra ha sido, y será, más fuerte que su decadencia.

Lo que está en juego no es sólo la imagen de Oaxaca. Es su esencia. Esa cosa invisible que hace que un pueblo sea más que un conjunto de casas y nombres. La nueva generación no camina sobre los adoquines de cantera con la nostalgia de los viejos maestros normalistas, pero sí carga, quiera o no, con el mandato tácito de reconstruir lo invisible, el tejido comunitario que alguna vez hizo de Oaxaca una patria chica donde todos cabían.

No se trata de idealizar el pasado —que también tuvo su violencia, su miseria, su racismo disfrazado de folclor—, sino de rescatar de ese pasado las herramientas para forjar un porvenir. Los nuevos oaxaqueños no estudiaron en los viejos edificios donde se forjaron los luchadores sociales del siglo XX, pero sí están llamados a crear nuevas formas de hacer política, de habitar el espacio, de cuidar la tierra. No tienen líderes mesiánicos, tienen memoria y acceso a la información. Y eso es más que suficiente.

Pero la transición no es un milagro. Es una responsabilidad.

Las ciudades evolucionan, dice el dogma. Pero Oaxaca, más que una ciudad, es un espejo del país profundo. Y el país profundo no evoluciona con decretos ni con reformas, lo hace con rituales, con trabajo, con resistencia.

Los pueblos originarios no están en transición, están en persistencia. Son el último bastión de una cosmogonía que no se sube a la nube, que no necesita algoritmo. Donde la asamblea pesa más que el algoritmo, y el tequio vale más que el capital. A ellos habría que mirar, no con el romanticismo colonialista del turista ético, sino con la humildad del que sabe que no sabe. Porque el futuro no está sólo en la universidad ni en las urnas. Está también en el campo, en la lengua que aún se canta, en la forma de gobernarse sin partidos, en el maíz nativo que aún se siembra sin permiso.

Hay que vivir intensamente la ciudad, sí. Pero también hay que reconstruirla con la urgencia de quien sabe que ya no hay tiempo. Hacer de cada acto cotidiano —el saludo en zapoteco, la limpieza del arroyo, la defensa del monte— un acto político. Crear nuevos puentes entre el arte y la justicia, entre la educación y la tierra, entre el conocimiento técnico y la sabiduría milenaria. No por moda, sino por supervivencia.

La grandeza de Oaxaca está en sus contradicciones, en su barro y su digitalización, en su dolor histórico y su capacidad de reinvención, en la violencia que no ha podido destruir su ternura.

Y si bien no todos vivirán para contar lo que se hará con esta tierra, habrá quien siga sembrando para que otros coman, escribiendo para que otros recuerden, resistiendo para que otros no tengan que hacerlo.

Porque hay ciudades que sólo se entienden cuando se caminan. Y hay pueblos que, aunque parezcan a punto de morir, todavía saben cómo volver a nacer.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

 

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