Este 28 de julio de 2025 fue el último día de la Feria del Huarache en la Real Alhóndiga de Antequera. El evento concluyó sin discursos ni clausura formal, pero con los puestos aún abiertos y los artesanos activos, explicando a los visitantes sus procesos, materiales, precios. Para quienes los escuchaban, lo que quedaba claro era que el huarache no se trata de un objeto folclórico, sino de una economía práctica, casi silenciosa, que sostiene familias enteras.
Carlos Francisco López es joven. Tiene un taller en Ocotlán de Morelos y trabaja con su pareja, Paola Aquino. Él ensambla. Ella diseña. El cuero lo provee el suegro, un curtidor de oficio. Pintan a mano con artistas de San Jacinto. Usan piel de conejo, borrego, vaca peluda, cerdo. Cuentan que el modelo “animal print” fue idea de ella. Él tuvo que aprender a coser tiras peludas con máquina sticker. Si la herramienta no funciona, dice que muerde el cuero para acomodarlo.
Jesús Daniel Pérez viene desde la Cuenca del Papaloapan. En su stand no sólo hay huaraches cruzados, también hay llaveros, fundas de navaja, cinturones, gorras caladas de piel. Explica cada pieza sin aspavientos. Sabe cómo blanquear la piel de res, cómo calentarla en prensa, cómo sacar la fibra del maguey para el piteado. El proceso, dice, se hace todo a mano. Su número celular está escrito a mano en una cartulina junto al stand.
Julisa Ramos viajó desde Juchitán. Cuarta generación huarachera. Dice que los yernos aprenden el oficio al casarse. No lo considera arte, lo considera una forma de sostener la historia familiar. Su modelo para esta feria se llama Guelaguetza 2025, está hecho con textil ismeño encapsulado. La mascada de Coyotepec también está integrada en algunos pares. Ella no pretende competir. Dice que los vendió rápido, que ahora los modelos son más flexibles, más adaptables. “La gente ya no trabaja en el campo, pero sí quiere andar en huaraches”, dice.
Patricia Castañeda tiene el proyecto “Nómada”. Reúne pieles de conejo que la gente descarta luego de consumir la carne. Ella las recupera, las manda teñir, y crea modelos como “Suavecito” o “Pachoncito”. Los nombres no son parte de una estrategia comercial: ayudan a distinguir piezas que, por su proceso manual, nunca son iguales. El arcoíris pintado a mano no tiene diseño fijo. También hay colaboraciones con maestros curtidores mayores. Ella lo llama “cerrar círculos”, porque todo el modelo parte de materias primas locales.
Luis Enrique Méndez, desde Santos Reyes Nopala, trabaja huaraches de piel de becerro nonato. Son suaves, finos. Bordados en punto de cruz por maestras artesanas del pueblo. Dice que él es el pionero en su familia. Hace demostraciones para los visitantes. Trabaja sin guantes. Ajusta la horma con precisión. Su delegado usa este tipo de huarache para bailar la chilena en Guelaguetza.
Dinora Hernández habla del taller de su abuelo, Florentino Antonio. Ella empezó en pandemia, decidió adaptar los modelos para dama. Usó la mascada que portan las mujeres de San Bartolo Coyotepec en la cabeza, y la convirtió en parte del diseño. No lo considera innovación. Lo llama continuidad.
Ana Isabel Sánchez, del colectivo Daba, dice que el proceso está dividido entre quienes hacen el calzado en San Dionisio Ocotepec y quienes tejen los telares en otras regiones. Se busca que cada mujer pueda trabajar desde casa, sin gastos de traslado. Muestra botas con telar, sandalias con elástico, tenis con bordado. Explica que se hace por encargo. Que la gente ya no quiere sólo tradición, quiere comodidad, colores, diseño que combine con cualquier blusa típica que ya tenga en su closet.
El último día de la feria no dejó una imagen uniforme. Cada stand mostraba un pedazo distinto del oficio. La variedad de materiales era amplia: res, conejo, borrego, víbora, chivo, venado, cerdo, tela, suela de llanta reciclada, pintura artesanal. Los modelos también: cruzado, cerrado, pie de gallo, tipo playa, Nayarit, con mascada, con bordado, con telar, con plataforma, con punta de diseño.
No hubo celebraciones ni conferencias. Las charlas fueron técnicas. Se habló de textura, presión, corte, gramaje, plantilla, suela. Los artesanos respondían con paciencia. Algunos dijeron que en sus pueblos se llegan a vender hasta cien pares por semana. Otros confesaron que cosen de noche para abastecer pedidos que les hacen por redes.
La feria no prometió transformar nada. Fue una exposición útil, directa, sin adornos. El huarache no fue presentado como símbolo, sino como herramienta. El cuerpo lo agradece. El mercado lo aprovecha. Y los artesanos lo defienden.
