A las cinco de la mañana, la Villa de Zaachila ya huele a fruta madura, a epazote fresco, a pan recién horneado. No es un día cualquiera. Es jueves. Y eso, significa plaza.
Los diableros empujan carretillas cargadas de costales, huacales, bolsas de totopos. Las marchantas llegan con sus canastas, sus listas mentales, sus ojos entrenados para distinguir el capulín bueno del que ya se pasó. Los vendedores se instalan como si montaran un escenario. Porque eso es un teatro de sabores, colores y voces.
Lo primero que se ve —y se huele— son las frutas. Capulín, ciruela, cuajilote, durazno criollo, granadita, manzana y perita criolla. Todas vienen de Clavelinas, Santa Inés del Monte y San Miguel Peras. Son criollas, de traspatio, de cosecha propia. No hay etiquetas. Hay confianza.
—Este capulín es de mi árbol —dice una señora con mandil de flores—. Lo sembró mi abuelo.
Las frutas representan más del 50% de lo que se vende en la plaza. Y no es casualidad. Son estacionales, íntimas, ligadas al calendario agrícola y a las fiestas del pueblo. En Día de Muertos, por ejemplo, la granadita y el tejocote se vuelven protagonistas. En Semana Santa, la chilacayota y la piña criolla toman el centro del escenario.
Más allá, entre montones de cilantro y cebolla de rabo, se escucha el murmullo de los precios. Lechuga, aguacate redondo, chícharo, miltomate criollo, calabacita, chile de agua, chile solterito. Todo fresco. Todo del día.
—Este chile es de San Antonino —dice un productor mientras acomoda su mercancía—. Lo traje en la madrugada.
Las verduras ocupan casi un tercio del mercado. Y las hortalizas, aunque menos abundantes, tienen carácter. El chile canario, el chile tusta, el chile serrano. Cada uno con su uso, su receta, su historia.
En un rincón, casi escondidas, están las hierbas de olor. Laurel, albahaca, epazote, hoja de aguacate, manzanilla criolla, pitiona. No se gritan. Se ofrecen con respeto. Porque no son solo ingredientes. Son medicina, son tradición, son memoria.
—Este laurel es para el mole —dice una señora mientras lo envuelve en papel—. Pero también sirve para el susto.
Los puestos de semillas son como cofres abiertos. Cacahuate en cáscara, frijol blanco, frijolón, maíz, nuez, pepitas de calabaza. Las pepitas, por cierto, son las reinas. En Semana Santa, ocupan más de la mitad de los puestos.
—Las pepitas son para el dulce, para el pan, para el mole —explica un comerciante—. Y también para el trueque.
Porque sí, en Zaachila todavía se practica el trueque. No como folclor. Como necesidad. Como pacto.
Entre los pasillos, se encuentran los puestos de pan, queso de crema, miel de abeja, huevo criollo, totopos, polen. Son los sabores que no necesitan presentación. Que se compran por costumbre. Que se llevan “por si acaso”.
—Este queso es de Santa Inés —dice una joven mientras ofrece una prueba—. Lo hacemos cada miércoles.
Los “propios” son los que venden lo que cosechan. No buscan ganancia. Buscan compartir. Representan más de la mitad del mercado. Los “regatones” compran en la Central de Abastos y revenden. Los ambulantes van y vienen, según la temporada.
—Yo soy propio —dice un campesino con manos de tierra—. Lo que vendo, lo sembré.
Recomendaciones para la semana como las anoté para el reporte de la radio:
- Lunes: Miahuatlán
- Martes: Zimatlán
- Miércoles: Etla
- Jueves: Zaachila
- Viernes: Ocotlán
- Sábado: Tlacolula
- Domingo: Nochixtlán
Cada día, un mercado. Cada mercado, un mundo.
Dicen que, si uno escucha con atención, el mercado habla. Que cada fruta tiene una historia. Que cada hierba tiene una receta. Que cada vendedor tiene una razón.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
