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7 junio, 2026
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El fracaso colectivo de una sociedad…

Por la orilla del río Atoyac, donde los sauces se inclinan como si quisieran evitar mirar el agua que arrastra los pecados de la ciudad, el reportero avanza con paso incierto.

Lo acompaña un viejo amigo, un ex trabajador de la Comisión Nacional del Agua, y un niño de no más de ocho años que carga una pala más grande que él.

Van a limpiar un predio olvidado en el Valle Eteco, tierra fértil arrinconada por el descuido.

En los márgenes del cauce, los juncos no ocultan el hedor; allí llegan los desechos de Oaxaca de Juárez y decenas de municipios que, como una gran familia disfuncional, comparten la culpa, pero niegan la responsabilidad.

—La gente cree que la mierda desaparece cuando baja la palanca —dice el hombre mientras se agacha a levantar una rama—. Pero no desaparece. Solo empieza su viaje.

El reportero apunta en su libreta, pero lo que escucha no son datos, es una confesión. El exfuncionario no habla como técnico, sino como padre que sabe que su hijo hereda un mundo que se pudre en silencio.

—Yo trabajé veinte años en la Conagua. Vi cómo se levantaban plantas de tratamiento con bombas italianas, tecnología suiza, manuales encuadernados como biblias. Y al año, ya nadie sabía prenderlas.

La lluvia comienza a caer y, con ella, se activan memorias que duelen. Porque cuando el cielo se abre, las plantas de tratamiento colapsan. La mierda que no fue tratada busca salida por las coladeras, inunda calles, penetra casas, se mezcla con los juegos de los niños. Y luego vienen las enfermedades, los brotes de infecciones que los médicos llaman gastrointestinales y que los viejos del Valle de Etla nombran con más precisión: “la venganza del río”.

—No es que no sepamos qué hacer —continúa el hombre—. Es que no queremos pagar por ello. La gente se pelea por quién pone la televisión por cable más cara, pero no por quién mantiene la planta de tratamiento que limpia su basura líquida.

El niño escarba la tierra y encuentra una lombriz. La sostiene con cuidado. El exfuncionario la mira con ternura.

—Mira eso —le dice al reportero—. La tierra aún respira. Pero por cuánto tiempo.

De las 95 plantas de tratamiento que existen en el estado, apenas una tercera parte funciona como debería. Y no porque sean obsoletas o mal hechas. Es peor, fueron abandonadas. Como si la obra terminara cuando se corta el listón y se toma la foto. Nadie quiere pagar el recibo de la mierda. Ni el municipio, ni la colonia, ni el fraccionamiento que presume albercas y jardines con riego automatizado.

—He visto fraccionamientos enteros donde se construyó la planta, el constructor la entregó, pero nadie la quiso operar. Ni el administrador, ni el comité de vecinos. La dejaron morir como si fuera un perro viejo.

La conversación se vuelve más densa mientras el grupo se interna entre cañaverales. El niño canta. El padre guarda silencio. El río Atoyac murmura un lenguaje que solo quienes han trabajado con él pueden entender. No es solo agua sucia lo que fluye, es la historia líquida de un pueblo que aprendió a olvidar lo que no ve.

—El Banco Mundial dice que con mil pesos por habitante puedes poner una planta —explica el exfuncionario—. Pero no habla de lo que cuesta que la gente la respete. Que la cuide. Que no la deje oxidarse como si fuera un carro chocado.

El reportero pregunta si hay alguna solución. El hombre mira al hijo.

—Conciencia. Eso es todo. Pero nadie quiere pagar por ella.

En México, las zonas urbanas requieren 29 mil millones de pesos para tratar sus aguas negras. No es ciencia espacial. No es una utopía. Es solo cuestión de asumir que, así como se paga la luz y el WiFi, también se debe pagar por lo que se desecha. El exfuncionario lo repite con una convicción que asusta.

“La mierda tiene un precio. Y si no lo pagas tú, lo paga tu hijo”.

A lo lejos, se escucha un trueno. El cielo amenaza con abrirse de nuevo. El niño suelta la pala y corre hacia un charco. Salpica con alegría. El padre lo observa. El reportero también. Nadie dice nada. Todos piensan lo mismo ¿cuántas lluvias más podrá resistir el río antes de devolvernos todo lo que le hemos arrojado?

Ese día no se escribe una nota, ni se toma una fotografía. Ese día se siembra una semilla incómoda en el corazón del reportero. Porque entender el camino de la mierda es entender el fracaso colectivo de una sociedad que aprendió a ignorar su propio reflejo en el agua sucia. Y eso, eso sí que debería hacernos temblar.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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