El día que el Binnibus ganó altura
Misael Sánchez
A las siete y media de la mañana, Viguera ya tenía los autobuses.
Los comunicadores, la mayoría locales, unos cuantos corresponsales, llegaron temprano, cuando la ciudad apenas comenzaba a desperezarse y el tráfico todavía no había adquirido ese carácter de batalla cotidiana que en Oaxaca suele llegar con el avance de las horas. Las unidades de BinniBus estaban allí, listas para convertirse, por unas horas, en protagonistas de una jornada que tendría ruedas, cámaras, preguntas, kilómetros y, finalmente, una mesa de mercado.
Detrás del templete había un autobús de dos pisos. Otros estaban estacionados a la vuelta, esperando su momento.
Aquella imagen tenía algo de anuncio y algo de presagio.
Porque el lunes 10 de agosto de 2026 no comenzaría todavía el viaje.
Primero había que hablar de él.
A las ocho en punto comenzó la conferencia de prensa del gobernador Salomón Jara Cruz, acompañado por funcionarios de su gabinete. Los reporteros ocuparon su lugar, se encendieron las cámaras, aparecieron los celulares, creo que algunas libretas y comenzó ese ritual que durante años ha formado parte de la vida política de Oaxaca: preguntas, respuestas, anuncios, cifras, obras y esa sucesión de asuntos públicos que, en una conferencia semanal, puede llevar en pocos minutos de una carretera a un parque, de un programa de gobierno a una política de reforestación.
Pero aquella mañana había un objeto que permanecía detrás del templete, silencioso y enorme.
El autobús de dos pisos.
Esperaba.
La conferencia terminó y entonces comenzó la segunda parte de la jornada.
Ahora sí.
Había que subir al autobús.
BinniBus ponía en marcha la ruta RT02 Viguera–Ciudad Administrativa “YII GAP”, por el Cerro Alto, una conexión de 34.6 kilómetros que incorporaría diez unidades eléctricas: cuatro de doble piso y seis convencionales.
El gobernador y los medios de comunicación abordaron las unidades para realizar el recorrido hacia Ciudad Administrativa.
Y ahí la ciudad comenzó a cambiar de perspectiva.
Hasta entonces, el autobús había sido una pieza del escenario. A partir de ese momento se convirtió en transporte.
Viguera quedó atrás.
El vehículo tomó su ruta.
La ciudad apareció al otro lado de las ventanas y el trayecto adquirió otra dimensión. Ya no se trataba de observar el autobús detenido detrás de un templete, sino de comprobar qué significaba tenerlo circulando.
Hubo entrevistas con medios al gobernador durante el recorrido. Preguntas, respuestas, cámaras y movimiento. La prensa hacía su trabajo mientras la unidad avanzaba.
El trayecto pasaba por el Cerro del Fortín y atravesaba la ciudad de poniente a oriente hasta llegar a Ciudad Administrativa.
El autobús de dos pisos parecía llevar consigo una pequeña metáfora urbana: Oaxaca estaba acostumbrada a mirar el transporte desde la calle y ahora podía mirarlo también desde arriba.
Los números podían parecer fríos.
Pero no lo eran.
34.6 kilómetros.
10 unidades.
4 autobuses de doble piso.
6 convencionales.
Más de 16 mil personas beneficiadas.
Una hora con 20 minutos de tiempo estimado de recorrido.
Servicio de lunes a viernes, de 6:00 a 22:00 horas.
Y una característica que modifica sustancialmente la naturaleza del proyecto: las unidades son cien por ciento eléctricas y tienen cero emisiones directas.
No es solamente una cuestión de apariencia.
Hay aire acondicionado.
Hay conexión tipo C y USB.
Hay accesibilidad universal.
Paso bajo.
Rampa manual.
Espacio para sillas de ruedas.
69 asientos, incluidos los espacios prioritarios.
Y capacidad de hasta 112 personas pasajeras.
La seguridad también tiene otra lógica: 13 cámaras con visión de 360 grados, alerta de colisión, advertencia por desviación de carril y detección de fatiga del conductor.
El viejo autobús urbano, aquel artefacto de metal que durante décadas fue parte del paisaje latinoamericano, parece pertenecer a otra época.
Este quiere ser otra cosa.
Pero la historia no empezó el lunes.
Las obras públicas tienen una costumbre desagradable: recordar lo que los discursos prefieren olvidar.
El sistema de transporte colectivo metropolitano fue anunciado desde el gobierno de Gabino Cué, alrededor de 2010. El proyecto implicó una inversión superior a mil millones de pesos y durante aquellos años se habló de transformar la movilidad de la zona metropolitana.
Pasó el tiempo.
Hubo señalética.
Hubo infraestructura parcial.
Hubo anuncios.
Pero el sistema no llegó a funcionar como se había planteado.
El proyecto quedó suspendido en esa zona extraña donde suelen morir las grandes promesas públicas: entre la obra inconclusa, los expedientes y el paso de las administraciones.
Ahora la historia vuelve a moverse.
El gobierno de Salomón Jara retoma el proyecto y avanza en la operación de 40 unidades adquiridas durante el sexenio pasado que habían quedado abandonadas.
Es decir, no se trata únicamente de comprar autobuses nuevos y ponerles un nombre.
También se trata de recuperar una infraestructura que llevaba años esperando una segunda oportunidad.
Y ese lunes, al menos una parte de esa espera terminó.
DE CIUDAD ADMINISTRATIVA A EL TULE
Al llegar a Ciudad Administrativa terminó el recorrido institucional de la ruta.
El gobernador descendió.
Los reporteros y reporteras también.
Pero la jornada todavía tenía horas por delante.
El grupo continuó hacia Santa María El Tule.
La política, por unas horas, cedió el lugar a otra institución oaxaqueña mucho más antigua: la comida.
El mercado recibió a la comitiva.
Barbacoa de borrego.
Tacos.
Chocolate.
Pan.
Enfrijoladas.
Enchiladas.
Comida sencilla, abundante y profundamente oaxaqueña.
La operadora que había conducido la unidad también acompañó el desayuno.
La escena tenía algo que no aparece en las fichas técnicas de ningún proyecto de movilidad: después de una mañana de discursos, cámaras, vehículos eléctricos y funcionarios, todos terminaban sentados alrededor de una mesa.
La ciudad volvía a su tamaño humano.
Como ocurre en las conferencias semanales del gobernador, BinniBus no fue el único asunto.
También apareció Viguera, precisamente el punto desde donde había comenzado la jornada.
Allí se proyecta una intervención de gran magnitud sobre la carretera 190: un paso a desnivel que modificará durante meses la circulación.
La estatua de Benito Juárez será elevada como parte de la intervención para hacer más funcional y atractiva la vialidad.
La paradoja estaba servida.
En el mismo lugar donde el gobierno prepara una obra para resolver un problema de circulación, comenzaba a funcionar una ruta de transporte colectivo pensada para ofrecer otra alternativa de movilidad.
La ciudad necesita ambas cosas.
Pero también necesita que ambas formen parte de una misma idea.
Porque construir infraestructura para automóviles no resuelve por sí solo la movilidad de las personas.
Después apareció el Parque Primavera.
Los nuevos juegos infantiles responden a una demanda sencilla y antigua: espacios públicos donde las familias puedan llevar a sus hijos.
No todos tienen que terminar dentro de un centro comercial.
No todos los juegos necesitan consumo alrededor.
Un parque puede ser suficiente.
Juegos.
Árboles.
Espacio.
Niños corriendo.
Padres sentados.
La ciudad también se construye así.
Hubo, en otros momentos, grandes proyectos recreativos anunciados para Oaxaca, incluso ideas de parques temáticos que aspiraban a convertir determinadas zonas en polos de entretenimiento.
Pero un área infantil gratuita en un parque público responde a otra lógica.
No necesita boleto.
No necesita consumo.
No necesita una pulsera.
Necesita mantenimiento.
Y eso, a veces, es bastante más importante.
La conferencia también abordó la producción local y la reforestación.
Oaxaca se suma a la campaña nacional para recuperar y proteger los bosques.
La palabra parece sencilla.
Reforestar.
Pero detrás de ella hay una tarea mucho más complicada.
No basta con plantar.
Hay que lograr que el árbol sobreviva.
Que tenga agua.
Que encuentre suelo.
Que no lo destruya el fuego.
Que no termine convertido en una fotografía de campaña.
Que sobreviva a la siguiente temporada.
Un bosque no se fabrica en una ceremonia.
Se construye durante décadas.
Cuando llegó la tarde, aquella jornada iniciada a las siete y media de la mañana en Viguera había recorrido una buena parte de Oaxaca.
Primero había estado el autobús detrás del templete.
Luego había estado en movimiento.
Después, la mesa de El Tule.
Finalmente, el regreso hacia el Centro Histórico, donde la jornada llegó alrededor de las 13:30 horas.
Seis horas después de la llegada de la prensa a Viguera, la imagen del autobús había cambiado.
Ya no era un objeto de presentación.
Era una posibilidad.
Y esa diferencia importa.
Porque los proyectos de transporte no se juzgan realmente el día del banderazo.
Se juzgan cuando dejan de ser novedad.
Cuando la persona que trabaja tiene que subir a las seis de la mañana.
Cuando el estudiante necesita llegar a tiempo.
Cuando una mujer vuelve a casa por la noche.
Cuando una persona con silla de ruedas encuentra un espacio diseñado para ella.
Cuando el aire acondicionado deja de ser una característica técnica y se convierte simplemente en algo que funciona.
Cuando las cámaras dejan de llamar la atención porque forman parte de la rutina.
Entonces se sabrá qué tan lejos llegó aquella promesa.
Por ahora, el autobús está en marcha.
Diez unidades.
Cuatro de dos pisos.
Seis convencionales.
Treinta y cuatro kilómetros y seiscientos metros de recorrido.
Más de 16 mil personas como población beneficiaria.
Una hora con veinte minutos estimados.
De seis de la mañana a diez de la noche.
Y una ciudad que, después de años de esperar aquel proyecto, acaba de descubrir una imagen distinta de sí misma.
Oaxaca, por una vez, mirando desde arriba.
No demasiado.
Sólo lo suficiente para comprobar que una ciudad puede cambiar de perspectiva cuando finalmente decide poner las ruedas en movimiento.
