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Conocí en Oaxaca a un gran periodista, documentalista, fotorreportero, cuyo mérito era el arte de cabecear o hacer titulares. Es mi amigo. No era editor. No era jefe. Era el hombre que, desde la sombra de la redacción, tallaba los titulares como quien cincela una lápida. No firmaba. No figuraba en la plantilla. No cobraba más. Pero todos sabían que, sin él, el periódico no respiraba. Su oficio no era escribir noticias. Era decidir qué frase abriría el día de miles de lectores. Qué palabra se clavaría en la conciencia colectiva como una estaca.
Titular no es redactar. Es esculpir. Es afilar. Es lanzar al mundo una sentencia que no admite réplica. El reportero lo comprendió cuando vio a un lector cerrar el diario sin leerlo, incapaz de descifrar la cabeza que lo encabezaba. “Muere la esperanza en el Congreso”, decía. El lector lo miró, lo dobló, lo dejó. El titular falló. La nota también.
Hubo un tiempo en que los periódicos contaban con un especialista en eso. No escribía crónicas. No corregía estilo. No hacía entrevistas. Solo cabezas. Solo ocho columnas. Solo frases que se quedaban en la memoria como cicatrices. “Se acabó el agua en el norte.” “El presidente no llegó.” “Murió Jehová.” “La policía disparó primero.” No eran literarias. Eran precisas. Eran crueles. Eran necesarias.
A veces, el director asumía la tarea. Titulaba con el culo, con la prudencia del que teme perder pauta, incomodar al gobernador, molestar al anunciante. Y entonces el titular se volvía coartada. Se volvía disfraz. Se volvía mentira. El reportero lo sabía. Lo sufría. Lo callaba. Pero en su libreta anotaba el verdadero título. El que nunca salió. El que sí decía la verdad.
Una vez cubrió una explosión en una fábrica. El editor tituló: “Falla técnica provoca incidente.” El reportero propuso: “Mueren cinco por negligencia industrial.” No lo aceptaron. Pero en la redacción, todos sabían cuál era el bueno. El que dolía. El que contaba. El que no se publicó.
Titular es decidir. Es elegir qué parte del mundo se muestra. Qué parte se oculta. Qué parte se exagera. Qué parte se reduce. Es una responsabilidad que no siempre se entiende. Que no siempre se respeta. Que no siempre se ejerce con dignidad. Pero que define el periodismo más que cualquier nota.
El reportero nunca fue jefe de información. Varias veces rechazó esa propuesta. Nunca tuvo poder sobre la portada. Pero observaba. Aprendía. Discutía. Y cuando no le tocaba decidir, escribía sus propias cabezas en los márgenes de la libreta. “La justicia no llegó.” “El hambre sigue.” “El silencio pesa.” Eran titulares que no vendían. Pero que sí contaban.
Hoy, los algoritmos proponen títulos. Fríos. Eficientes. Optimizados. Pero a veces, la intuición y la estupidez humana es más certera que la inteligencia artificial. Porque el titular no se calcula. Se siente. Se lanza. Se arriesga. Se defiende. Y eso, ningún sistema lo entiende.
El lector lee el titular mientras toma café. En su casa. En una plaza. En una fonda. En su PC. No sabe quién lo escribió. No sabe quién lo peleó. No sabe quién lo perdió. Pero si el titular es bueno, se queda. Se repite. Se comenta. Se recuerda.
Porque hay periodistas que no necesitan nota para contar. Les basta una línea. Una frase. Una cabeza. Una columna. Y cuando ya no estén, quedará el eco de sus titulares. Como disparos. Como huellas. Como periodismo.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
