11 mayo, 2026
Oaxaca MX
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El arte de mentir en las encuestas, con números y cara seria

Para el periodista Rafael Cardona, las encuestas son como un arma. Ni neutral ni limpia. Un arma, como un fusil, que apunta donde le ordena el patrón. Y cuando no matan, por lo menos aturden.

La anterior ocurrió en la Casa de la Ciudad que fundó Don Andrés Henestrosa, lejos del formalismo y la corrección política. Un viernes de guardia, para el reportero. Ahí, entre un café y oaxaqueños con insomnio, el periodista —ese ejemplar en peligro de extinción del que ya solo quedan unos cuantos ejemplares bien curtidos— lanza una verdad con la contundencia de un sablazo: “Las encuestas que encargan los candidatos prostituyen la opinión pública”.

Y uno no puede sino asentir, más viniendo de un personaje como Cardona, porque el oficio enseña a desconfiar de lo que brilla demasiado.

En los tiempos que corren, donde todo se mide, se tasa y se vende, las encuestas se han convertido en el equivalente moderno de los viejos pregoneros del imperio, voceros disfrazados de notarios.

La política mexicana, curtida en siglos de simulación, ha convertido a las encuestas en liturgia. Una religión moderna con sus propios profetas —los encuestadores— y sus apóstoles —los opinólogos televisivos y de plataformas digitales— que, de tanto repetir los números, terminan por convertirlos en destino.

—Mienten —dice Cardona—. Pero lo hacen con una sonrisa y un PowerPoint. Te dan cifras con la misma soltura con la que los viejos tahúres barajaban cartas marcadas. Y, claro, el público aplaude.

Y cómo no va a aplaudir, si el público está sedado por la falsa promesa de que el número refleja la verdad. Como si la voluntad del pueblo pudiera comprimirse en una gráfica de pastel.

Por eso, cuando eres reportero, la mejor manera de atraer al lector es darle un porcentaje, una cifra, como si le agarraras la solapa y le dijeras sutilmente “escúchame…”

Pues, el encuestador moderno se parece al espía del siglo pasado, como esos de película, conoce bien el terreno, sabe a quién complacer y nunca, jamás, hace preguntas que no sepa cómo manipular. No busca verdades, fabrica relatos. No escucha a la gente, la categoriza.

—El encuestador no mide el país, lo vende —afirma Rafael Cardona—. Y se lo vende a quien mejor pague. Es un mercenario, no un científico.

Y ahí es donde el asunto se vuelve peligroso. Porque cuando la política compra la encuesta como quien compra un uniforme nuevo antes de la batalla, ya no se trata de convencer al electorado, sino de intimidarlo. “Mira, ya ganamos”, dicen los números. “Súmate o quédate atrás.”

Y el ciudadano, empujado por la corriente como soldado sin capitán, termina votando por quien ya ha ganado en los gráficos, aunque no en la plaza.

El proceso judicial en marcha —la elección de jueces, magistrados, ministros— debió ser, en teoría, un acto fundacional. Una forma de que el pueblo tocara por fin el corazón de la justicia. Pero no. Lo que ha ocurrido es otra cosa, las encuestas ya lo han convertido en una batalla de espejismos.

Cardona recuerda —como quien revive un cuento antiguo— que ya lo había advertido hace quince años. En una charla donde no hubo cámaras, pero sí palabras afiladas, dijo que el problema no eran las encuestas, sino la cobardía de quienes las usan para pensar por ellos.

—Ahora hasta los periodistas se apoyan en las encuestas como sustituto del pensamiento crítico —denunció aquella vez.

Y tenía razón. Porque el periodista moderno, atrapado entre Google y las redes sociales, en el internet, ya no cuestiona ni verifica. Solo repite. Y en ese silencio cómplice se va hundiendo el periodismo.

El buen periodismo requiere entrenamiento, dignidad y memoria. Pero en estos tiempos, ni las universidades de comunicación enseñan eso. En su lugar, fabrican operadores que solo saben cortar y pegar, con dedos rápidos y cabeza hueca.

Y mientras tanto, las encuestas siguen su marcha triunfal, envueltas en cifras, tecnicismos y firmas de empresas que nadie conoce. Y el país, tan crédulo como siempre, sigue creyendo lo que le muestran sin preguntar quién lo dibujó.

Al despedirse, Cardona lanzó una última frase, como un golpe seco al corazón del cinismo:

—El periodismo, el de verdad, es un ejercicio de libertad. No se regula, no se vende, no se arrodilla. Y las encuestas, créeme, son la nueva inquisición disfrazada de ciencia.

Lo anoté en mi libreta con letra apretada. Incluso el mismo maestro reprodujo mi nota de viernes de guardia, textual, en un diario nacional. Escribió, ayer fui a Oaxaca y me hicieron una entrevista así.

En un país donde la verdad se maquilla y se vende al mejor postor, uno necesita recordatorios como éste. Para no olvidar de qué lado está el deber. Y para que, cuando llegue la próxima encuesta, no la lea como un oráculo, sino como lo que en realidad es, una pista más en el tablero del poder.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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