No es cierto que la selva se calle cuando el hombre llega. La selva respira, observa, calla… pero no olvida. No lo hizo cuando los hombres del pueblo, machete en mano y miedo en los ojos, atraparon al puma. Tampoco lo hizo cuando los emisarios del gobierno, en sus camionetas blancas con logos federales, bajaron a negociar la libertad del animal como quien pide tregua entre dos reinos en guerra.
Pasó más de un mes en cautiverio el puma. En un corral improvisado con rejas oxidadas y mallas gallineras, donde los ojos del felino ya no eran ojos sino brasas. Se alimentaba de sobras, de los restos de lo que antes cazaba por instinto, no por limosna. Fue capturado por robar gallinas, por llevarse alguna cabra. Por ser lo que es, un depredador.
En Yatée, San Francisco Yatée, en la sierra Norte de Oaxaca, como en muchos rincones de Oaxaca, los rumores se cruzan con las leyendas. Los niños no salen al monte solos desde que el jaguar —ese otro dios del bosque— bajó el año pasado por gallinas. Los hombres dicen que la bestia camina entre sombras y que su rugido revienta los sueños.
Pero esta historia no es sobre bestias. Es sobre hombres.
La llegada de los enviados de Semarnat, Profepa y Conanp fue recibida con desconfianza. No por ser forasteros —que lo eran— sino por representar la promesa incumplida. El jaguar del año anterior fue soltado, sí. Pero los proyectos prometidos —los huertos, los corrales, los apoyos— quedaron varados en la burocracia. La comunidad aprendió, sin papel firmado, no hay liberación.
Un ambientalista curtido por los años y las caminatas entre cañadas fue el puente. Él no negoció con las autoridades. Negoció con los ancianos del pueblo. Habló de respeto, de equilibrio, de lo que significa romper el ciclo sagrado del monte.
—Cuando se suelta a un puma, se le devuelve al bosque su dignidad —dijo con los ojos húmedos mientras relataba el momento.
El veterinario aplicó el sedante. El cuerpo del puma cayó como un dios vencido, pero no derrotado. Lo cargaron entre cinco. Veinte kilómetros de camino sinuoso, entre ramas que parecían susurrar: “ya era hora”.
Lo soltaron al amanecer. Cuando aún flotaba la niebla y el sol apenas abría los ojos. Nadie aplaudió. Nadie gritó. Solo se oyó el crujido de la maleza al partir. El puma ni siquiera miró atrás.
Hace una década, uno de los primeros que vio un puma en esa zona fue un campesino llamado Basilio. Lo encontró bebiendo agua en el arroyo que cruza su parcela. Tenía un rifle, pero no disparó. Lo observó. Lo siguió con la mirada hasta que el animal desapareció como un fantasma entre las bromelias.
Esa noche, Basilio fue al palenque del pueblo, bebió un mezcal, y dijo con voz quebrada: “Hoy vi a un espíritu. Me miró sin miedo. Si lo hubiera matado, me hubiera condenado para siempre.”
Desde entonces se volvió un guardián anónimo. Contaba a los niños historias del “dueño del monte”, como lo llamaba. Fue él quien ayudó en su momento a liberar al primer jaguar. Fue él quien le enseñó al ambientalista a leer las huellas en el lodo.
Hoy, en las redes, se ofertan experiencias “únicas” para avistar jaguares y pumas en la región. Promesas de fotógrafos con drones, de extranjeros con dólares, de agencias que juran avistar al felino como quien visita un zoológico con etiqueta verde.
Los rugidos no tienen dueño. El miedo legítimo de los habitantes de las zonas rurales no tiene precio. La selva no es un circo.
Porque la naturaleza no está para selfis. Está para ser respetada, para ser temida incluso. No como amenaza, sino como parte de un pacto primitivo que aún nos liga a la tierra.
La última imagen del puma, fundiéndose con la espesura, no fue capturada por ninguna cámara. Solo por los ojos de quienes aún entienden que hay momentos que deben quedarse sin registro. Porque el verdadero espectáculo ocurre cuando el hombre se hace a un lado… y deja que el bosque respire.
Y ese día, por unas horas, el monte volvió a ser monte.
Y el puma, solo puma.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
