1 febrero, 2026
Oaxaca MX
AgendaOpinión

Cuento nuevo en la ciudad antigua

La niña tenía seis años. O menos. Llevaba un peluche sin orejas en la mano izquierda, y con la derecha tomaba la falda sucia de su madre. Estaban en el andador turístico, entre risas de turistas y pasos apurados de quienes trabajan en oficinas del Centro. La mujer, de pie, decía con una voz cansada: “Una ayudita …”. Pero nadie las veía. Nadie, salvo el niño de los dibujos en el cuaderno de rayas que vigilaba desde una esquina con ojos de viejo. Él sabía que no era la única. Ni la última.

Esa escena se repite todos los días, con nuevos rostros y viejas historias. En Oaxaca de Juárez, la capital del mestizaje y la cultura milenaria, el espectáculo de la miseria no cobra entrada. Está en cada esquina, en los portales coloniales, en los atrios de iglesias donde se piden milagros y se regalan limosnas. Ojalá la operación Pescador llegue a todas partes. Un desfile de indigentes, mujeres con bebés en brazos, ancianos rotos por la vida y jóvenes con mirada perdida, convive con el turista que prueba chapulines y el fotógrafo que busca la postal perfecta del Templo de Santo Domingo.

La ciudad, dueña de su belleza indiscutible, arrastra también su indiferencia como una sombra. Han pasado más de diez años desde que se advirtió sobre la multiplicación de la mendicidad como síntoma de un mal mayor: el abandono social. Pero los gobiernos van y vienen, mientras las banquetas siguen albergando cuerpos que huelen al olvido.

No se trata solo de pobreza, aunque esa palabra bastaría para explicarlo todo. Se trata de un fenómeno más complejo: exclusión, enfermedad mental, falta de políticas públicas efectivas y una tolerancia pasiva que normaliza el drama. Oaxaca es cuna de artistas, pero también de personas que nacen y mueren sin atención médica, sin techo, sin un programa que los contemple más allá del censo. Por eso, alienta esperanzas, la promesa de contar con albergues y espacios dignos para atender a este sector.

Y, sin embargo, la mendicidad también ha mutado. Hay quienes hacen de ella un modo de vida, un oficio. Familias enteras que se desplazan por zonas comerciales y turísticas fingiendo accidentes, improvisando historias tristes con la habilidad de un actor consumado. Algunos niños —con uniforme escolar, mochila a la espalda y guion ensayado— piden para el camión, aunque su escuela esté a tres cuadras. No es teatro. Es supervivencia. Pero también es manipulación.

La línea entre la necesidad real y la simulación es tan delgada como el hilo que une a una ciudad culta con su lado más salvaje. Se trafica con la lástima. Se comercia con el dolor ajeno. Y todo ocurre a la vista de todos: policías municipales que no saben qué hacer, ciudadanos que dudan entre ayudar o ignorar, y autoridades que, más allá de discursos, carecen de estrategias.

En otras ciudades, el fenómeno ha sido enfrentado con centros de atención para personas sin hogar, programas de salud mental y campañas de sensibilización que apelan a la corresponsabilidad ciudadana. Aquí, en la capital de un estado orgulloso de su identidad y su historia, parece que hay un esbozo de atención, con el respaldo del gobierno estatal.

Porque es más fácil voltear hacia otro lado. Porque el mendigo incomoda la postal, ensucia la narrativa turística, quiebra el discurso de la capital cultural. Porque en el fondo, nadie quiere asumir que también es su problema.

El reto, por tanto, no es solo reubicar a quienes piden limosna, sino entender qué los trajo hasta ahí. Hay quienes necesitan atención médica, otros apoyo psicológico, y algunos simplemente una oportunidad laboral. Hay quienes necesitan ser escuchados. Y, por encima de todo, hay quienes merecen vivir con dignidad.

Oaxaca de Juárez, ciudad de luces y sombras, necesita que alguien levante la mirada. Que se piense más allá del adoquín y el festival. Que se gobierne desde la calle, no desde la oficina. Que se responda a las necesidades de quienes no tienen ni voz ni voto. Porque si una ciudad no es capaz de proteger a los que nada tienen, no merece llamarse capital.

Mientras tanto, la niña del peluche sin orejas seguirá deambulando entre la indiferencia y la compasión, aferrada a la falda de su madre. Y el niño que vende sus dibujos a los turistas, ese que ya lo ha visto todo, seguirá esperando que alguien —algún día— escriba otro cuento, con final distinto.

++++

Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

 

Artículos relacionados

IEEPO CONTINÚA CAPACITACIÓN EN GESTIÓN DE RIESGOS EN LA REGIÓN COSTA

Redacción

JORNADA “TRANSFORMANDO SONRISAS CON SALUD” BENEFICIA A FAMILIAS DE CHICAPA DE CASTRO

Redacción

El desafío de reconstruir la confianza en el periodismo