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En Oaxaca, la muerte se celebra. Cada año, cuando el aire de octubre empieza a oler a tierra húmeda y flor recién cortada, los pueblos despiertan al llamado de los que se fueron. La vida se tiñe de naranja, las manos se vuelven altares, y la memoria ocupa su lugar en el corazón de las calles.
En los días de muertos, Oaxaca se transforma. No hay otro tiempo igual. Es un retorno colectivo, un ritual donde el recuerdo se hace visible, donde la nostalgia se disfraza de fiesta y los ausentes regresan a cenar entre risas, velas y canciones.
Dicen que noviembre es la verdadera primavera oaxaqueña. Los campos se llenan de cempasúchil y cresta de gallo; el amarillo brilla como si el sol se hubiera multiplicado sobre la tierra. Cada flor es un faro que guía el camino de regreso. Cada aroma, una llamada.
En esta temporada de muertos 2025, la celebración se extenderá desde la capital hasta los rincones más apartados del estado. Más de 140 actividades envolverán a las comunidades con arte, música, gastronomía y tradición. Será un tejido vivo de colores y emociones, una constelación de pueblos que recuerdan para seguir siendo.
En el atrio del templo de San Matías Jalatlaco, un tapete de arena de 250 metros cuadrados se desplegará como un lienzo efímero. Tres artistas lo crearán con manos que conocen los secretos del polvo y la luz. Mientras tanto, las fachadas del centro histórico competirán por contar su historia en flores, papel picado y veladoras encendidas.
La gran comparsa del 31 de octubre volverá a ser el punto de encuentro entre vivos y muertos. Más de mil almas disfrazadas recorrerán las calles desde la fuente de las Ocho Regiones hasta la Alameda de León, acompañadas por marmotas, carros alegóricos, batucadas y catrinas monumentales. Será, como cada año, una procesión de alegría y desvelo, una danza que desafía al silencio.
En los Valles Centrales, la ruta de los campos florales será un viaje entre lo sagrado y lo cotidiano. En San Pablo Huixtepec se abrirá el Campo de las Ánimas; en Cuilápam de Guerrero, los sembradíos; en Santa Cruz Xoxocotlán, el festival; y en San Antonino Castillo Velasco, el Paraje El Horno y la Tierra de las Flores.
La Feria de la Flor de Cempasúchil y Cresta de Gallo, en Unión Zapata, ofrecerá recorridos para quienes deseen cortar sus propias flores y preparar los altares familiares. Habrá rutas especiales —“Flores que guían al alma”— con recorridos hacia los campos iluminados, los talleres de pan de muerto y la zona arqueológica de Mitla, que volverá a brillar bajo la noche.
En el Zócalo capitalino, la Verbena llenará de aromas el corazón de la ciudad el 30 de octubre. Treinta y ocho puestos ofrecerán chocolate, pan, tamales y café de las ocho regiones, compartidos como quien reparte la memoria.
En Mitla, la vida honra a la muerte desde tiempos antiguos. Allí, donde el mito y la piedra se confunden, se desarrollará un programa que une lo ancestral y lo contemporáneo. Talleres de pan pintado, catrinas monumentales, ferias de flores, el sendero de las almas y la muerteada monumental de los Valles Centrales marcarán el pulso de la temporada.
Además, la zona arqueológica iluminada abrirá sus portales simbólicos en una experiencia sensorial que recuerda que Mitla no es solo ruina ni pasado: es una puerta abierta al Mictlán, donde los vivos también se descubren.
En la Sierra Mazateca, Huautla de Jiménez vivirá su propio rito donde los huehuentones —viejos espíritus que emergen del ombligo de la tierra— recorren calles y hogares llevando música y bendiciones. Desde el 26 de octubre hasta el 5 de noviembre, más de diez mil de ellos saldrán a bailar, cantar y acompañar a las familias en su reencuentro con los que regresan.
Entre calendas, conciertos, talleres y veladas, Huautla se convertirá en un poema en movimiento, una plegaria vestida de color. Y este año, además, una nueva luz se encenderá en su nombre: la Fotinus María Sabinae, una especie de luciérnaga descubierta en la región y bautizada en honor a la sabia mazateca. Un homenaje de la naturaleza al espíritu que nunca se extingue.
San Pablo Huitzo iluminará sus campos de cempasúchil en un espectáculo que mezcla tradición, música y leyenda. Su Campo Iluminado será el escenario de noches familiares, recorridos por la Cueva de la Vieja, mercados nocturnos y comparsas que recorrerán el pueblo bajo el cielo encendido de velas.
En Santo Tomás Jalieza, la feria se celebrará entre flores, bailes y leyendas. Un paraje florecerá con laberintos de milpas, música filarmónica, pan artesanal y chocolate recién molido. Todo envuelto en el resplandor de las flores que solo crecen para los días de los muertos.
Y en Soledad Etla, las Reinas Muerteras —pioneras de la muerteada femenil— saldrán el 22 de noviembre a recorrer las calles, acompañadas de bandas y marimbas, reafirmando el papel de las mujeres como guardianas de la tradición y portadoras del fuego festivo que mantiene viva la identidad del Valle de Etla.
La temporada de muertos en Oaxaca no es una evocación del fin: es una afirmación de la vida. En cada altar, en cada flor, en cada baile, la memoria se hace presente. Los pueblos recuerdan para seguir andando, porque en Oaxaca nadie muere del todo: se transforma en aroma, en música, en historia.
Aquí, la muerte no separa: une. Y cada año, cuando los caminos de flores se abren, cuando las campanas suenan y los campos brillan, los oaxaqueños vuelven a encontrarse con los suyos, con los que partieron y los que aún caminan.
Oaxaca, tierra donde los muertos florecen, nos recuerda que la eternidad no está lejos: habita en cada gesto de amor, en cada ofrenda, en cada regreso.
