A veces me pasa —lo confieso como reportero de oficio y de manías— que me paraliza más una palabra médica que otro tipo de sucesos. Será porque he visto morir a amigos, como ocurrió en la pandemia, gente con nombre y apellido, pero nunca he tenido el valor de mirar de frente a mis propias dolencias. Para eso está mi esposa que es doctora.
Hipocondríaco, sí, y con todas las letras. De los que sienten un dolor y ya escriben mentalmente el obituario. De los que tiemblan ante la palabra “Alzheimer” más que ante la delincuencia común.
Será por eso por lo que la fuente de salud la evité, siempre. Sí me tocó cubrirla, pero con ciertas reservas.
Las enfermedades —decía yo, y lo sigo pensando— no deberían tener rostro ni historia. Deberían ser como fantasmas lejanos, como cifras en un boletín. Pero no, son humanas, maldita sea. Y cuando uno se sienta a escucharlas, como lo hice aquella vez en el Frente Común contra el Sida, hasta la silla duele y causa preocupación. Literal: me dijeron “siéntese ahí”, y yo, en mi ansiedad, arranqué una hoja para hacer la entrevista y me senté sobre la libreta. Y no es metáfora.
De ahí para acá, cada vez que alguien menciona enfermedades degenerativas, la memoria, o esas malditas palabras que suenan a sentencia —demencia, deterioro, pérdida cognitiva—, me tiembla el alma.
Imaginen ustedes un reportero que empieza a olvidar. Que mira una libreta llena de notas y no entiende su propia letra. Que entrevista a un hombre sin recordar su nombre, o peor aún, sin saber por qué está ahí. Todo se viene abajo, las crónicas, las preguntas certeras, los silencios oportunos. El mundo se convierte en una crónica o una novela mal escrita.
Y hablando de novelas: Pedro Camacho, aquel personaje entrañable y trágico de La tía Julia y el escribidor de Vargas Llosa, es más real de lo que quisiéramos admitir.
Camacho, el escritor de radionovelas que termina mezclando personajes y tramas, perdido en una maraña de su propia imaginación. Lo que en su tiempo llamaron estrés, ahora podríamos llamarlo burnout, trastorno de ansiedad, o alguna de esas etiquetas modernas que suenan a diagnóstico y a consuelo.
Pero en el fondo, es la misma historia, el cerebro traiciona, el relato se desmorona.
Es ahí donde uno empieza a temer de verdad. No al dolor físico, que se sobrelleva con estoicismo y pastillas, sino a esa batalla silenciosa del olvido. A ese campo espinoso en el que cada paso es una palabra que no llega, una cita que se escapa, un rostro que ya no se reconoce. La memoria no se pierde de golpe, no. Se va deshilando como un viejo suéter. Y cuando uno quiere darse cuenta, está envuelto en jirones de sí mismo.
Los médicos —que a veces parecen tener respuestas y otras, sólo consuelos— aseguran que hay formas de ralentizar la caída. Terapias, juegos mentales, rutinas de estimulación cognitiva. Lo dicen con esa voz de quien ha leído mucho y ha visto más. “No podemos curar el Alzheimer, pero podemos retrasar su avance”, repiten. Y uno asiente, porque qué otra cosa puede hacer un hombre que ya sospecha que sus olvidos no son simples despistes.
Pero lo que no dicen, al menos no siempre, es lo que esto significa para el alma. Para la dignidad. Para la voz interior de quien ha vivido contando historias y de pronto ya no sabe cómo terminan.
A los reporteros, formados entre páginas manchadas de café y cintillos de redacción, con viñetas rústicas, nos educaron para no llorar. Para contar tragedias con un nudo en la garganta y los dedos firmes sobre la máquina.
Pero hay algo en esta enfermedad —en todas las enfermedades de la mente— que nos deja vulnerables como niños. No hay blindaje emocional que aguante el golpe de olvidar a quien se ama. O peor, de olvidarse a uno mismo.
En Oaxaca, he escuchado a sabios indígenas decir que la muerte comienza cuando el recuerdo se apaga. Que un hombre que olvida ya ha empezado a morir.
Puede sonar poético, pero es brutalmente cierto. Y, sin embargo, en ese mismo mundo de montaña y niebla, donde los abuelos son bibliotecas con patas, también se enseña algo que salva, mientras alguien te recuerde, sigues existiendo.
Quizás por eso escribo. Para que, si un día la niebla me alcanza, quede al menos esta notita. Esta rabia. Este coraje. Este miedo con nombre. Porque el Alzheimer no debería ser un tabú, ni la enfermedad mental un estigma. Porque la memoria no es solo cosa de neuronas, es lo que nos hace humanos, reporteros, periodistas, narradores de esta rutina que es vivir.
Y si mañana me encuentran preguntando qué día es, o cómo se llama esta ciudad, háganme un favor, denme una libreta. Tal vez aún sepa cómo usarla.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
