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27 mayo, 2026
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Crónica para los que escriben solos

Periodistas muertos, oficio vivo

En el Día de Muertos, México recuerda a sus difuntos con pan, flores y altares. Pero hay muertos que no tienen altar. No tienen tumba con nombre. No tienen misa ni fotografía. Son los periodistas asesinados. Los que murieron por escribir. Por preguntar. Por no callarse. Y aunque el país los llora en silencio, el mundo los cuenta en listas. En informes. En estadísticas que no conmueven a nadie.

El periodista no es héroe. No es mártir. No es santo. Es alguien que toma notas mientras otros huyen. Que pregunta cuando todos callan. Que escribe cuando nadie quiere leer. Y por eso, molesta. Por eso, incomoda. Por eso, lo matan. En México, en Colombia, en Irak, en Filipinas, en Somalia, en Rusia. En democracias y dictaduras. En pueblos y capitales. En zonas de guerra y en redacciones de provincia.

No hay profesión más expuesta. Ni más solitaria. El periodista no tiene sindicato que lo proteja. No tiene seguro que lo cubra. No tiene horario que lo defienda. Trabaja con lo que tiene: una libreta, un grabador, una cámara, una conexión inestable, una fuente que no quiere hablar, un editor que no quiere publicar, una amenaza que no quiere cumplirse. Y, aun así, trabaja.

Los riesgos no se comparan. El bombero enfrenta fuego. El policía enfrenta balas. El médico enfrenta enfermedades. El periodista enfrenta todo eso, pero sin uniforme, sin arma, sin escudo. Enfrenta el poder. Enfrenta la mentira. Enfrenta la impunidad. Y lo hace solo. Porque el periodista, cuando está en la calle, no representa a nadie. No tiene respaldo. No tiene escolta. Tiene nombre. Y a veces, ni eso.

Hay impostores. Siempre los hay. Los que se disfrazan de reporteros para obtener favores. Los que escriben por encargo. Los que callan por comodidad. Los que publican por consigna. Pero esos no mueren. Esos sobreviven. Los que mueren son los que incomodan. Los que preguntan. Los que insisten. Los que no aceptan la versión oficial. Los que no se venden. Los que no se callan.

La envidia también mata. En redacciones pequeñas, en medios locales, en coberturas de rutina. El periodista que destaca, que consigue la nota, que firma con claridad, que escribe con fuerza, que tiene fuentes, que tiene calle, que tiene estilo, molesta. Y en ese ambiente, la traición no viene de fuera. Viene de adentro. De colegas. De jefes. De amigos. Porque el periodista, cuando brilla, se queda solo.

Hay anécdotas que no se publican. El reportero que fue a cubrir un asesinato y terminó siendo parte del expediente. El fotógrafo que captó una ejecución y desapareció. La corresponsal que denunció a un alcalde y fue perseguida por su propio medio. El editor que publicó una investigación y fue despedido por afectar intereses. El columnista que escribió sobre corrupción y fue silenciado con una bala.

Y sin embargo, el oficio sigue. Porque alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que contar lo que pasa. Alguien tiene que preguntar. Alguien tiene que escribir. Aunque lo maten. Aunque lo ignoren. Aunque lo olviden. Porque el periodismo no es una profesión. Es una necesidad. Es una forma de estar en el mundo. Es una manera de resistir.

En el Día de Muertos, los altares se llenan de pan, velas y flores. Pero también deberían llenarse de libretas, grabadoras, cámaras, titulares, columnas, crónicas. Porque los periodistas muertos no se fueron. Siguen escribiendo. En las notas que dejaron. En las preguntas que hicieron. En las verdades que incomodaron. En las historias que nadie quiso contar.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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