En Oaxaca, como en otros rincones del país donde la historia y la política se confunden con la identidad, las conferencias matutinas se han vuelto rituales. No tanto por su contenido, sino por el lenguaje que las envuelve. La del lunes 14 de julio, encabezada por el gobernador Salomón Jara Cruz desde el Salón de Gobernadores del Palacio de Gobierno, fue una muestra de ese ejercicio: mezcla de rendición de cuentas, posicionamiento ideológico y vitrina cultural.
El encuentro arrancó con la defensa cerrada a la figura presidencial. Una respuesta directa —y sin matices— a las declaraciones de un abogado en Estados Unidos que, en medio de un proceso judicial, insinuó vínculos del Gobierno mexicano con el narcotráfico. El gobernador no se detuvo en tecnicismos jurídicos: calificó los dichos como parte de una «infame campaña» y recordó que en otros sexenios hubo personajes como Genaro García Luna al frente de la seguridad pública sin que nadie alzara la voz entonces. Reivindicó, además, que México “no negocia desde la sumisión”, en alusión a los aranceles anunciados por Washington, que —según se dijo— responden más a intereses electorales que a relaciones comerciales reales.
El eje de la conferencia, sin embargo, viró pronto hacia otro terreno: la Guelaguetza. Más que fiesta, fue descrita como estrategia cultural, económica y política. Ahí, entre tlayudas y danzas regionales, se juega la narrativa del estado como “corazón cultural de México”. No fue menor que se anunciara la obtención del Guinness World Récord por la línea de tlayudas más larga del mundo, una producción colectiva que reunió a más de mil cocineras tradicionales. La hazaña técnica se convirtió también en argumento simbólico: la cocina popular como testimonio de resistencia y orgullo.
En una maniobra que mezcla marketing, cultura comunitaria y administración pública, se insistió que los ingresos por boletaje del auditorio Guelaguetza se destinarán a un fondo para los damnificados por el huracán Eric. Se presentó también una tlayuda monumental de 4 metros de diámetro y 50 kilos, aunque no fue la que validó Guinness. Se explicó el matiz: la institución solo reconoce líneas continuas de alimentos, no piezas únicas. Aun así, la imagen fue útil para reforzar el discurso de autenticidad y oficio.
Al margen de las cifras —más de 138 mil turistas esperados y una derrama de más de 614 millones de pesos—, lo interesante fue el despliegue de actividades paralelas: conciertos gratuitos con figuras como Lila Downs, Siddhartha y Rubén Blades; el regreso del “Bani Stui Gulal”, la “repetición de lo antiguo” que se presentó por segundo año en el auditorio Guelaguetza; desfiles de delegaciones culturales, ferias artesanales, mercados gastronómicos, y exposiciones que alcanzarán incluso a municipios que tradicionalmente han estado al margen de las celebraciones centrales.
Hubo también mención a programas de fomento al consumo local, como la iniciativa para llevar pescado a las comunidades más aisladas mediante un convenio con la Comisión Nacional de Pesca y el sistema DIF. Una acción dirigida, según se explicó, a combatir la desnutrición infantil y desmontar la idea de que el pescado es solo alimento de Semana Santa.
Lo notable de la jornada no fueron los nombres ni los cargos. Fue el tono. Un intento deliberado por sostener un relato: Oaxaca como modelo de comunalidad moderna, donde la tradición no es un escaparate, sino un recurso operativo del Estado. Las delegaciones que desfilan, las marmotas, los convites, las bandas de viento, todo eso aparece en esta narrativa como dispositivos de cohesión social, mecanismos de representación política y, también, herramientas de proyección internacional.
Nada de lo expuesto escapa a la lógica de la transformación institucional. Las cifras, los eventos y los símbolos están al servicio de una maquinaria que necesita legitimarse a la de ya, con manotazos en la mesa. Porque la Guelaguetza ya no es solo una fiesta de las regiones, sino también una plataforma desde la cual se disputa la interpretación de lo que es Oaxaca en el siglo XXI.
Al cierre, quedó flotando la idea que, en tiempos de polarización y suspicacia, los tamales, las tlayudas y los sones valen más que muchos discursos. Siempre y cuando —claro— se sepa quién los prepara, quién los come, y qué relato se impone al servirlos.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
