Por decimoctava ocasión, pero con la energía de una primera vez, el magisterio oaxaqueño volvió a encender la pradera. Nochixtlán, bastión herido y alzado, fue nuevamente el epicentro de una fiesta que no olvida, una Guelaguetza que no se rinde. El 28 de julio de 2025, las calles polvorientas de esta tierra insurgente se llenaron de pasos, huipiles, jarabes, flores y voces que resisten, enseñan y bailan.
No se trató de un espectáculo turístico ni de un desfile ornamental. Esta fue la Octava de la XVIII Guelaguetza Magisterial y Popular, organizada por la combativa Sección 22 del magisterio democrático. Una celebración que no se vende, que no se calla. Una fiesta que recuerda el 19 de junio de 2016 no como fecha luctuosa, sino como herida abierta, como llamado de justicia, como exigencia viva.
La secretaria general, Jenny Araceli Pérez Martínez, subió al estrado con voz firme. Recordó a las víctimas de aquel domingo sangriento. A los caídos. A los huérfanos. A los padres que aún preguntan por qué. Ahí estaba el magisterio, otra vez, abrazando al pueblo, con un jarabe en el pie y un grito en la garganta: “¡Magisterio y pueblo, unidos, jamás serán vencidos!”.
Una Guelaguetza con rostro de lucha
Desde temprano, los pueblos llegaron. A pie, en camionetas, cargando con orgullo su indumentaria, su historia, su música. Las chinas oaxaqueñas abrieron el escenario. Orgullo de los Valles Centrales, bajaron con canastas floridas, sonrisas amplias y un jarabe que, más que baile, fue declaración: “La Guelaguetza es del pueblo y para el pueblo”.
San Juan Juquila Vijanos, desde la Sierra Norte, trajo sones y jarabes que olían a montaña. Con rebozo blanco, enredos zapotecas y pasos aprendidos en la Telesecundaria, los jóvenes bailaron con respeto, dedicando su ofrenda a la Madre Tierra y a las causas justas.
Desde la fértil Cañada llegó San José Tenango con “Flor de naranjo” y la narrativa viva de la labrada de cera: un ritual que mezcla cera, mayordomía, música y resistencia cultural. No era folklore, era identidad. No era un espectáculo, era memoria coreografiada.
San Pedro Pochutla, desde la costa rebelde, alzó sus chilenas. Mujeres y hombres vestidos de fiesta, narraron entre versos, mar y cerveza, la historia de sus bodas, sus velaciones, su dignidad costeña. “Aquí no se muere nadie”, decían, “porque mientras se baile, la historia vive”.
Y llegó Acatlán de Pérez Figueroa con la flor de piña, esa danza que es símbolo de resistencia y belleza. Cada paso, cada giro, fue un poema sin metáforas, una ofrenda de los pueblos chinantecos y mazatecos. “Yo soy Tuxtepec”, gritó una joven. Y el aplauso fue un trueno.
El dolor no eclipsa la alegría
Pero esta Guelaguetza no fue sólo danza. Fue también denuncia. Aarón Cruz Reyes habló por las víctimas del 2016. Recordó nombres, fechas, agravios. Denunció la impunidad y los intentos de liberar a los culpables. “Seguimos en pie de lucha”, dijo, y los tambores retumbaron como si asintieran.
San Juan Tamazola, tierra mixteca, trajo la danza del listón y el calabaceado, recordando a sus muertos, a sus ancestros, a sus costumbres. “19 de junio: ni perdón ni olvido”, clamaron. La ovación fue unánime.
Santa María Tavehua trajo fandango zapoteca. El barro, la jarciería y las trenzas tejidas a telar dijeron presente. En el fandango no hubo artificio: sólo la danza como resistencia, como testimonio, como política cultural.
Una fiesta combativa
Nochixtlán volvió a ser lo que nunca dejó de ser: una plaza de dignidad. Esta Guelaguetza Magisterial y Popular no fue decorado, fue declaración. Los pueblos no bailaron para agradar al poder. Bailaron para decir que están vivos, que se acuerdan, que enseñan, que luchan.
La Sección 22 demostró, con esta octava edición, que la cultura es trinchera, que la educación es praxis comunitaria, y que en Oaxaca la fiesta también es barricada. Aquí no hubo espectadores, como bien dijo una oradora: “todos y todas somos parte del tejido cultural de Oaxaca”.
La Guelaguetza magisterial y popular no necesita permiso, ni boletos, ni gobernadores. Le basta el sol, la tierra y el pueblo. Es herencia, es memoria, es alegría que no olvida.
Y mientras alguien baile con el alma, la Guelaguetza del pueblo seguirá floreciendo.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
