+ Tres décadas de grabar la vida, la resistencia y la ternura salvaje de la Sierra Norte de Oaxaca. Un documentalista que no filmó una película, sino custodió una memoria.
En algún punto de la montaña —esa que no está en los mapas turísticos pero que sí aparece en los sueños de quienes nacen bajo su niebla— un hombre dejó enterrado su ombligo. No como símbolo, sino como declaración de pertenencia. Y desde entonces, todo lo que ha hecho, lo ha hecho para que ese hilo invisible entre el cuerpo y la tierra no se rompa. Ese hombre se llama Crisanto Manzano Avella, y lo que ha creado no es solo cine, es una forma de resistencia emocional, ecológica y cultural.
El pasado 12 de mayo, en un aula universitaria de La Salle, a cientos de kilómetros de su comunidad de Tanetze de Zaragoza, se proyectó “Un recorrido por la montaña poderosa”, una obra que no se mide en minutos sino en décadas.
Treinta años con la cámara al hombro, como quien carga una cruz o un machete, con la obstinación de los locos bellos que saben que, si ellos no lo cuentan, nadie más lo hará.
Las nuevas generaciones lo vieron. Se emocionaron. Aplaudieron. Y por un instante, las fibras urbanas se tejieron con el aliento de los montes. Crisanto no hizo un documental. Sembró una imagen en los ojos de los jóvenes, la de una tierra que aún se niega a morir.
La memoria no tiene guion
Pocas veces una cámara sabe esperar. La mayoría disparan, capturan, editan. Pero Crisanto aprendió a escuchar primero. A preguntarle al monte por qué cruje. A entender los silencios de los ancianos antes de registrar sus palabras. En su documental no hay actores, hay abuelos. No hay escenografía, hay milpas heridas. No hay guion, hay memoria viva.
Su voz, grabada en el archivo de audio que acompaña esta historia, tiene la cadencia de los que saben que cada palabra es prestada por los muertos. Dice que su preocupación nació cuando notó que los jóvenes ya no querían sembrar maíz. Que se iban. Que la tierra se quedaba sola, con los bancos de semilla marchitándose y los tejones sin qué robar.
“Al momento que ya no se siembra el maíz, estamos expuestos al exterior”, dice, como quien anuncia un apocalipsis silencioso. Porque sí, no se trata solo del grano. Se trata del tejido comunitario que se deshilacha, del conocimiento que se extingue, de los animalitos que emigran porque el hombre ya no habita su propio mundo.
La milpa como trinchera
El documental de Crisanto es una elegía, pero también un manifiesto. En sus imágenes vemos cómo se siembra vida mientras se arriesga el alma. Porque la milpa —como él mismo lo explica— tiene enemigos desde que la semilla toca la tierra y son codornices, ardillas, tejones, jabalíes. Un ejército entero de criaturas que conocen el valor de ese maíz que ya nadie quiere sembrar. Y, sin embargo, ahí están algunos necios, como Crisanto, arando, grabando, contando.
En un tiempo donde el campo se ha vuelto sinónimo de pobreza, su cine reconfigura la dignidad de la siembra. Y lo hace sin condescendencia, sin folklore barato. Sus planos no son pintorescos; son urgentes. Sus encuadres son como heridas abiertas, uno ve la espiga, pero también el machete que la defiende.
Los ancianos son bibliotecas que arden
“Cada vez que se va un anciano, se va un gran conocimiento que no está escrito”, dice con la serenidad de quien ha visto demasiadas despedidas. Y es cierto, la medicina tradicional, los rituales, las hierbas, los secretos de la tortilla que no se rompe… todo eso se va, se disuelve en la niebla como el humo del copal mal encendido.
Por eso Crisanto grabó. Porque entendió que el tiempo es un depredador. Y que el único modo de enfrentarlo es mirar de frente a la muerte y decirle no te llevarás todo.
Durante tres décadas, caminó entre los cerros con la cámara como testigo. No filmó para Netflix ni para televisoras comerciales. Filmó para su gente. Para que sus hijos, y los hijos de sus hijos, supieran que una vez hubo una comunidad que vivía con el río y no contra él. Que comía lo que sembraba. Que sabía los nombres de los árboles y los chiflidos de los pájaros.
La montaña poderosa no es una metáfora
La montaña poderosa existe. Está viva. Se defiende sola cuando hace falta. Y en ella habita todavía un puñado de personas que no le han pedido permiso a la modernidad para existir.
Crisanto, que dejó un pedazo de ombligo en su tierra, ha sido durante décadas el cronista de esa vida que no cabe en las noticias ni en los libros de texto. Ha sido también el guardián de una lengua, de una cosmovisión, de una manera de mirar el mundo donde el maíz y el cuerpo comparten el mismo destino.
Y ahora, gracias a ese “recorrido” que compartió con los jóvenes universitarios, algo se movió. En sus ojos hubo respeto. Curiosidad. Asombro. Como si por un instante, entre el ruido del mundo digital, alguien les hubiera mostrado que también existe otro relato, más lento, más viejo, más hondo.
Uno donde todavía se puede sembrar el alma.
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Video: https://youtu.be/7pW4kBDi-7I?si=0lt3maDEYL3DgbUJ
Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

