Esta es una carta a cuchillo. Es una confesión con las tripas abiertas sobre un oficio que ha sido vilipendiado, banalizado, enterrado vivo y, sin embargo, no muere. Un oficio que muchos creen que se hace desde un teclado, pero que en realidad se hace desde la calle, desde el miedo, desde la incomodidad, desde el estómago. Porque hacer periodismo —del de verdad, del que duele— no es redactar notas; es tener las manos sucias de mundo.
El periodista de raza no se forma en redacciones asépticas ni en cursos online de storytelling. Se forja en la frontera, en la cuadra, en el barrio, en el pueblo, donde los datos no alcanzan y hace falta corazón.
Se habla de periodismo de contenido. Como si el periodismo pudiera meterse en un tupper y servirse frío. Como si contar lo humano fuera equivalente a generar tráfico. Pero no. El periodismo no es contenido. Es contexto, es carne, es herida. Es la diferencia entre un titular mamila y un niño quemado en el jardín de niños. Entre la estadística y el rostro.
Con el internet pueden escribir noticias. Pero no pueden mirar a los ojos de alguien que te cuenta cómo se le muere el futuro. No pueden dudar. No pueden oler. Y sin eso, no hay oficio.
Las mejores historias no se buscan. Te saltan encima. Te sacuden. Te despiertan de madrugada. Uno va a hacer una crónica sobre prostitutas y se topa con niños que no van a la escuela porque tienen que sobrevivir. Uno quiere escribir sobre migrantes y termina haciendo una elegía a la crisis económica. Uno empieza creyendo que va a denunciar una empresa y termina descubriendo que un político está construyendo una residencia enorme.
Eso es el periodismo. No el de los comunicados. El de las grietas. El que se mete donde nadie quiere entrar, porque allí está la verdad que incomoda.
El tiempo es el enemigo de esta época. Todo tiene que hacerse rápido, barato, viral. Pero el buen periodismo no sabe de prisa. Necesita silencio. Soledad. Largo aliento. Necesita semanas, meses, a veces años. Necesita renunciar a todo, incluso a uno mismo. A veces no hay sueldo, ni publicación, ni editor. Sólo queda la historia. Y la historia, cuando es buena, vale más que cualquier cheque. Pero eso no se enseña en las facultades. Se aprende con hambre. A veces, después de las traiciones.
La objetividad es otro de esos dogmas con los que nos han adormecido. Como si se pudiera narrar el mundo sin tocarlo. La verdadera honestidad periodística no está en la distancia. Está en reconocer la propia emoción y usarla como motor, sin permitir que nos ciegue.
Hay que ser testigo, sí. Pero también hay que tener agallas para comprometerse. Y coraje para no dejarse arrastrar por la furia. Para narrar la tristeza, la dignidad, la belleza incluso en medio del desastre.
Nos han enseñado que lo importante es lo grande: el poder, la política, la geopolítica. Y allí vamos, peleándonos las fuentes. Pero a veces basta una historia mínima —un jornalero, una carta, un viaje en colectivo— para contar un país entero. Las historias que parecen pequeñas son las más universales. Porque hablan del ser humano. Porque tocan el nervio. Y eso, justamente eso, es lo que hace grande a una crónica, que no describe. Remueve.
Cambian las herramientas, sí. Cambian los formatos. Ya no hay redacciones llenas de humo, ya no se tiran los teletipos al suelo, ya no se edita con tijeras. Pero el fuego es el mismo. Los jóvenes que empiezan hoy —si de verdad lo hacen por vocación— se enfrentan al mismo vértigo. A la misma certeza, esto no es una carrera. Es una condena maravillosa.
Hay quienes se quejan de las redes, de los pódcast, de lo digital. Y, sin embargo, allí también arde el oficio, cuando hay alguien detrás que quiere contar, no presumir. Cuando hay alguien que sabe que informar no es entretener, sino desvelar lo que importa.
Que no se engañe nadie. El periodismo no es para sobrevivir. Es para vivir. No da fama, ni plata, ni certezas. Es un trabajo ingrato. No da para vivir. Da preguntas. Da soledad. Da noches sin dormir. Pero también da algo que no se consigue en ningún otro oficio, el privilegio de mirar el mundo sin filtros. Y contarlo.
Y si en medio de este ruido, aún hay quien se atreve a escribir con verdad —sin miedo, sin cálculo, con la piel abierta— entonces no todo está perdido. Entonces, todavía, hay periodismo.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
