9 diciembre, 2025
Oaxaca MX
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Apuntes de la prensa en retirada

La “prensa escrita” no está muriendo. Está siendo abandonada. No por falta de tinta ni de papel, sino por la deserción silenciosa de sus lectores, por la traición de sus anunciantes, por la indiferencia de sus propios editores. Lo que antes fue columna vertebral de la opinión pública, hoy se arrincona en quioscos vacíos y en suscripciones nostálgicas. El periodismo impreso, ese arte de contar el mundo con plomo y verbo, ha sido desplazado por pantallas táctiles, algoritmos y titulares que se deslizan como sombras en la superficie líquida de la información.

Durante más de un siglo, los periódicos fueron el espejo de las sociedades modernas. En sus páginas se imprimieron guerras, revoluciones, escándalos, obituarios y esperanzas. Fueron negocio, poder, cultura y memoria. Pero la llegada del siglo XXI no trajo una evolución, sino una ruptura. La irrupción de internet, primero como herramienta académica y luego como ecosistema total, desmanteló el modelo económico que sostenía a la prensa escrita. La publicidad migró a Google, los lectores a Facebook, y los periodistas a la precariedad.

La cultura de la gratuidad, esa epidemia que convirtió la información en un bien sin valor, se propagó desde los medios digitales hacia todos los rincones del ecosistema informativo. Los lectores, acostumbrados a pagar por calidad, comenzaron a exigirlo todo sin coste. Y los medios, en su afán de sobrevivir, cedieron. Recortaron redacciones, sacrificaron investigación, renunciaron a la profundidad. El resultado fue una prensa más ligera, más superficial, más dócil. Una prensa que ya no incomoda, que ya no denuncia, que ya no importa.

La fragmentación de las audiencias terminó de dinamitar el terreno. Lo que antes era un público de masas se convirtió en una constelación de nichos, cada uno con sus propias obsesiones, sus propias fuentes, sus propios prejuicios. Los medios intentaron adaptarse, pero en el proceso perdieron su identidad. La portada dejó de ser un acto editorial y se convirtió en una estrategia de marketing. El titular dejó de informar y empezó a seducir. La noticia dejó de ser un hecho y se transformó en contenido.

En este paisaje de ruinas, algunos diarios resisten. Los que tienen marca, historia, músculo financiero. Pero incluso ellos han tenido que reinventarse. Han migrado a plataformas digitales, han abrazado el modelo de suscripción, han apostado por el periodismo de autor, por el análisis, por el rigor. Han entendido que el lector que paga no busca velocidad, sino profundidad. No quiere ser entretenido, quiere ser informado. Y en esa apuesta, algunos han encontrado una segunda vida.

La convergencia entre medios impresos y digitales no es una solución, es una transición. Una forma de ganar tiempo mientras se redefine el oficio. Porque el problema no es el soporte, es el contenido. Lo que está en juego no es el papel, es la credibilidad. Y esa solo se recupera con periodismo de verdad: con reportajes que incomoden, con investigaciones que revelen, con crónicas que expliquen. Con periodistas que escriban como si el mundo dependiera de ello.

La prensa escrita no debe competir con TikTok ni con Instagram. Debe ofrecer lo que ellos no pueden: contexto, memoria, criterio. Debe ser el lugar donde se piensa, no donde se reacciona. El espacio donde se construye ciudadanía, no donde se alimenta la ansiedad. Y para eso necesita tiempo, recursos, lectores exigentes. Necesita volver a ser lo que fue: un oficio de artesanos, no una fábrica de clics.

En medio del ruido, el papel aún tiene algo que decir. Pero debe hacerlo con voz firme, con estilo propio, con la convicción de que el periodismo no es un producto, sino un servicio público. Porque si la “prensa escrita” desaparece, no será por falta de lectores, sino por falta de coraje. Y eso, en este oficio, es imperdonable.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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