1 febrero, 2026
Oaxaca MX
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El cerco informativo y el periodismo

En el mapa convulso de la conversación pública, donde cada minuto se libra una batalla por la atención y cada pantalla se convierte en un campo de disputa, el periodismo enfrenta un desgaste que no proviene solo de la presión tecnológica, sino de una erosión más profunda: la pérdida de confianza. No es un fenómeno repentino. Es una grieta que se ha ido abriendo con silenciosa persistencia, alimentada por la desinformación, por la manipulación política y por la fragilidad de un ecosistema donde la verdad compite en desventaja frente a la velocidad y el ruido.

La ciudadanía observa, cada vez con mayor distancia, un oficio que antes consideraba un aliado. La sospecha se ha vuelto parte del paisaje. La gente duda de los titulares, cuestiona las intenciones, desconfía de los datos y se refugia en burbujas informativas que confirman sus creencias. En ese entorno, la mentira encuentra terreno fértil. Circula sin freno, se adapta, se disfraza de opinión, de análisis, de denuncia. Se vuelve verosímil porque se repite, no porque se sustente.

El deterioro de la confianza no se explica solo por la irrupción de actores que operan sin reglas. También responde a fallas internas: redacciones debilitadas, procesos editoriales presionados por la inmediatez, falta de transparencia en la toma de decisiones y una desconexión creciente entre lo que se publica y lo que la gente necesita entender. El oficio se ha visto obligado a correr detrás de la agenda impuesta por plataformas que privilegian el impacto sobre la verificación, la emoción sobre el contexto, la viralidad sobre la responsabilidad.

En este escenario, la desinformación opera con una eficacia inquietante. No necesita ser sofisticada. Le basta con sembrar duda, fragmentar narrativas, erosionar certezas. Su fuerza radica en la velocidad y en la ausencia de filtros. Mientras el periodismo contrasta, verifica y contextualiza, la mentira ya recorrió miles de pantallas. La asimetría es evidente: quien miente no tiene que demostrar nada; quien informa debe demostrarlo todo.

La situación plantea un riesgo mayor: la normalización de la duda como estado permanente. Cuando la ciudadanía deja de confiar en las fuentes legítimas, abre la puerta a discursos que se presentan como alternativos, pero que operan sin responsabilidad. En ese vacío, cualquier versión puede imponerse, cualquier relato puede parecer válido, cualquier falsedad puede convertirse en verdad emocional. La conversación pública se fragmenta y la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales: la posibilidad de debatir sobre hechos compartidos.

Frente a este panorama, el periodismo se encuentra ante una encrucijada. Puede continuar adaptándose a la lógica de las plataformas, sacrificando profundidad en nombre de la visibilidad, o puede reconstruir su relación con las audiencias desde la transparencia, la claridad y la coherencia. La segunda ruta exige un esfuerzo sostenido: explicar cómo se trabaja, por qué se eligen ciertos temas, cómo se verifican los datos, qué criterios guían la cobertura. Exige reconocer errores sin defensas corporativas y abrir espacios de diálogo con quienes consumen la información.

Los escenarios posibles se despliegan con nitidez. En uno, el periodismo recupera su papel como mediador confiable, fortalece sus procesos internos y reconstruye la confianza mediante prácticas consistentes. En otro, la desinformación se consolida como fuerza dominante y la ciudadanía se refugia en narrativas que privilegian la emoción sobre la evidencia. También existe un escenario intermedio, donde el oficio resiste, pero sin lograr revertir del todo la erosión de credibilidad.

Para avanzar, el periodismo necesita asumir que la confianza no se recupera con declaraciones, sino con acciones. Requiere fortalecer la verificación, invertir en formación profesional, blindar los procesos editoriales frente a presiones externas y construir alianzas con instituciones que promuevan la alfabetización mediática. Necesita explicar más y ocultar menos. Necesita escuchar antes de informar. Necesita recuperar la convicción de que la verdad, aunque incómoda, es un servicio público.

El oficio no está condenado. Sigue habiendo periodistas que investigan con rigor, que contrastan datos, que se enfrentan a estructuras de poder y que entienden que la información es un bien común. Pero su trabajo requiere un entorno que lo respalde, una ciudadanía que lo valore y una industria que no renuncie a sus principios en nombre de la rentabilidad inmediata.

La verdad no desaparece. Se oculta, se distorsiona, se manipula, pero siempre encuentra quien la busque. El desafío es sostener esa búsqueda en un tiempo donde la mentira se disfraza de certeza y donde la duda se ha vuelto costumbre. El periodismo, si quiere seguir siendo útil, tendrá que recuperar su vocación de brújula en medio del ruido. Tendrá que demostrar, día tras día, que sigue comprometido con la tarea más difícil y más necesaria: contar lo que ocurre, aunque incomode, aunque cueste, aunque el mundo parezca empeñado en no escuchar.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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