El silencio del periodista como herencia
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Durante años se creyó que trabajar bajo presión era una virtud profesional. Una frase corta, casi publicitaria, repetida en ofertas laborales y discursos editoriales, que ocultaba una verdad más áspera: la presión no formaba carácter, lo desgastaba. No impulsaba el talento, lo exprimía. En las redacciones, esa presión no era abstracta ni motivacional. Era física. Se alojaba en la espalda encorvada, en los ojos rojos de madrugada, en las notas sin firma que salían a flote como botellas lanzadas al mar del cierre.
El diarismo fue una máquina de repetición. Un sistema que no permitía pausa ni reflexión. Cada día se parecía al anterior y anunciaba el siguiente. El periodista aprendía rápido que el tiempo no era suyo y que la urgencia mandaba más que el criterio. El cierre era una frontera violenta: antes de él, todo valía; después, todo se olvidaba. En ese ritmo se formaron generaciones enteras, no por pedagogía, sino por resistencia.
Había quienes llegaban con hambre de mundo y se iban con una ética moldeada a golpes invisibles. Aprendían a observar, a husmear, a desconfiar incluso de sus propias certezas. No había manuales ni indulgencia. Se exigía agenda propia, historias propias, iniciativa constante. El salario era insuficiente, pero el método era riguroso. El aprendizaje consistía en sobrevivir al día sin perder el dato, en guardar información para después, en entender que no todo se publica cuando se consigue.
Con el tiempo, esos reporteros se volvieron piezas clave de una maquinaria informal que nadie reconocía oficialmente. Eran enlaces, gestores, intérpretes del malestar social. Sabían a quién llamar, cuándo hacerlo y qué no decir. Su capital no era académico, sino relacional. Conocían el territorio mejor que los mapas institucionales y entendían que la noticia no siempre estaba en la declaración, sino en la omisión.
Algo se fracturó cuando esa presión dejó de ser sólo exigencia profesional y se convirtió en instrumento de uso. Cuando las conversaciones privadas aparecían convertidas en titulares convenientes. Cuando el rumor circulaba con más rapidez que el dato verificado. Cuando el trabajo periodístico empezó a servir a intereses que no se nombraban. Entonces llegó el silencio. No como derrota, sino como defensa.
Ese silencio fue una ética no escrita. Una forma de proteger la información, las fuentes, la propia integridad. Se acabaron las sobremesas reveladoras, las charlas abiertas, la complicidad inocente. Cada quien aprendió a guardar lo que sabía. A escribir lo indispensable. A reservar lo importante. El oficio perdió volumen, pero ganó cautela. Se redujo la presión visible, pero también la profundidad.
Hoy el escenario es otro. La velocidad domina. El testimonio se transmite antes de entenderse. Se publica primero y se corrige después, si acaso. El periodista aparece en pantalla, improvisa, edita, explica. El orden se invirtió. Y en ese proceso, muchos confunden exposición con relevancia, reacción con trabajo, presencia con oficio.
No es una falla individual. Es una mutación del tiempo. Pero el riesgo es evidente: sin método, sin memoria, sin comprensión del contexto, el periodismo se vuelve frágil. Se pierde la capacidad de incomodar con precisión. De sostener una historia más allá del instante. De entender que la presión, bien administrada, puede ser una herramienta, pero nunca un sustituto del criterio.
En ese escenario, mirar hacia quienes sobrevivieron a otra forma de presión no es un ejercicio nostálgico, sino práctico. Hay lecciones que no están en tutoriales ni en métricas. La necesidad de saber cuándo hablar y cuándo callar. La importancia de construir confianza antes que visibilidad. El valor de escribir menos y entender más.
El periodismo no volverá a ser aquel infierno de cierres eternos ni debería aspirar a ello. Pero tampoco puede permitirse olvidar que el oficio se forja en la exigencia, no en la comodidad. Que la calle sigue siendo una escuela insustituible. Y que, cuando todo parece ruido, todavía hay quienes conservan la calma de los que ya murieron varias veces en una redacción y aprendieron, a fuerza de presión, a no desperdiciar la verdad.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
