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9 junio, 2026
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Crónica del virus Coxsackie frente al espejo de la salud

 

El virus llegó sin ruido, con la delicadeza de lo invisible. Se deslizó entre los patios escolares, se escondió en los juegos compartidos, se filtró entre los dedos curiosos de los niños. En la conferencia matutina de Palacio de Gobierno, aquel martes 7 de octubre de 2025, el tema no fue la política ni la tormenta tropical que se cernía sobre el Istmo, sino el enemigo microscópico que encendía alarmas en las aulas: el virus Coxsackie.

A las 7:30 de la mañana, cuando el cielo sobre la Verde Antequera todavía parecía de plomo y las primeras nubes anunciaban otra jornada de lluvias, el gobernador Salomón Jara Cruz abrió la conferencia con tono sereno. Pero fue el secretario de Salud, Efrén Emmanuel Jarquín González, quien puso sobre la mesa la palabra que estremeció a los padres de familia: Coxsackie, un virus diminuto, caprichoso, que elegía como víctimas a los más pequeños.

Y sin embargo, aquella mañana, entre alertas epidemiológicas, informes de abasto y tormentas, el Estado también presentó algo más que estadísticas: presentó “Origen”, una nueva sección dentro de sus conferencias matutinas, un espacio dedicado a honrar las raíces, las lenguas y la historia que sostienen a Oaxaca.
Así, entre el temor al virus y la celebración de la palabra, el gobierno habló del cuerpo y del alma de su pueblo.

El doctor Jarquín habló sin dramatismo, con la precisión de quien entiende que la ciencia también es consuelo. Dijo que el virus pertenece a la familia de los picornavirus, que hay tres cepas activas —A15, A5 y A16— y que su predilección son los menores de cinco años.

“Es una infección controlable”, aseguró. “No pone en riesgo la vida”.

Pero su descripción —fiebre, llagas en la boca, erupciones en manos y pies— bastó para dibujar el mapa de la preocupación en los rostros del gabinete. A su alrededor, el eco de los números resultaba inquietante: 753 casos acumulados en 45 municipios. Detrás de cada cifra, un niño que no podía dormir por el ardor de las vesículas, una madre que buscaba alivio en la madrugada.

El secretario habló del aislamiento, de los filtros escolares, del lavado de manos y de la inutilidad de los antibióticos. “El tratamiento —dijo— es de sostén. Agua, paciencia y cariño.”

La frase, sin proponérselo, sonó a medicina ancestral.

El gobernador Jara lo escuchaba con atención. No era la primera vez que el tema sanitario se volvía asunto de Estado, pero aquella mañana tenía otro peso: la salud infantil se cruzaba con la responsabilidad gubernamental, con la vigilancia y la prevención.

Jara tomó la palabra después y pidió reforzar la atención médica en las comunidades, sobre todo en las zonas más golpeadas por las lluvias. La prioridad era doble: cuidar el cuerpo y proteger el territorio.

“Hay que informar sin alarmar —dijo—. Oaxaca está preparada.”

El mensaje tuvo el tono político de la calma: un Estado que no se encoge ante los virus ni ante los ciclones.

El coordinador estatal del IMSS Bienestar, Jesús Alejandro Ramírez Figueroa, siguió con su informe técnico, y la crónica de la salud se transformó en un inventario de rutas y cajas médicas.

Las carreteras anegadas —dijo— habían retrasado la entrega de medicamentos, pero el abasto estatal alcanzaba ya el 85% y en los hospitales oncológicos el 90%.

Mencionó cifras, porcentajes y nombres de municipios que parecían versos de una geografía doliente: Chalcatongo, Guamelula, Huajuapan, Putla, Tehuantepec, Juchitán. Cada uno con su propio pulso de salud, cada uno con su espera.

“El Hospital de la Niñez Oaxaqueña tiene el 92% de abasto”, destacó, y añadió con voz de alivio: “Los niños con cáncer tienen sus tratamientos completos.”

Cuando Vilma Martínez Cortés, titular de Bienestar, tomó el micrófono, la narrativa sanitaria se volvió femenina, casi maternal.

Habló de las jornadas “Beta T” que recorrerían 42 municipios de la Sierra Norte, y de las mastografías móviles que habían logrado más de 8,900 estudios.

La palabra “prevención” resonó tantas veces como si fuese un conjuro.

Detrás de los números, se intuía una historia más profunda: mujeres que madrugan para hacerse una revisión, comunidades que descubren que la salud también es derecho, no privilegio.

El secretario de Gobierno, Jesús Romero López, habló con voz firme y diplomática sobre la mesa de diálogo que se instaló en la Ciudad de México con supervisores de primaria; ahí, dijo, se atendió y escuchó a los representes, incluido el profesor Evangelio Mendoza, y se les convocó a continuar el acercamiento. Romero lamentó que algunos grupos decidieran mantener bloqueos que, a su juicio, “no tienen razón de ser”, y pidió con cortesía urgente: “Hablemos, no bloqueemos”. Subrayó que hay tolerancia y respeto a la protesta, pero reclamó que esa táctica ya no corresponde cuando existen mesas y mecanismos de atención.

La conferencia avanzó hacia un tono más liviano. Samantha Mota Vázquez, del Instituto de la Juventud, habló con entusiasmo de la convocatoria al Premio Estatal de la Juventud 2025, esa apuesta por reconocer a quienes no solo sobreviven, sino transforman.

Luego vino Jesús Chávez Ramírez, del Instituto del Deporte, con su propia oda a la salud corporal. Anunció el Premio Estatal del Deporte y los torneos de skate en el Parque Primavera.

Era el otro rostro del bienestar: jóvenes que corren, compiten, se caen, se levantan, sudan la esperanza de un país que se mueve.

Antes de los informes médicos, la mañana había comenzado con música. El maestro Crescencio Chávez Martínez, hablante del chontal, entonó una melodía que parecía curar sin remedio.

El titular del Instituto de Lenguas Originarias, Víctor Cata, jugó con trabalenguas y palabras antiguas, recordando que cada idioma guarda una medicina.

El gobernador lo miraba con una mezcla de orgullo y respeto: la salud, comprendió, también está en la lengua, en la cultura, en lo que se nombra y se recuerda.

El informe del coordinador de Protección Civil, Manuel Maza Sánchez, devolvió a la sala a la crudeza de lo tangible.

Ríos crecidos, derrumbes, caminos cerrados, un niño desaparecido en la costa.

Mientras él hablaba, la metáfora parecía obvia: así como el virus se cuela entre los dedos, el agua se filtra entre las montañas. Ambos exigen lo mismo: precaución, vigilancia, comunidad. En tanto, de acuerdo con la Conagua, un total de 208 municipios padecen la crisis hídrica, la sequía.

El consejero jurídico, Geovany Vásquez Sagrero, puso la ley en el centro: explicó que la promulgación y publicación de la norma activa plazos específicos y que, en esta fase, el Instituto Estatal Electoral debe emitir formatos y lineamientos (el periodo del 1 al 10 de octubre es clave). Detalló las tres vías para recabar el respaldo ciudadano —formatos impresos, formato digital descargable y la plataforma electrónica diseñada por el INE— y recordó que la revocación de mandato es un mecanismo constitucional de soberanía popular, cuya operatividad exige coordinación entre autoridades y ciudadanía. Su mensaje fue técnico y enfático: las reglas están en marcha y el proceso sigue su curso.

Cuando el gobernador anunció la nueva sección Origen, el primero en hablar fue el doctor Salvador Sigüenza Orozco, cronista y estudioso del pasado oaxaqueño. Su voz, templada por los años y la academia, llevó la conversación hacia los primeros pulsos de la civilización en estas tierras.

Habló del territorio como un cuerpo vivo, de los ríos que son arterias antiguas y de los pueblos que, desde la piedra y el canto, dieron sentido a la palabra Oaxaca. “El origen no es una fecha —dijo—, es una forma de estar en el mundo.” Su intervención, mitad cátedra y mitad homenaje, recordó que el presente no puede entenderse sin las huellas que aún laten bajo la tierra que pisamos.

Después del doctor Sigüenza, tomó la palabra el antropólogo Felipe Matías Velasco, quien con tono pausado y cálido habló de las raíces como una memoria que respira. Dijo que las lenguas originarias son más que sistemas de comunicación: son formas de mirar el mundo, de entender la naturaleza, de sanar. “Cada idioma —señaló— es una medicina contra el olvido, una manera de mantener vivo el espíritu colectivo.”

En su reflexión, vinculó la salud del cuerpo con la del alma: preservar la lengua, explicó, también es preservar la salud cultural de los pueblos. Sus palabras, cargadas de sabiduría y ternura, parecieron envolver el salón en una serenidad ancestral.

La conferencia concluyó pasadas las nueve, con los funcionarios recogiendo carpetas y saludando de pie.

Adentro, quedaba la sensación de que aquella mañana no había sido una rutina informativa, sino un espejo de un Estado que respira, se enferma, se cura y sigue andando.

En Oaxaca, los virus no solo se combaten con medicinas; también con palabras, con cantos, con decisiones políticas que huelen a pueblo y tierra mojada.

Y mientras el eco del doctor Jarquín se disolvía entre los corredores —“el tratamiento es de sostén”—, la crónica quedaba escrita en el aire: en la infancia que resiste, en las madres que vigilan, en la salud pública que se reinventa cada mañana.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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