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El amanecer del 20 de septiembre no era distinto a otros en Oaxaca, pero la estación Yuroo Viguera respiraba un aire extraño, casi solemne, sabatino. Entre el frío de la madrugada y los murmullos del café y las galletas, los autobuses guindas, alineados, parecían criaturas recién nacidas: brillaban sus pieles metálicas, olían a plástico nuevo, esperaban con la paciencia de los cuerpos que aún no conocen el cansancio.
Los funcionarios, estatales y municipales, se paseaban como médicos orgullosos de un experimento exitoso. Había reporteros con las libretas abiertas, celulares en mano, bostezando todavía, preguntándose si la tinta alcanzaría para cubrir las palabras de siempre: “histórico”, “justicia social”, “movilidad digna”.
El gobernador levantó la mano con la seguridad de quien sabe que lo miran. A su lado, la presidenta municipal de Xoxocotlán sonrió con la gratitud de quien recibe una herencia largamente prometida. Entre flashes, micrófonos y aplausos, se inició el conteo para el banderazo de salida.
Y entonces, el organismo respiró.
El autobús abrió los ojos.
Los reporteros anotaron cifras: novecientos millones de pesos invertidos, sesenta mil usuarios diarios, veinticinco unidades en la primera fase. Pero lo que nadie escribió fue el temblor que recorrió al autobús cuando sus ruedas tocaron por primera vez el asfalto: el estremecimiento de quien sabe que está destinado a cargar vidas, historias, silencios.
Acompañaron al Gobernador Salomón Jara Cruz diversas autoridades estatales y municipales, entre ellas la directora general del Sistema de Transporte Colectivo Metropolitano, Karina Gómez Esteban; el secretario de Infraestructuras y Comunicaciones; la presidenta municipal de Santa Cruz Xoxocotlán, Nancy Benítez; así como representantes de las y los concesionarios del transporte público, operadores capacitados del nuevo sistema BinniBus y líderes comunitarios de Viguera, Xoxocotlán y la Central de Abasto.
Mientras en Viguera se cortaban listones y sonaban aplausos, en Zaachila un hombre encendía el carbón a las siete de la mañana. El humo subía despacio, ajeno al discurso, más atento al calor que pondría en su cochinita. Escuchó, en cambio, el crepitar de la leña que sostenía la vida cotidiana.
En tanto los reporteros subían y bajaban de los autobuses, una mujer en San Martín Mexicapam hacía fila para llenar su garrafón de agua. No vio pasar los camiones nuevos; vio cómo el sol empezaba a calentar la fila interminable de cubetas. Su transporte del día sería el triciclo de un vecino, no un vehículo con aire acondicionado.
Antes de que en Xoxocotlán se sirvieran tamales y atole, un estudiante en Zaachila se ajustaba la mochila rota y caminaba hacia la secundaria. El único transporte que conocía era el taxi colectivo, caro e impredecible. Soñó con el BinniBus, pero lo soñó desde lejos, como quien imagina un tren que nunca llega a su estación.
Al mismo tiempo que los funcionarios hablaban de modernidad y futuro, un anciano en la colonia Reforma observaba el tráfico desde su banqueta. No estuvo en la ceremonia, no escuchó discursos. Solo contó los minutos que tardaba en pasar la vieja unidad del transporte local. Aplaudió en silencio, pero no a los políticos: a la paciencia de su propio cuerpo, que todavía resistía la espera.
La caravana arrancó rumbo a Xoxocotlán. Varios se apearon. Al mismo tiempo se haría el izamiento de bandera. Es septiembre, todavía. Los autobuses avanzaban con solemnidad, como procesión urbana. Los funcionarios iban al frente, los reporteros detrás, cambiando de vehículo en cada parada, como actores en transición. Afuera, la ciudad amanecía indiferente: el humo de las cocinas, las motocicletas suicidas, los pasajeros esperando, los perros cruzando por el puente peatonal.
Brenamiel fue la primera célula del ADN urbano. Luego la Colonia del Maestro, Santa Rosa, el Museo del Ferrocarril, Mercado de Abasto, el Parque del Amor, Santa Anita. Cada parada era un cromosoma desplegado.
Atrás, otros autobuses nuevos.
Dentro, los diálogos rodaban con el ritmo de las llantas.
—¿Usted cree que funcione? —preguntó una señora que subió con su bolsa de mandado en Santa Rosa.
—Mientras sea gratis, todos lo querrán. Después, ya veremos —respondió un joven de mochila negra, sin despegar la mirada de su celular.
Un reportero, exhausto, respirando con dificultad, masculló hacia su colega:
—Dicen que costó novecientos millones.
—Dura lo que aguanten los frenos —respondió el otro—. O lo que resistan los discursos.
El autobús escuchaba, guardando cada palabra en su memoria metálica:
Mañana cargaré a quienes madrugan para vender flores en el mercado, a las niñas con uniforme arrugado, a los viejos que llevan bastón y esperanza. Seré confesionario rodante, espejo de una ciudad que me teme y me desea. Soy organismo, y mi genética aún no está completa.
Afuera, los vecinos miraban pasar los camiones como quien observa un cometa: curiosos, incrédulos, con un gesto que era mitad admiración y mitad desconfianza. Apuntaban el celular. Para el Facebook.
“Yo sí voy a extrañar la música de los urbaneros, la neta,” dice don Rubén, vendedor de elotes en la esquina del Periférico. “Esa mezcla de cumbias, reguetón viejito y baladas dolidas que salía del estéreo medio tronado… era parte del paisaje. El chofer con su gorra ladeada, cantando a media voz mientras esquivaba baches como si fueran parte de la coreografía. Ahora dicen que todo será más ordenado, más silencioso, más limpio. Pero a mí me gustaba ese desmadre con ritmo. Era como si el camión tuviera alma.”
El viaje de ida duró una hora y veinte. Al llegar a la terminal Yuroo Xoxocotlán, el aire cambió de textura: olía a tamales calientes, a café tibio, a humo de atole. El organismo tuvo su primer banquete simbólico: los funcionarios y reporteros devoraban maíz y expectativas.
La presidenta municipal contenta:
—Hoy es un día histórico. El pueblo de Xoxocotlán agradece. Este transporte es justicia social.
Varios funcionarios se quedaron en el camino. Muchos ni lo notaron. Los reporteros anotaban frases manidas mientras masticaban. El autobús, estacionado, permanecía en silencio. Escuchaba el murmullo de la gente, el crujir del papel de los tamales, el eco de un pueblo que, entre bocados, aún dudaba de su destino.
En la mesa, alguien murmuró:
—A ver cuánto dura el entusiasmo.
—A ver si llegan hasta Zaachila —respondió otro, casi con sorna.
El cronista, con otros colegas, tomó de nuevo el autobús. Ya no había discursos ni cámaras. Solo el rugido monótono del motor y el vacío de los asientos. El recorrido de regreso fue igual de largo, pero distinto en esencia: ahora era tránsito cotidiano, sin aplausos ni promesas.
Dejó el vehículo en Viguera, recogió su auto y condujo hacia Zaachila.
Allí, el aire olía a nieves de sabores, carbón y grasa, a pollos asados y cochinita a la cubana. El asador, escuchó la historia de la nueva ruta. Levantó la vista y dijo, con voz grave:
—Está bien el proyecto. Pero ojalá llegue hasta aquí.
Ese “ojalá” fue el verdadero pronóstico. No lo que anotaron los reporteros, ni lo que anunciaron los comunicados. El epílogo lo dictó un hombre que volteaba la carne de puerco y de pollo en una esquina de Zaachila, soñando con que algún día ese organismo de acero se detuviera frente a su calle.
El organismo late de seis de la mañana a diez de la noche, todos los días. Viguera, Xoxocotlán, ida y vuelta. Su ADN aún muta: es cuerpo vivo, pero incompleto.
Las paradas son células, los pasajeros cromosomas, los choferes enzimas que mantienen en marcha el metabolismo urbano. El organismo ha nacido, pero su corazón late a medias.
El laboratorio recomienda: extender el genoma hasta Zaachila para evitar necrosis territorial.
Y en esa frase, entre clínica y poética, quedó inscrito el destino de un transporte que todavía sueña con ser arteria completa de una ciudad que nunca termina de construirse.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx


